Insumisas, las mujeres que dieron la cara por su libertad
El [[LINK:TAG|||tag|||63361ae21e757a32c790c6a7|||Congreso de los Diputados]] rechazó la propuesta para prohibir el uso del burka y el niqab en espacios públicos con los votos de la izquierda y de los nacionalistas. La votación deja una sensación amarga para quienes consideran esta medida necesaria para garantizar la dignidad de las personas, la libertad y la convivencia, además de la seguridad y la integración. La medida tenía el objetivo prioritario de ampliar los derechos de las mujeres, y se podría enmarcar en la lucha feminista en España. De hecho, buena parte del feminismo era partidario de dicha prohibición.
El recorrido para conseguir la igualdad legal de las mujeres ha sido largo. Nuestro país ha estado inmerso en ese movimiento mundial, como es el caso del uso del burka y el niqab, que se debate en muchos países. Solo con una mirada histórica podemos entender la dirección en la que han evolucionado los derechos. Esto nos lo ofrece Manuel Espín en su último libro, titulado «Insumisas: Historia de la lucha por la igualdad en España», donde ofrece una visión exhaustiva de la evolución de los derechos de las mujeres desde la Ilustración hasta la actualidad, analizando las barreras biológicas, legales y culturales que han enfrentado.
Manuel Espín es historiador social y cultural. Ha publicado títulos como «Vida cotidiana en la España de la posguerra» (2022), «La España ye-yé» (2023) y «Sexo en el franquismo» (2025), por lo que el paso siguiente era, naturalmente, tratar la lucha por la igualdad. Es importante señalar, como hace el autor, que en esto nuestro país tampoco fue una anomalía. La atribución de roles de género fue la norma en todo Occidente, especialmente desde la publicación del Código Civil napoleónico de 1804. En dicho texto se conceden más derechos al varón, dejando a la mujer como una persona dependiente, tanto antes del matrimonio con autoridad legal del padre, como después, con la tutela marital.
Prohibir el burka y el niqab en espacios públicos garantiza la libertad de las mujeres
Esa diferenciación, cuenta Espín, fue construida en torno a la biología, sin tener en cuenta la capacidad intelectual de la mujer. No es algo reciente. Aristóteles veía a las mujeres como «vasijas vacías» del «semen creador», y los filósofos de la Ilustración limitaban el espacio femenino al hogar. Rousseau, definido siempre como «progresista», afirmó en su obra «Emilio» (1762) que «el destino de la mujer» era «agradar y ser subyugada». Ante esta denigración, recuerda Manuel Espín, figuras como Olympe de Gouges defendieron que la verdadera representación de la nación no eran solo los hombres, sino también las mujeres. Esta idea le costó ser detenida durante el Terror y ejecutada en 1793 por los jacobinos –otros políticos considerados «progresistas»–. Fue acusada de «renegar de su propio sexo» y de pertenecer a los girondinos.
Por aquellas fechas, Mary Wollstonecraft publicó «Vindicación de los derechos de la mujer» negando a Talleyrand, asambleario francés, en 1792, que las mujeres debían recibir la misma educación y tener las mismas oportunidades que los hombres. El argumento de la inferioridad biológica y su corolario, la intelectual, tuvo su punto álgido en el siglo XIX y comienzos del XX. Manuel Espín señala con acierto el barniz pseudocientífico de esta marginación. Por ejemplo, el médico alemán Paul Julius Moebius publicó en 1900 «Sobre la imbecilidad fisiológica de la mujer», donde comparaba el cerebro femenino con el de un chimpancé y afirmaba que las mujeres debían ser «sanas y tontas». Según Moebius, cualquier aspiración intelectual de la mujer era un signo de «degeneración» biológica y mental.
«Biologicismo»
En este contexto, la «histeria femenina» se definió como una patología asociada al útero y a la insatisfacción sexual, utilizada para justificar la tutela masculina. Médicos como William Withers Moore advertían que la «sobre-educación» de las mujeres –que fueran a la Universidad, por ejemplo– causaba anorexia scholastica y desequilibrio mental. Incluso intelectuales españoles de renombre cayeron en este biologicismo. Ortega y Gasset afirmaba en 1924 que el hombre inteligente sentía «repugnancia por la mujer talentuda». Por su parte, Gregorio Marañón, hoy muy celebrado, calificaba de «sexualmente anormales» a las mujeres que buscaban un papel prominente en «actividades masculinas» como el deporte o la ciencia. Claro que, Marañón también escribió que don Juan no era el arquetipo de virilidad, sino un homosexual que no había salido del armario y que compensaba esa «desviación» con la conquista de mujeres.
Ellas han tenido que luchar por su derecho a la educación, por el voto y su vida sexual
En España, cuenta Manuel Espín, el acceso a la cultura fue la primera gran reivindicación del feminismo. Durante décadas, las mujeres tuvieron prohibido el acceso a la universidad. Concepción Arenal simboliza este desafío: tuvo que cortarse el pelo y vestir levita para estudiar Derecho en la Universidad Central de Madrid en la década de 1840. Arenal denunció la «extrema dependencia económica del marido» y defendió la educación como vía de emancipación. La resistencia masculina fue feroz. Emilia Pardo Bazán, pese a su prestigio literario, fue rechazada sistemáticamente por la[[LINK:TAG|||tag|||633619c159a61a391e0a1763||| Real Academia Española]]. Recibía comentarios misóginos de autores como Clarín, quien la acusaba de poseer un «furor literario-uterino». Las primeras universitarias, como María Dolores Aleu Riera o Matilde Padrós, tuvieron que acudir a exámenes acompañadas de escoltas o familiares porque en algunos casos sus compañeros las recibían a pedradas. No fue hasta 1911 cuando se permitió a las mujeres matricularse en la universidad sin necesidad de un permiso gubernamental especial.
