Anna Bassols ha logrado su sueño de ser madre hace tres meses. Los dos pequeños, Lluc y Roc, son «un sueño que se ha hecho realidad», explica, después de cinco años de tratamiento, porque la endometriosis que le diagnosticaron en 2021 le había provocado infertilidad, un efecto adverso que afecta a entre un tercio y la mitad de las pacientes con esta enfermedad. La endometriosis es una condición que, en la naturaleza, solo afecta a las mujeres. «A diferencia de otras enfermedades, como el cáncer, la endometriosis solo se da en las mujeres en edad fértil y, residualmente, en algunas especies, en hembras de primate grandes. Se produce cuando el endometrio está en otras partes de la anatomía, fuera del útero», explica el doctor Francisco Carmona, director del Equipo de Ginecología Women de Clínica Corachán y jefe de Servicio del Hospital Clínic. El endometrio es la membrana interior que recubre el útero, lo prepara para la gestación y, si esta no se produce, lo expulsa. Es lo que llamamos la regla. «Hablamos de endometriosis cuando esta membrana, además de estar en el útero, está en otros órganos, generalmente en la zona de la pelvis, pero ocasionalmente también fuera (hígado, pulmones, e incluso el cerebro). Y esa fibra de endometrio que está fuera de su lugar también se prepara para la concepción, experimenta los cambios hormonales que induce el ovario y, si no se produce, se desprende y sangra. Este sangrado es el que provoca los síntomas de esta enfermedad», explica Carmona. Esto es lo que le ocurre a Anna, que convive con unos dolores de regla «insoportables, que no me permitían hacer vida normal» desde los 14 años, cuando tuvo su primera regla. «A mí siempre me ha dolido la menstruación. Siempre he tenido mucho dolor, pero todos los médicos a los que consultaba me comentaban que era normal. Que había mujeres que teníamos dolor y otras que no. Como los médicos lo normalizaban, iba tirando con analgésicos y antiinflamatorios, pero hace unos 5 años dejaron de hacer efecto». A partir de aquí, inició un peregrinaje por las urgencias de distintos hospitales «con un dolor absolutamente insoportable, infernal, en busca de mórficos que me permitieran descansar». Y, así, entró en una dinámica de ingresos hospitalarios, cada mes, hasta que un día decidió que «lo que todo el mundo normalizaba no era normal». Introdujo en un buscador los síntomas, y la respuesta fue «endometriosis». Empezó a buscar especialistas, hasta que dio con la clínica del doctor Carmona y, después de una ecografía, le confirmaron el diagnóstico. «Me puse a llorar, pero no era de rabia, ni de pena, era la tranquilidad de saber que lo que me estaba pasando tenía un nombre». Había normalizado, desde los 14 hasta los 30 años, «algo insoportable, pero no solo yo, todo mi entorno y los médicos que me veían». Carmona explica que hoy contamos con recursos diagnósticos por imagen (resonancia y ecografía), que permiten un diagnóstico preciso y un amplio arsenal de tratamientos, que no curan, pero sí tratan los síntomas. «En este caso, como la enfermedad se produce solo mientras la mujer tiene la regla, se trata de conseguir un estado hormonal igual que el de una niña o una mujer postmenopáusica, con el inconveniente de que son anticonceptivos. Y esto interfiere en el deseo de muchas de estas mujeres de ser madres», explica. El doctor recomienda a sus pacientes, a partir de 35 años, que congelen óvulos si quieren ser madres, porque «para la mayoría es la única opción». Anna tuvo que recurrir a la criopreservación para poder cumplir su sueño de ser madre. La enfermedad y el tratamiento hormonal le produjeron infertilidad. Primero hizo una tanda de tratamiento hormonal para reducir los quistes y, después, tuvo que pasar por el quirófano para extirparlos e intentar conseguir un embarazo espontáneo, pero no dio resultado. «Es difícil de gestionar. Cuando quieres ser madre y tienes una enfermedad cuyo tratamiento es anticonceptivo, son dos polos opuestos». Se puso en manos de especialistas «hasta que ahora puedo decir con mucha alegría que tengo estas dos criaturas en casa». ¿Cómo será el futuro? No lo sabe. Por el momento, descarta la histerectomía. Quiere darle otra oportunidad al tratamiento hormonal «y veremos cómo funciona. Si puedo llevarlo bien con analgésicos, seguiré adelante, porque las mujeres estamos preparadas para menstruar. Soy muy joven. Pero si vuelve el dolor fuerte, retomaré el tratamiento hormonal, porque prefiero sus efectos secundarios a que me quiten el útero. Si vuelvo a un nivel de dolor insoportable, entonces, ahora que ya he cumplido mi sueño, podría valorarlo». Anna es trabajadora social y una activista del fomento de la investigación para la endometriosis y lidera un movimiento ('Endofest'), que organiza eventos durante todo el año «para dotar de fondos al Departamento del Clínic, para que puedan seguir adelante con la investigación para un tratamiento curativo», explica. «Yo no veré los resultados, pero me alegra que otras mujeres puedan beneficiarse». El gran problema de la endometriosis es, para Carmona, «que no se investiga lo suficiente. Y no se investiga porque es algo que solo afecta a las mujeres. Si nos afectara a los hombres, se investigaría más para entender la causa y tener un tratamiento curativo: es claramente el paradigma del sesgo de género en medicina». El especialista en endometriosis reconocido internacionalmente explica que, en ocasiones, los focos de endometrio fuera del útero son difíciles de identificar. «Hay que hacer ecografías especiales, tener una formación específica. Hoy también contamos con la resonancia magnética». Estas dos pruebas de imagen ayudan a identificar la enfermedad, «pero lo más importante es creer a la paciente». Si una mujer refiere dolor de regla, «no es normal. Hay que investigarlo». Según un estudio publicado en Fertility por su equipo del Clinic, las mujeres tardan una media de 3 a 8 años en tener un diagnóstico «y, cuando llegamos a él, la enfermedad ya está muy avanzada».