Urdiales se la juega para salvar una tarde en su contra
A la tercera verónica de Diego al de José Vázquez se desplomó. Y desde arriba se vislumbró el soberano cabreo de El Juli. Era su toro. El primero. Y aquí ninguno había venido a pasar la tarde ni era un mano a mano amigable. Rivalidad, que es lo que mantiene viva la llama del toreo. Se recuperó el toro y desarrolló calidad en las telas, en esa muleta de El Juli que quiso tenerlo pronto y en la mano. Se relajó en el toreo fundamental y fue lo que tuvo más peso de toda la faena, electrizado en los remates y aderezada enseguida con lo molinetes y circulares que nos alejaban de la esencia anterior. Un cañón fue con la espada que tuvo efecto fulminante y la oreja fue de las que caen o ensordecemos todos, hasta el presidente que andaba con lo justo de atención.
Manseó al estilo de los toritos de Lucía Etxebarría el segundo de Vázquez. Al principio y al final. Fue cómplice cuando Urdiales tomó la muleta y a ella fue como un tren el toro y como si fuera seda la tela. Esa muñeca de Urdiales que igualaba una embestida con mejores embroques que finales. Quietud y armonía en su torería, que pasaba por ahí enterita. En un solo pase la administraba, como en esa faena de menos a más, bonita, asentada y bella. A destiempo y descolocado el pinchazo que le conectó de inmediato al toro con su mansedumbre y a Diego con su torpeza a espadas. Un conflicto mal resuelto que había pasado por momentos felices.
A El Juli le faltó toro en el sentido más amplio de la palabra, porque el tercero, de Garcigrande, no hizo honor al final de la palabra ni a la entidad del compromiso y tuvo la presentación bajo mínimos. También la fiereza a la media vuelta de un par de tandas. Se desmoronó el toro como cuando uno se aburre de sí mismo. Algo así la faena y la espada, en picado.