El sufragismo fue fundamental en ese avance, como señala Espín. La lucha por el voto femenino nació vinculada al movimiento antiesclavista en el mundo anglosajón. En la Convención de Seneca Falls, en 1848, reclamaron no solo el voto, sino la igualdad moral entre hombres y mujeres respecto, por ejemplo, a la sexualidad. Emmeline Pankhurst fue una gran luchadora en el Reino Unido, con frases como: «Mi enemigo no son los hombres, sino el Gobierno». En España, el sufragismo tuvo un carácter menos dado al activismo.
Carmen de Burgos «Colombine» realizó encuestas periodísticas sobre el divorcio y el voto femenino en 1904. En la dictadura de Primo de Rivera se avanzó en este sentido, pero no se afianzó. En 1926 se fundó en Madrid el Lyceum Club Femenino, presidido por María de Maeztu. Este club se convirtió en un «sanedrín» de mujeres cultas como Victoria Kent, Zenobia Camprubí o Elena Fortún. La prensa lo llamó el «club de las maridas» y criticó que las mujeres fumaran o discutieran de política. En la [[LINK:TAG|||tag|||63361c695c059a26e23f85e7|||Segunda República]] –bien explicada– tuvo lugar el histórico enfrentamiento parlamentario entre Clara Campoamor, defensora del sufragio, y Victoria Kent, quien pedía aplazarlo por miedo a que el voto femenino estuviera influido por la Iglesia y pusiera en peligro la República.
El régimen de Franco volvió a la «mujer pecadora» y subalterna, limitada al hogar y a la familia, con un trato diferente ante la ley, cuenta Espín mostrando su buen manejo de la historia social de la España de posguerra. Hubo mucho paternalismo. El Fuero del Trabajo de 1938 propuso «liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica». La Sección Femenina, dirigida por Pilar Primo de Rivera, intentó moldear a la mujer española bajo los principios de obediencia y subordinación absoluta al hombre. Las casadas necesitaban el permiso marital para trabajar, abrir cuentas bancarias o viajar, una restricción que no desapareció totalmente hasta mayo de 1975.
Mujeres en crisis
A finales de los sesenta, la nueva generación de mujeres tenía otras expectativas. La educación, el desarrollo económico, la cultura pop y el turismo resquebrajaron el modelo tradicional. Del ideal romántico de la mujer abnegada se pasó, en el cine de los años 50 y 60, a comedias donde el trabajo femenino se veía como un «problema» para la felicidad del marido. No fue hasta la democracia cuando aparecieron personajes de mujeres en crisis, como los retratados por Pilar Miró, que luchaban por conciliar su vida profesional con una educación sentimental represiva.
La Transición trajo el fenómeno del «destape», que, en opinión de Espín, convirtió la liberación femenina en una forma de mercantilización y objeto sexual en el cine y las revistas. No obstante, las mujeres empezaron a ocupar nuevos espacios. En 1981 se legalizó el divorcio tras intensos debates, y las mujeres comenzaron a desempeñar altos puestos en la administración del Estado. Espín destaca del siglo XXI la nueva concepción de la maternidad. Se ha pasado, dice, de ser una obligación a una elección, introduciendo además la corresponsabilidad con los hombres en las tareas domésticas.
Quizá el autor debería haber introducción una referencia a la situación actual sobre la ley de violencia de género, que establece una desigualdad que perjudica a los hombres. También hubiera enriquecido el libro –muy bueno de por sí– un apartado sobre el debate acerca de los hombres que se autoperciben como mujeres y que la «ley trans» reconoce. En conclusión, la obra es el relato de una transición desde una identidad construida en torno a la biología y la sumisión hacia una identidad basada en el intelecto y la ciudadanía plena. Cada derecho conquistado –desde el voto o la negación del burka, cuya obligación para la mujer no está en el Corán– fue denunciado como una anomalía contra la naturaleza, demostrando que la igualdad no es un regalo, sino el fruto de dos siglos de resistencia.
Un juicio moral a Isabel II
El siglo XIX ofrecía la paradoja de tener mujeres en la Jefatura del Estado, mientras el resto carecía de derechos civiles. Isabel II en España y Victoria en Inglaterra asumieron el poder político y simbólico en un mundo de hombres. No fue gratis. Isabel II fue objeto de una campaña para desacreditar sus decisiones regias exagerando su vida sexual, similar o inferior a la que llevaban los dirigentes de los partidos que la criticaban. Era un juicio moral, dice Manuel Espín, que no hubieran hecho de haber sido ella un hombre. Por el contrario, la reina Victoria construyó una imagen de moralidad puritana —la moral victoriana— que, aunque le otorgó un enorme poder simbólico, consolidó el modelo de la mujer como «ángel del hogar» de puertas para adentro. En España, María Cristina de Habsburgo, durante la Restauración, o Sofía de Grecia ya en el siglo XX, adoptaron un perfil sobrio y discreto para evitar las críticas machistas.