Lobo Antunes: de la ternura a la violencia más descarnada
Ahora que ha muerto António Lobo Antunes (nacido en Lisboa, en 1942), se ve lejanísima la fecha del inicio de su carrera literaria, el año 1979, con «Memoria de elefante»; iba a titularse «De este vivir aquí en este papel escrito», pero su editor le sugirió cambiar el título; publicaba esta novela quien antes había estudiado medicina y ejercería su profesión en un hospital de su ciudad natal hasta 1985. Esta novela corta ya avanzaba uno de los asuntos mayores en su narrativa: la guerra de Angola, que vio de cerca como médico militar durante veintisiete meses, entre 1971 y 1973. Y es que aquel tratamiento de lo bélico como algo próximo y cotidiano parece que lo persiguió de continuo -sin ir más lejos, a su segunda obra, «El culo del mundo»- hasta hace muy poco, cuando en el 2023 vio la luz «Hasta que las piedras se vuelvan más ligeras que el agua», en que presentó el efecto de tal horror en una familia concreta.
El lector reconocía en esta su última obra los ítems narrativos de Lobo Antunes, junto con su tan singular empleo de lo ortotipográfico en el texto, como la impronta inevitable de esa memoria elefantina que arrastró desde joven: «Y esta noche, he vuelto a soñar con África, no ataques que empezaban siempre con la ametralladora...», se leía al comienzo. Así, lo que contaba era tan importante como la forma de hacerlo, con esa cadencia poética y evocadora que embelleció su siempre prosa bañada de personajes de varias generaciones. Y, como solía ocurrir en sus relatos, la ternura daba paso al instante a la violencia más descarnada, atizada por las remembranzas de un tiempo crudamente real para los entes de ficción que parecían haberse transformado en antiguas fábulas.
Sin duda, fue lo más característico de su trayectoria narrativa: una prosa dura y palpitante, con la que el autor portugués lograba transmitir densas emociones. Con su muerte, a los 83 años, desaparece un autor de gran autoexigencia estética que trató de cartografiar las sombras del alma humana y de las ruinas del Imperio portugués.
Prestigio internacional
Delirios, silencios y obsesiones: estos elementos dieron anclaje a su literatura a partir de los hechos históricos, de ahí que su trilogía inicial, completada con «Conocimiento del infierno» (1980), sea un descenso a los sótanos de la psique y de las instituciones del Estado. A partir de ahí, su estilo evolucionó hacia una complejidad técnica casi sin parangón en la literatura contemporánea. En novelas como «Las naves» (1988) o «El orden natural de las cosas», el autor abandonó la linealidad para dar paso a una estructura coral donde los vivos y los muertos, el pasado y el presente, convergen en una misma frase. En definitiva, nos deja el último maestro del flujo de conciencia, pero a diferencia de la introspección que representaron autores anglosajones del modernismo, como James Joyce o Virginia Woolf, la suya era una polifonía social. Sus textos son un laberinto de espejos donde se refleja el Portugal de los «retornados», la burguesía en decadencia y la soledad de las alcobas.
A pesar de ser uno de esos eternos favoritos para un Premio Nobel que nunca llegó —y que su propia figura, a menudo irónica y distante, parecía desdeñar—, su reconocimiento internacional fue incontestable. El Premio Camões en 2007 fue el sello oficial a una carrera prolífica que, además, fue más allá de la ficción, pues destacó asimismo en lo que acabó llamando «Libro de crónicas», donde se permitía una brevedad punzante, mostrando que también en lo cotidiano residía esa metafísica del desamparo que fue su gran tema. Frente a la arquitectura monumental de sus novelas, esta serie de colaboraciones en un par de diarios lusos constituye la esencia de Lobo Antunes en dosis de apenas tres o cuatro páginas. Ahí no había personajes de ficción que sirvieran de escudo: era el propio António quien recordaba su vida: la infancia de posguerra, como cuando describió las casas de su niñez en Benfica o la figura de su abuelo; la soledad a partir de objetos cotidianos —un par de zapatos viejos, una carta que no llega, el timbre que no suena—; encuentros reales con pacientes, transformando el diagnóstico clínico en un retrato humanista, analizando la locura casi cual forma de resistencia para sobrevivir en este mundo, y siempre con un irresistible humor negro.