Dinámicas del vacío
Hay personas que verdaderamente desaparecen, sin rastro. Generalmente por otras personas y en algunos casos, seguramente, por motivos personales que derivan en una suerte de auto exilio, ya no interno sino más bien material. Desaparecer del mundo. Del conocido, del familiar.
Porque claro, es lo más probable, el hecho de que una desaparición implique la aparición de alguien completamente extraño, en otra parte. Un señor con la corbata chueca y roja, de pronto en medio de un grupo de monjes budistas, en una ciudad tan alta en el Tíbet, que desde la plaza con suerte se divisan nubes y aves sin nombre dando vueltas como carroñeras sin cuerpo a la vista.
O una mujer con sombrero parisino en el desierto inhóspito plagado de minas, en el minuto treinta y siete de la película aclamada y polémica por las críticas disímiles y enfrentadas. Las personas que desaparecen tienen que estar en alguna parte, riendo de chistes en una lengua que no comprenden, con los huesos expuestos a la intemperie o en la oscuridad de un cuarto con candado, custodiado por un hombre adusto y malo, perteneciente a alguna mafia dedicada a todos los crímenes habidos y por haber.
Hay países en los que con un sello de remate, hasta hacen desaparecer a los desaparecidos pero en los recovecos de las oficinas, de los ministerios, de las estadísticas, de los archivadores en los que un día estuvieron, con foto y todo, un día estuvieron, y al otro día, ya no. El desaparecido, la desaparecida, desaparecieron de los registros de los desaparecidos.
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De la misma forma, como por necesidades políticas y de la más calculada angurria por el poder, en otro país desaparecen, además de las personas, las estadísticas de crímenes cometidos por personas pertenecientes a colectivos que han sido cubiertos con un paraguas moral de tal magnitud que abarca toda una península. Si la estadística desaparece, desaparece el crimen y desaparece la víctima.
Lo que sí aparece es la justificación de la autoridad, haciendo pasar una falta como un logro de su gestión, con el festejo posterior, plagado de excesos, que terminaría con otro crimen, otra víctima y otra estadística desaparecida. Pero hay otra categoría de las desapariciones, la de personas que se esfuman de la vida de otras personas y a lo mejor hasta se crucen en la calle y hagan como el efecto de la invisibilización.
Se hacen humo, aire, agua cristalina, silencio abrumador, noche negra. Y pasan de largo, cruzan a la acera de enfrente como una acción simbólica de estar en aceras diferentes, en bandos contrarios, hinchas de equipos rivales históricos, militantes de extremos enemigos, que antes fueron uno solo y que por razones extrañas pueden unirse de nuevo, aplicando el hecho de que los extremos se unen, se parecen, se difuminan, se enredan y finalmente terminan persiguiendo el mismo objetivo. Eso colectivamente y en lo individual.
Esta categoría de desapariciones responde a algún hecho específico, un daño infringido, un insulto, un compromiso incumplido, una traición, una deslealtad, la revelación de un secreto pactado, o a veces. Simplemente el cansancio, el tedio, la desaparición de otros asuntos laterales como la pasión, el tema de conversación, las discrepancias sobre el condimento perfecto para una arrabbiata en las alturas, o hasta a veces, unos cambios sin pausa en los cuerpos, como barcos de Teseo.
*Es compositor y escritor.
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