Una ruptura sin firma: Sánchez ya gobierna solo en Moncloa
Ya no hay coalición en el Palacio de la Moncloa –si es que alguna vez hubo alguna–. La renuncia de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, a intentar liderar de nuevo la alianza de las izquierdas, que se presentarán unidas en las próximas elecciones generales, fue, en verdad, la firma simbólica de la ruptura de la cohabitación entre el PSOE y Sumar. Sobre el papel, los dos partidos mantendrán la ficción que llevará la contraria formalmente hasta que se celebren las elecciones generales, porque todos los ministros y el propio presidente seguirán diciendo que forman parte de un «Gobierno de coalición progresista» en el que los dos partidos tienen sus parcelas definidas.
Pero la realidad, casi siempre, va por otro lado. Nada como el arte de la apariencia. En política vale más que cualquier otra cosa. El jefe de gabinete del presidente, Diego Rubio, lo sabe muy bien. No por casualidad, en su tesis doctoral encontró justificaciones al engaño en escritos históricos, como un texto del siglo XV que afirma que «la simulación y la disimulación no son pecados, sino técnicas ventajosas y extremadamente útiles para prosperar en la vida». Pero que no le engañen, querido lector. La verdad es que Yolanda Díaz ha dinamitado la fuerza de su espacio político en el Consejo de Ministros porque le ha arrebatado la principal herramienta de persuasión de todo proyecto político: el futuro. Los humanos no dejamos de ser expectativa. Todos esperamos algo constantemente, en algún momento. Y, además, algo que encaje con nuestros deseos. La única certeza es que Sumar ya no será Sumar. Será otra cosa, etérea, indeterminada. Y que no habrá vicepresidenta Díaz en el frente. Nadie sabe, de hecho, quién estará al frente, aunque todos hacen sus quinielas.
Cuando la principal referente del socio minoritario se aparta del horizonte electoral, la alianza de gobierno pierde la expectativa compartida de futuro. La coalición puede seguir funcionando formalmente, pero deja de proyectarse como un proyecto político común. La renuncia de Yolanda Díaz ha debilitado aún más la capacidad negociadora de Sumar frente al PSOE. Los socialistas llevan años midiendo constantemente la fortaleza del otro. Ahora que sus «colegas» están en transición o interinidad, recentralizarán la agenda y el liderazgo para que Sánchez gobierne, de facto, en solitario. Ya no puede haber interlocución ni debate interno porque ya no está claro quién representa ese espacio. Y Yolanda Díaz ya ha perdido toda la legitimidad (y la credibilidad), pese a seguir siendo la «dos» del Ejecutivo. Pero el lío de su adiós no acaba ahí. Su paso atrás fue el pistoletazo de salida para el juego de tronos. O baile de puñales. Ya sabe que, si algo se le da bien a la izquierda, es la guerra fratricida y debatir sobre el sexo de los ángeles.
El PSOE nunca se tomó en serio a Sumar. Y ahora que ya no habrá más Sumar, los socialistas se permiten el lujo de influir en el debate sobre quién debe ser el nuevo líder de su izquierda. Gabriel Rufián gusta. Y mucho. Pero esa es otra historia. Todos en Moncloa saben que gobernar en coalición es como compartir techo con alguien a quien, además, pretendes disputarle la herencia. Se coopera por necesidad, pero se compite por instinto. Al principio, en la luna de miel, los socios se reparten sonrisas, ruedas de prensa y argumentarios coordinados. Pero debajo de la mesa siempre hay pisotones. La ciencia política lo explica con frialdad académica: responsabilidad compartida frente a diferenciación electoral. Traducido: o gobiernas juntos o te preparas para sobrevivir al otro. Y cuanto más se acercan las urnas, más sube el volumen de los matices, las enmiendas y los «esto no es exactamente lo que queríamos». El Ejecutivo sigue en pie, pero la armonía empieza a sonar forzada.
El grande marca el compás y el pequeño intenta que no le tapen la melodía. El problema es que el desgaste no se distribuye proporcionalmente. Y el pequeño descubre que influir no es lo mismo que liderar, y que estar en el Gobierno no garantiza sobrevivir fuera de él. Las rupturas, además, casi nunca se anuncian con un portazo. Empiezan cuando uno de los dos piensa en la próxima campaña. Cuando el liderazgo de uno entra en transición y el otro toma nota. Ya solo queda Sánchez.