Reino Unido denuncia operaciones submarinas rusas sobre cables y gasoductos estratégicos
Mientras la atención internacional se concentra en la guerra con Irán y sus derivadas energéticas, Rusia mueve ficha en un tablero menos visible pero igual de estratégico. Lejos del foco mediático, Moscú ha intensificado sus maniobras en torno a infraestructuras críticas occidentales, combinando operaciones submarinas sobre cables y gasoductos con demostraciones de fuerza en superficie. Una actividad que, según denuncian en Londres, busca aprovechar la distracción global para testar los límites de la respuesta británica sin cruzar el umbral de un conflicto abierto.
El ministro de Defensa, John Healey, denunció que tres submarinos rusos operaron en aguas al norte del Reino Unido en una misión "encubierta" sobre cables y oleoductos. No se detectaron daños, pero el mensaje fue inequívoco. "Te vemos", advirtió directamente a Vladimir Putin, elevando el tono de una confrontación que se libra cada vez más lejos de los escenarios tradicionales.
Un buque de guerra británico y aeronaves fueron desplegados para disuadir lo que Healey calificó como actividad "maligna" de Moscú. Downing Street insiste en que la operación fue detectada y monitorizada en todo momento.
60 cables y más del 90% del tráfico de internet
El Reino Unido depende de una red crítica y vulnerable: alrededor de 60 cables submarinos que canalizan más del 90% de su tráfico diario de internet, además de un entramado de gasoductos en el mar del Norte que garantizan el suministro energético, especialmente desde Noruega. En ese mapa sumergido, invisible para el gran público, se concentra hoy una parte sustancial de la seguridad nacional.
Según explicó Healey, Moscú desplegó un submarino de clase Akula como maniobra de distracción, mientras dos unidades del programa GUGI, especializadas en operaciones en profundidad, realizaban labores de vigilancia directa sobre esas infraestructuras. El Akula regresó pronto a Rusia. Los otros dos permanecieron en la zona. La respuesta británica incluyó el despliegue de la fragata HMS St Albans, el buque logístico RFA Tidespring y helicópteros Merlin, con apoyo adicional de aliados como Noruega.
"Nuestras fuerzas armadas dejaron claro que estaban siendo vigilados, que sus movimientos no eran encubiertos y que su operación había sido expuesta", subrayó Healey. El uso de boyas de sonar para monitorizar cada fase de la operación buscaba, más que interceptar, enviar un mensaje de control.
El Gobierno británico enmarca este episodio dentro de una estrategia más amplia de "guerra híbrida". Healey sostiene que Moscú intenta aprovechar la distracción global provocada por la crisis en Oriente Medio para intensificar su presión sobre Occidente. Acciones difíciles de atribuir, lo suficientemente agresivas para intimidar, pero sin cruzar el umbral de un conflicto abierto.
El desafío de la flota en la sombra rusa
En paralelo, el pulso se traslada a la superficie, donde Putin ha desafiado abiertamente la amenaza británica de incautar buques sancionados al enviar un buque de guerra para escoltarlos a través del Canal de la Mancha. La fragata Admiral Grigorovich, de la flota del Mar Negro, acompañó a dos petroleros de la llamada "flota en la sombra", clave para sostener las exportaciones energéticas rusas pese a las sanciones. Un buque británico siguió la operación a distancia, sin intervenir.
Starmer había autorizado a las fuerzas especiales a capturar estos buques si cruzaban aguas británicas y prometido endurecer la respuesta. Sin embargo, hasta ahora el Reino Unido no ha incautado ninguno. Desde enero, más de 300 embarcaciones vinculadas a esta red han transitado por la zona sin ser interceptadas, lo que ha alimentado las críticas sobre la brecha entre la retórica y la capacidad real.
La oposición conservadora de Kemi Badenoch ha intensificado la presión denunciando el retraso del plan de inversión en defensa, que acumula meses de demora. Sin una hoja de ruta clara, la industria militar permanece en suspenso a la espera de decisiones clave. A ello se suma el deterioro operativo de la Royal Navy. El envío del HMS Dragon a Oriente Medio tras un ataque con drones a RAF Akrotiri evidenció las limitaciones logísticas: tardó semanas en llegar y tuvo que regresar a puerto por problemas técnicos. Episodios que alimentan la percepción de fragilidad en un momento de máxima exigencia estratégica.
Londres se mueve con cautela
El problema, sin embargo, trasciende la política doméstica. Interceptar la "flota en la sombra" plantea desafíos legales y operativos considerables. Muchos de estos buques navegan bajo banderas de terceros países y, en ocasiones, transitan por aguas donde la jurisdicción británica es limitada. Actuar sin coordinación con aliados como Francia podría escalar la tensión sin garantizar resultados efectivos.
Mientras tanto, Moscú mantiene su estrategia. Sostiene el flujo de petróleo, asegura ingresos clave para su esfuerzo bélico y pone a prueba la credibilidad occidental. La combinación de operaciones discretas bajo el mar y gestos de fuerza en superficie dibuja un patrón coherente: presión constante sin ruptura abierta.
En ese tablero, el Reino Unido se mueve con cautela. Necesita demostrar firmeza frente a Rusia sin verse arrastrado a una escalada que podría desbordar sus capacidades. Entre cables invisibles y petroleros escoltados, la nueva frontera del conflicto se define en espacios donde la disuasión es más compleja y la debilidad, mucho más visible.