Sobres, silencio y depresión: el PSOE se queda sin defensa
La primera semana del juicio a José Luis Ábalos ha tenido un efecto devastador en el PSOE. No tanto por las sorpresas judiciales –que han sido escasas–, como por la consolidación de un relato político que ya se instala en el imaginario del partido: corrupción, dinero en sobres, intermediarios, favores y un funcionamiento paralelo al discurso de regeneración con el que Pedro Sánchez llegó al poder.
La sensación interna no es de resistencia, como predican los portavoces oficiales, sino de abatimiento. La Moncloa intenta proyectar normalidad, pero el partido atraviesa uno de los momentos de mayor depresión política de su historia, y la palabra que más se repite en privado es «impotencia».
Dirigentes territoriales, cuadros intermedios y cargos orgánicos coinciden en que el daño a la marca es irreversible y que cada sesión de este juicio, y de los que vengan, lo agravará.
«Esto no hay manera de pararlo. Cada día que se abra la Sala (del Supremo), el partido se hundirá un poco más», resume un responsable autonómico socialista. Otro dirigente, con experiencia orgánica, admite que «la peor parte no es lo que ya se ha conocido, sino la sensación de que esto no ha hecho más que empezar».
Además, el problema para el PSOE no es solo judicial, sino también político y emocional. La primera semana del juicio por el «caso mascarillas» cronifica la idea de que la corrupción es estructural, y esto impacta directamente en la base electoral socialista, especialmente en territorios donde la marca ya está muy debilitada.
Andalucía es el ejemplo más claro. «Andalucía está perdida. Y esto lo empeora todo», reconoce un dirigente del sur. El juicio a Ábalos llega en el peor momento posible: con un PSOE andaluz sin pulso, con el PP consolidado y con el voto útil desplazándose hacia Juanma Moreno.
La percepción interna es que los sobres, los testimonios sobre pagos, las referencias a Ferraz y la imagen del núcleo político sentado en el banquillo consolidan una narrativa difícil de desmontar. «No es un escándalo aislado, es una atmósfera», admite un diputado socialista. «Y esa atmósfera lo contamina todo».
Este clima de abatimiento contrasta con el discurso oficial de Moncloa. En el entorno del presidente se insiste en que el Gobierno sigue fuerte, que el caso está acotado y que el PSOE ha actuado con contundencia.
Pero esa tesis no convence dentro del partido. «La Moncloa vende euforia, pero el partido está hundido», resume un veterano socialista. «No hay ánimo, no hay relato, no hay capacidad de defensa. Solo ganar tiempo porque creen que esto beneficia a Pedro».
La depresión interna tiene, además, un componente estratégico ya que el juicio condiciona toda la agenda política. Cada comparecencia judicial eclipsa cualquier iniciativa del Gobierno, y cada testimonio alimenta el desgaste. Además, cada filtración (de Ábalos y de Koldo) reabre el debate sobre la responsabilidad política del presidente del Gobierno. «Estamos atrapados. No hay espacio para respirar», reconoce un miembro de una dirección territorial.
La preocupación aumenta cuando se mira el calendario. La primera semana del juicio es el inicio de una secuencia, ya que, tras el «caso mascarillas», llegarán nuevos procesos, nuevas declaraciones y nuevas piezas que mantendrán el foco sobre la corrupción durante meses. «Esto no es un caso, es una temporada», ironiza un primer espada territorial. «Y lo peor es que no sabemos cuántos capítulos quedan».
Ese horizonte prolonga la sensación de asfixia. «¿Dónde podemos encontrar un refugio para respirar?», se preguntan en privado. Y la respuesta que se repite es desoladora: en ningún sitio.
En este contexto, la batalla andaluza la perciben cada vez más cuesta arriba, y el factor Moreno Bonilla acentúa esa dinámica. El presidente andaluz se presenta como un gestor moderado con opciones de mayoría amplia, lo que empuja al votante conservador hacia el voto útil.
Vox no está liderando la oposición, no encabeza el bloque alternativo, está empezando a perder fuelle en las ciudades y a circunscribir su fuerza a ámbitos reducidos y periféricos, como consecuencia de dos escenarios complejos y que no sabe resolver: el bloqueo de Extremadura y Aragón, y la purga de sus cuadros con más impacto en la opinión pública, y, por tanto, con más personalidad y libertad. Además, su proximidad a Donald Trump se ha tornado en un factor negativo.
No obstante, y por paradójico que parezca, el partido de Abascal mantiene una vía de crecimiento que va en aumento a nivel nacional, según los análisis demoscópicos, y que le viene de la fuga de voto procedente del granero del Partido Socialista.
Se trata de un trasvase más silencioso, pero políticamente relevante. El perfil que detectan estos estudios es claro: hombres de mediana edad, votantes tradicionales socialistas, con empleos manuales o rentas medias-bajas, ubicados tanto en capitales de provincia como en entornos rurales. No es un voto ideológico clásico de derecha, sino de desafección. Y su movimiento responde, principalmente, a la sensación de abandono político y a la dificultad económica cotidiana.
La inflación, el coste de la vivienda o la percepción de que «no se llega a fin de mes» están empujando a parte del electorado obrero hacia opciones de protesta, y Vox está captando una parte de ese malestar.
Ese trasvase preocupa, lógicamente, en Moncloa, no tanto por su volumen actual como por su carácter estructural. Es decir, porque no es un movimiento coyuntural, sino un desplazamiento lento de voto popular que históricamente fue socialista.
Andalucía, por su peso demográfico y simbólico, funciona, además, como termómetro nacional. Si Vox consolida ese espacio entre los votantes desencantados del PSOE, la fragmentación del voto de la izquierda se agrava y se complica la estrategia del bloque progresista. Así, Vox llega a la cita andaluza envuelto en una paradoja: pierde impulso dentro del bloque de la derecha, absorbido por el voto útil al PP, pero gana terreno en el electorado obrero desencantado con el PSOE.
Es muy significativo que el PSOE afronte la campaña andaluza con la premisa asumida de que no compiten para ganar, sino para condicionar. Esta mutación de la aspiración de gobierno a la lógica del bloqueo es muy dolorosa para un partido acostumbrado a ser el hegemónico en el que hoy es otro de los bastiones territoriales de los populares.
Ante estas elecciones, el único objetivo al alcance para los socialistas es trabajar para impedir la mayoría absoluta del PP, forzar la dependencia de Vox y trasladar la batalla al terreno nacional. De ahí el desembarco de ministros, el tono ideológico y la apelación al miedo a la derecha.
Por otra parte, Andalucía es una elección nacional anticipada porque no se decide solo quién gobierna la Junta, sino qué modelo de poder se impone en la derecha y qué horizonte se abre para el presidente Sánchez.
Mientras tanto, el movimiento interno, dentro de la organización socialista, no se detiene. Los sectores críticos del PSOE siguen organizándose en silencio, manteniendo contactos discretos y tejiendo una red de seguridad ante un posible mal resultado. No hay todavía una alternativa formal, pero sí conversaciones, análisis compartidos y la idea cada vez más extendida de que Andalucía puede ser el detonante.
La lógica es preventiva: no se discute el liderazgo abiertamente, pero sí se prepara el terreno por si la debacle obliga a abrir esa conversación.
Un resultado muy bajo en Andalucía dejaría al partido sin territorio simbólico y sin relato de resistencia. Por eso los críticos buscan articular una posición común que les permita activarse con rapidez si el ciclo se acelera.