El sueño «resucitador» de León XIV: «No dejemos que la guerra nos paralice»
Son las nueve de la noche. León XIV avanza en penumbras hacia el atrio de la basílica de San Pedro. Se sitúa frente a unas brasas para encender el cirio pascual. Arranca así la primera vigilia pascual presidida por Robert Prevost como Papa. Después de celebrar el Triduo que conmemora la pasión y muerte de Jesús, el Pontífice norteamericano ha afrontado este sábado la que se considera la celebración más importante del orbe católico, en tanto que se celebra la resurrección de Cristo.
«Hermanos y hermanas, en esta noche santa, en la que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, la Iglesia invita a sus hijos de todo el mundo a reunirse en vigilia y oración», entonaba con seguridad con una temperatura más que primaveral. Y ejercía de prologuista: «Reviviremos la Pascua del Señor escuchando la Palabra y participando en los sacramentos: Cristo resucitado confirmará en nosotros la esperanza de participar de su victoria sobre la muerte y de vivir con él en Dios Padre». Justo después bendecía el velón y daba comienzo la procesión inicial, a la que seguiría la liturgia de la Palabra, en la que se repasaron los episodios más significativos de la Biblia, desde la creación hasta los relatos sobre Abraham y Moisés hasta llegar a Jesús.
Signo de la luz
Ante los miles de peregrinos que llenaban el templo, el Obispo de Roma quiso precisamente explicar en su homilía el sentido de este rito inicial en tono pedagógico. Con una finalidad catequética, Prevost expuso que el cirio simboliza «la luz de Cristo Resucitado». «De este único Cirio todos hemos encendido nuestras luces y, llevando cada uno una pequeña llama tomada del mismo fuego, hemos iluminado esta gran basílica», detalló el Papa. Y es ahí donde lanzó el primer encargo para los presentes: «Es el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo», afirmando nuestro «compromiso de abrazar esta misión».
El propio León XIV quiso remarcar ante el auditorio la relevancia de esta ceremonia, recordando que la tradición cristiana la presenta como la «madre de todas las vigilias».
«Revivimos el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno», ahondó León XIV, que subrayó cómo la crucifixión es la «caridad más grande», la «gratuidad más total». «En la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha dado la vida», aseveró. Y de la misma manera que la sentencia a muerte del Hijo de Dios fue, para el Papa agustino, «el primer fracaso de la humanidad», a la par «se extiende a lo largo de los siglos como camino de reconciliación y de gracia». «Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida», añadiría después.
En la homilía, León XIV llegó a definir el pecado como «una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza». Frente a ello, el Papa instó a los presentes a «llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad». Fue ahí cuando echó mano de san Agustín, que se ha convertido en una de sus citas de referencia como religioso perteneciente a esta orden eclesial. Recordando uno de sus sermones, explicó que la resurrección es «hoy nuestro mensaje al mundo, el encuentro del que queremos dar testimonio, con las palabras de la fe y con las obras de la caridad, cantando con la vida el ‘aleluya’ que proclamamos con los labios».
Piedras inamovibles
Pero, más allá de las palabras, el Papa hizo un llamamiento a los católicos para que, de alguna manera, sean capaces de liberar de una vida mortecina a los que tienen alrededor. «Hermanas y hermanos, tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles», reflexionó. Es más, concretó algunas de estas realidades que «oprimen el corazón del hombre», como «la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor».
De la misma manera, alertó de aquellas situaciones que «rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones». «¡No dejemos que nos paralicen!», exclamó con la serenidad a la que acostumbra Robert Prevost. Para hacer posible este «rescate» a la humanidad doliente, León XIV planteó a los católicos que le escuchaban tomar como referentes a los santos, «hombres y mujeres» que «a lo largo de los siglos», con la ayuda de Dios, han removido» estas piedras de los sepulcros, «quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos». «No son personajes inalcanzables, sino personas como nosotros», alentó a quienes permanecían sentados en la basílica.
En su homilía quiso tener unas palabras también para los adultos que en la vigilia pascual recibieron los sacramentos de la iniciación cristiana, el bautismo, la primera comunión y la confirmación: «Tras el largo camino del catecumenado, hoy renacen en Cristo para ser criaturas nuevas, testigos del Evangelio».
El Papa remató su alocución reiterando a los cristianos su compromiso «en todas partes y siempre en el mundo» para hacer crecer «los dones pascuales de la concordia y la paz»».