Moncloa mide ya el efecto electoral del "No a la guerra"
El empeño de Moncloa con la guerra emprendida por Estados Unidos en Irán es marcar la diferencia. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, según explican fuentes gubernamentales, venderá al Congreso que «no es como Aznar» para explicar la posición de su gabinete en este nuevo conflicto en Oriente Medio.
El líder socialista, que comparecerá a petición propia tras las elecciones en Castilla y León, hará política interna con la exterior. El equipo del presidente prepara el debate en el Congreso con un objetivo político evidente: marcar una distancia nítida con el precedente del Gobierno de Aznar y la guerra de Irak. El argumento central del jefe del Ejecutivo consiste en sostener que España no participa en una guerra pese al envío de la fragata Cristóbal Colón a defender Chipre, sino que contribuye a una misión de apoyo a un socio europeo dentro del marco de cooperación de la Unión.
De ahí su insistencia en subrayar que la operación no es ofensiva y está amparada por la legalidad internacional y por la legislación española, en concreto por la Ley de Defensa Nacional de 2005. Por eso, además, ayer descartó someter la participación española a votación en el Congreso.
Este encuadre no es casual. Sánchez intenta construir un relato de legitimidad internacional y validez moral que contraste con la narrativa que durante dos décadas ha perseguido al Ejecutivo de Aznar por la participación de España en la Invasión de Irak de 2003 junto a George W. Bush y Tony Blair.
La condensación política de aquel clima fue el ya célebre «no a la guerra», consigna que el PSOE convirtió en bandera durante sus años en la oposición al Partido Popular. Conviene recordar que aquella campaña fue diseñada por Alfredo Pérez Rubalcaba, con la colaboración de José Blanco y Jesús Caldera, después de constatar el rechazo masivo de la sociedad española a la guerra de Irak.
El presidente socialista recuperó ayer de nuevo este episodio para reforzar la comparación: mientras entonces España se integró en una intervención militar ampliamente cuestionada por su encaje en el derecho internacional, ahora –según su argumentario– el Gobierno rechaza el ataque contra Irán por considerarlo «fuera de la legalidad internacional», al tiempo que sí respalda a un aliado europeo en una misión de protección.
La estrategia de Moncloa, donde circulan datos demoscópicos sobre la opinión de los españoles sobre este conflicto, también tiene, sobre todo, una dimensión doméstica. Al contrastar su actuación con la de Aznar, Sánchez busca reactivar uno de los marcos más potentes de la política española desde 2003: el eje «guerra de Irak–no a la guerra». Ese recuerdo sigue siendo un referente movilizador para buena parte de la izquierda y del electorado progresista. El Gobierno lo sabe y lo utiliza. Al mismo tiempo, el presidente intenta colocar al Partido Popular y a Vox en una posición incómoda, presentando su postura como un «galimatías»: apoyar la ofensiva contra Irán mientras critican el envío de un buque español para proteger a un socio europeo.
Con esa comparación, Sánchez pretende proyectar la imagen de un Gobierno que rechaza la guerra pero mantiene los compromisos internacionales de España, un equilibrio que le permite disputar el terreno de la responsabilidad internacional sin renunciar al discurso pacifista que históricamente ha reivindicado la izquierda.
Como contó este diario, el Gobierno se ha activado para movilizar al electorado progresista y sacarlo a la calle. Las manifestaciones ya se están planeando. Mañana se celebran las del 8M y se escucharán gritos en contra de la invasión estadounidense. Y fuentes gubernamentales no descartan que se produzca una gran manifestación en Madrid frente a la embajada de Estados Unidos.
En La Moncloa no perciben el pulso con Donald Trump como un problema político. Más bien al contrario: lo interpretan como una oportunidad de posicionamiento interno. Los estrategas demoscópicos del presidente detectaron hace tiempo que existe un rechazo amplio en la sociedad española hacia Trump y su estilo de liderazgo, y el Gobierno ha decidido explotar ese clima. De ahí que el Ejecutivo se haya situado entre los pocos de Occidente que mantienen un tono abiertamente crítico con la primera potencia mundial, en un contexto en el que la relación personal y política entre Pedro Sánchez y Trump atraviesa su momento más áspero.
El deterioro no es nuevo. Ya en octubre del año pasado, el presidente estadounidense lanzó duras críticas contra España por su negativa a elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB, una exigencia que ha planteado a los aliados de la OTAN. En los círculos diplomáticos se reconoce que este clima complica la acción exterior española. Fuentes diplomáticas de alto nivel admiten que a Sánchez «se le está poniendo muy difícil» la política exterior en un escenario internacional cada vez más tensionado. El presidente no va a dar marcha atrás. El plan es resistir a toda costa hasta 2027.