Miguel y Antonia cierran su tienda tras décadas, pero aún hay una esperanza
El único supermercado de Urrácal se queda sin relevo
En la localidad almeriense de Urrácal, de poco más de 200 habitantes, Miguel y Antonia han sido mucho más que tenderos. Durante más de 40 años han atendido a sus vecinos desde su supermercado, el único del municipio. Ahora, tras alcanzar la edad de jubilación, se ven obligados a cerrar si nadie toma el relevo.
La situación refleja un fenómeno cada vez más común en la llamada España vaciada, donde el relevo generacional en los pequeños negocios es prácticamente inexistente. Muchos jóvenes se marchan y los pueblos se quedan sin servicios esenciales como tiendas, bares o farmacias.
“No pierdo la esperanza de que alguien lo coja”
Con esa frase Miguel resume su deseo. A pesar de anunciar el cierre, no renuncia a que alguien se interese por continuar con la tienda. Según su testimonio, el supermercado no solo es rentable, sino imprescindible: abastece a toda la localidad y a algunos vecinos de municipios colindantes.
Además, aseguran que estarían dispuestos a facilitar la transición a quien quiera seguir con el negocio. “Lo dejaríamos montado, con todo lo necesario, y ayudaríamos en lo que pudiéramos”, señala Antonia.
Un cierre que impacta en la vida del pueblo
En Urrácal, el supermercado no es solo un lugar de compra. También ha sido un punto de encuentro, de charla, de noticias informales. Su desaparición afectará no solo al abastecimiento, sino también a la vida social del pueblo.
Los vecinos más mayores, muchos sin coche, dependerán de familiares o transporte público escaso para poder comprar productos básicos. “Sin esta tienda, estamos perdidos”, reconocen algunos clientes habituales.
El abandono rural continúa creciendo
Casos como el de Miguel y Antonia ilustran la urgencia de medidas para fijar población en entornos rurales. No se trata solo de mantener negocios abiertos, sino de garantizar la supervivencia de pueblos enteros. La falta de oportunidades, la escasa conectividad y la ausencia de incentivos hacen cada vez más difícil que alguien apueste por quedarse.
Desde instituciones públicas se han lanzado programas para impulsar el emprendimiento rural, pero los resultados siguen siendo limitados. El arraigo emocional no basta si no se acompaña de un entorno que facilite vivir y trabajar con dignidad.
Un futuro incierto para el comercio local
Mientras Miguel y Antonia apuran sus últimos días al frente del supermercado, Urrácal vive con incertidumbre. Nadie ha dado el paso aún, aunque algunas personas han mostrado interés. Pero el tiempo corre, y con cada día que pasa sin relevo, se acerca el cierre definitivo.
“Lo que más nos duele es ver que puede desaparecer algo que ha dado vida al pueblo”, dicen emocionados. Aún así, no pierden del todo la fe: “Ojalá alguien vea la oportunidad”.
Un gesto que merece atención
La historia de Miguel y Antonia no es única, pero sí simbólica. Representa el esfuerzo silencioso de miles de personas que, desde sus pequeños negocios, han mantenido en pie la vida rural. Si Urrácal pierde su supermercado, perderá algo más que un punto de venta: perderá parte de su identidad.
Y mientras eso ocurre, queda una última oportunidad. La esperanza no está del todo perdida. Miguel y Antonia están ahí, esperando que alguien diga sí.