La renuncia silenciosa ante el agotamiento (de la que no hablamos)
¡Pasó enero; febrero avanzando! Se empieza a sentir esa carrera frenética en las agendas y los entornos. De nuevo, ahí vamos… corriendo en una rueda de hámster bañada en oro que seduce y nos hace alucinar.
Hablemos de un fenómeno que late bajo la superficie de nuestra vida ocupada y pocos parecen darse por aludidos: la renuncia silenciosa ante el agotamiento, a la que también llamo la renuncia vital; es la renuncia que provoca una erosión interna.
Es cuando dejamos de “estar” en nuestra propia vida. Renunciamos a la curiosidad, al placer, al erotismo de la existencia y a la conexión profunda, porque, sencillamente, el sistema operativo de nuestro cuerpo solo tiene energía para “sobrevivir al lunes”. Es una desconexión anestésica para no sentir el peso del burnout. ¿Está ahí hoy?
Estamos atrapados en lo que la psicología denomina el "síndrome de la vida ocupada". No es solo tener mucho que hacer; es la incapacidad cognitiva de estar presentes en el descanso. Aquí aparece la pobreza de tiempo, un término económico que hoy es la verdadera brecha de desigualdad. Séneca escribía –y vaya que tenía razón–: “No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.
La pobreza de tiempo no es falta de horas; es falta de autonomía sobre el ritmo. Cuando renunciamos silenciosamente ante el agotamiento, lo hacemos porque hemos aceptado que nuestra valía es igual a nuestra producción. Nos volvemos “vulnerables al vacío” y, para evitarlo, nos llenamos de ruido y de ajetreo.
¿Ha estado en este escenario?: mirando el techo a las 3 a. m., sintiendo que su identidad es un archivo de Excel o una presentación para el día siguiente. Esa renuncia silenciosa es la más dolorosa, porque usted no le dice “no” a un jefe, se dice “no” a sí mismo/a. Deja de leer el libro que le gusta, deja de escuchar a su pareja, deja de saborear el sabor del café. La verdad incómoda es que usted se convierte en un zombi eficiente.
Una productividad consciente para tener riqueza de bienestar
Aquí, vuelvo con mi propuesta y lo que vengo investigando: si la autoexplotación es el veneno, la productividad consciente es el antídoto. No se trata de hacer menos por pereza, sino de hacer lo que importa con intención; aprender a elegir entre la intención y la inercia, esa misma que lo tiene dentro de la “rueda del hámster profesional”.
Defino la productividad consciente como la capacidad de discernir entre la urgencia del ajetreo y la importancia de una vida saludable. Si lo viéramos desde la fórmula física básica: E = P(t), en el contexto del rendimiento humano, podemos reinterpretarlo de la siguiente manera:
- La potencia (P): es su intensidad de autoexplotación. En física, la potencia es la velocidad a la que se realiza un trabajo. En su vida profesional, la potencia es el estrés, la multitarea y la urgencia. Es el culto al rendimiento, donde nos han enseñado a trabajar siempre a “máxima potencia” para ser más eficientes. Sin embargo, en cualquier sistema físico, mantener la potencia máxima de forma sostenida genera un sobrecalentamiento del motor (en nuestro caso, le llamamos burnout).
- El tiempo (t): El recurso no renovable –el tiempo– es la duración de ese esfuerzo. El problema de la “pobreza de tiempo” surge cuando intentamos estirar el tiempo (t) para compensar una potencia (P) que ya no podemos sostener, o viceversa.
- La energía (E): Su reserva vital. La energía es el resultado de esa ecuación. Si su potencia es desmedida, agotará sus reservas de energía (E) mucho antes de completar su jornada vital.
Si nuestra potencia es siempre máxima, el tiempo se agota y la estructura colapsa. La productividad consciente propone una gestión inteligente de esta ecuación mediante el ahorro consciente de energía.
En resumen: aplicar la fórmula básica del ahorro de energía es entender que, si quiere que su "tiempo" de vida sea sano, sostenible y de calidad, debe dejar de operar a una "potencia" que agote su "energía" antes de tiempo.
La verdadera riqueza no es el saldo bancario acumulado a costa de fármacos para dormir, sino la capacidad de disponer de nuestro tiempo con salud y presencia. Eso es el corazón de la productividad consciente.
En conclusión, creo que es momento de renunciar a algunas creencias para recuperarnos de este culto al rendimiento y este ajetreo de vida.
- Hacer una “renuncia silenciosa” ante la cultura del rendimiento óptimo no es un fracaso ni una falta de compromiso laboral; es un acto de insurgencia vital. Es elegir intencionalmente, para no esperar a que un colapso médico (el burnout clínico) elija por usted.
- Renuncie a la idea de que debe estar disponible 24/7, hiperconectado, sin conexión humana ni presencia plena.
- Renuncie a la culpa de no “producir” un domingo. Elija la riqueza del bienestar antes de que la inercia de la rueda le robe la capacidad de disfrutar con energía vital. Aprenda a volver a “estar” en su propia vida.
bmartinez@organizacionespositivas.org
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Betsy Martínez Montero es promotora e investigadora del florecimiento humano y organizacional. Especialista en Psicología Positiva y en transformación de culturas y organizaciones. Es fundadora del Instituto de las Organizaciones Positivas y docente en programas de Liderazgo, Bienestar y Coaching.