La capitulación chavista
Desde el viernes 27 de febrero, Bolivia se ha convertido en un país serie B. Se trata del último cherry comunicacional que ha terminado por posicionar los asuntos públicos en una andanada de situaciones disparatadas que van desde 32 maletas provenientes de Estados Unidos que nunca se abrieron y por lo tanto nunca se sabrá qué contenían, hasta los desperfectos detectados en un avión presidencial al que Rodrigo Paz no ha querido subirse por “fallas inusuales” dice el informe oficial, para participar del encuentro convocado por Donald Trump a una decena de presidentes americanos alineados con Washington, centro mundial en el que se negocia y bombardea con la convicción de quién sabe de comprar y vender, así como de invadir y matar.
Lea: A diez años del 21F
Bolivia no deja de formar parte de una liga menor, periférica. Por ello es ilustrativo decir que se encuentra situada en la serie B a partir de unos billetes que saltaron por los aires de un avión Hércules que se desbocó desde una pista de patinaje sobre hielo rompiendo alambrados y matando 23 personas en El Alto, y desde este país B, lluvioso, granizado, triste y mortal, quienes nos negamos a renunciar a una mirada que vaya más allá de nuestras comarcas, buscamos con empeño y acuciosidad dónde se encuentran las explicaciones geopolíticas que nos permitirían comprender la paradoja en la que hoy discurre la vida pública venezolana con un poder político gubernamental intacto en su estructura chavista luego de la extirpación y secuestro del presidente Nicolás Maduro y su compañera Cilia Flores.
Los sesudos análisis de los teóricos del Estado, los operadores del mercado y los analistas de la sociedad no alcanzan para descifrar una operación político militar sin antecedentes estilísticos practicada sobre Caracas desde la Casa Blanca y el Pentágono. A ojos vista se confirma que el problema para el pato Donald no era la democracia y las violaciones a los derechos de los opositores liderizados por María Corina, sino la interferencia que significaba la presidencia de Maduro para ir “a por el petróleo” con la velocidad y la eficacia que no repara en la observancia a los principios sustentados en el derecho internacional.
A dos meses del bombardeo, está claro que el obstáculo no era un proyecto político socialista y un gobierno autoritario, sino simplemente un solo señor que vivió de la retórica antiimperialista para afianzar cotidianamente su legitimidad en el poder y que se negaba obsesiva y caprichosamente a venderles petróleo a los gringos, en los términos comerciales convenientes a esos intereses gringos, comportamiento que condujo a demostrar que el asunto consistía nada más que en eyectar de la silla presidencial a Maduro para que las cartas negociadoras impuestas por Washington comenzaran a ser aceptadas sistemática y diariamente desde la presidencia ahora a cargo de Delcy Rodríguez, por quién Trump profesa una indisimulada simpatía y cómo no, agradecimiento, ante el desconcierto escenicamente disimulado por la Machado que
debe soñar todas las noches con recibir la banda presidencial bolivariana en un futuro no muy lejano.
La Venezuela que olfateaba azufre en la tarima de Naciones Unidas porque por allí había pasado un día antes el presidente George Busch, esa Venezuela con Chávez fustigando al “diablo” imperial, ha disminuido los decibeles a casi nada, con presos políticos amnistiados que van saliendo del Helicoide, con un gobierno avasallado, reuniéndose con delegaciones yanquis para alcanzar acuerdos de cooperación bilateral firmados en suelo cararqueño. Me restriego los ojos una y otra vez, y cuando vuelvo a mirar aparece Diosdado Cabello que ahora parece Piolín, el pajarito amarillo y ojoso que escapa del hambre del gato Silvestre, y que cuando se pone a salvo dice: “Me parece que vi un lindo gatito.”
¿Cómo hicieron Trump y su secretario de Estado cubano-americano Marco Rubio? Sencillamente utilizaron argumentos de orden moral –Maduro es narcotraficante, aunque días después se admitiera la inexistencia del llamado Cartel de los Soles—y antecedentes como el de lavados de dinero nacientes de PDVSA, con operadores maduristas a la cabeza, antes que con ejecutivos empresariales del negocio petrolero. Con este cuadro, no había necesidad de un golpe de Estado, de un cambio de régimen, si con las hilachas de la corruptela chavista resultaba suficiente para ejecutar la operación de chantaje político más sofisticada que se haya conocido en la historia del imperialismo norteamericano.
La nueva estrategia, político militar extorsiva, que por supuesto no figura en los manuales generalistas de los académicos, dice que se puede ser corrupto de derecha con amplias posibilidades de conseguir impunidad, pero de ninguna manera corrupto de izquierda porque esos sí que van a la cárcel y quedan desactivados y sometidos desde la lógica de la extaterritorialidad, mientras la tecno oligarquía anda haciendo de las suyas por continentes y mares. Maduro está en una cárcel de Brooklyn, mientras Delcy Rodríguez acaba de firmar la reanudación de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. El tutelaje marcha viento en popa.
(*) Julio Peñaloza Bretel es periodista
The post La capitulación chavista appeared first on La Razón.