La luz y casi todos sus impuestos
Michael Faraday (1791-1861), científico británico que desarrolló el electromagnetismo y la electroquímica, le explicó con sorna a William Gladstone (1809-1898), cuatro veces primer ministro del Reino Unido: «Sir, un día podrá usted gravarla con impuestos».
El político, escéptico ante algunos avances científico-prácticos, le había preguntado para qué servía o serviría la electricidad. Aquella respuesta del hombre de ciencia fue tan visionaria como premonitoria.
Casi dos siglos más tarde, sobre todo en Europa, la electricidad, por un lado, y los productos energéticos, por otro, son una de las grandes fuentes de financiación de los gobiernos gracias a los impuestos que se les aplican.
Todo indica que la situación empeorará. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, que en algún momento quiso pasar por liberal, apoya limitar los beneficios de las empresas energéticas. ¿Cómo? Con más impuestos, claro. Es lo que han pedido también los gobiernos de España, Alemania, Austria, Italia y Portugal. Reclaman la imposición de un impuesto extra –es decir, otro más– a las compañías energéticas por la guerra de Trump en Irán.
La persecución fiscal a las empresas, sobre todo si son grandes, y también a los bancos, suele ser muy popular. Pocos reparan en que la asfixia a las empresas, especialmente en el caso de las de servicios, del tipo que sean, repercute al final en los consumidores, en la mayoría de los ciudadanos.
Las empresas trasladan las subidas de impuestos a sus precios, porque si no lo hacen puede llegar un momento en que dejen de ser rentables, de invertir y el sistema se desmorone.
Las compañías eléctricas son, con frecuencia, el chivo expiatorio de los costes energéticos. En las últimas semanas, tras el inicio de la absurda guerra de Trump en el Irán de los ayatolás –que han aprovechado para aumentar la represión interna y las ejecuciones–, el Gobierno de Pedro Sánchez ha fomentado la teoría de que el precio de la electricidad en España es de los más baratos de Europa.
La teoría intenta sustentarse en el llamado «salvavidas de las energías renovables», que está ahí, es cierto, pero no es la solución definitiva. Son un colchón de seguridad, pero están muy lejos de ser infalibles y también generan riesgos.
Los audios internos de Red Eléctrica, la compañía que preside Beatriz Corredor, confirman que «el gran apagón» estaba «cantado» y que España no puede prescindir, por ahora, de la energía nuclear, por mucho que esa fuera la obsesión de Teresa Ribera y el problema que debe resolver su sucesora, Sara Aagesen.
En cualquier caso, el precio que pagan los españoles por la electricidad no es el más barato de Europa. La media de 2025, según datos de Eurostat correspondientes al primer semestre del año, indica que la electricidad más barata la disfrutaron los países nórdicos, agrupados en el mercado «Nord Pool», seguidos de los franceses.
En tercera posición aparece el mercado ibérico, que agrupa a España y Portugal. La gran diferencia, y lo que está en el origen de la confusión, es que el precio mayorista de la electricidad, del que se suele hablar porque es más transparente, es muy diferente del que soporta el consumidor final, en el que los impuestos tienen un peso fundamental.
Además, al precio mayorista, que puede llegar a ser muy bajo en algunas horas del día, e incluso negativo, hay que añadir otros costes que repercuten en la factura final, como la distribución o los llamados peajes. Ahí depende del tipo de consumidor que se trate para que pague más o menos: los industriales tienen tarifas mucho baratas que los particulares.
También hay que sumar una serie de recargos impuestos por el Gobierno en la tarifa, destinados a sufragar determinadas medidas de política energética, que se pagan a través de los conceptos incluidos en el recibo eléctrico.
La electricidad, a pesar de ser un bien de primera necesidad, es el tercer bien más gravado en España, solo por detrás del tabaco y el alcohol y, por delante, por supuesto, de los carburantes. La factura de la luz incluye un 21% de IVA, ahora reducido de forma temporal al 10%, y también el Impuesto Especial sobre la Electricidad (IEE), algo más del 5%, reducido asimismo en estos momentos por las últimas medidas anticrisis.
Cabe destacar que en este impuesto se grava otro, el IVA, lo que supone pagar un impuesto por haber pagado otro. Además, existen otros gravámenes sobre la energía, como el de la producción eléctrica, que dan como resultado un precio para el consumidor mucho mayor del que sugiere el Gobierno y confirman que la electricidad también sirve para gravarla con impuestos, como ya adelantó en el siglo XIX Michael Faraday.