El arte español, un poder que resistió a los Bonaparte
El arte consta de un poder silencioso pero incisivo. Capaz de cambiar la historia. Al menos, de condicionarla, de servir de impacto. Todavía hoy todo aquel que se planta frente a «Los fusilamientos» de Goya, que cuelga de las paredes del Prado entre tantas otras verdades pictóricas, siente ese simbolismo de denuncia, de barbarie frente al inocente. Percibe esa sensación de la violencia militar frente a un pueblo maltratado: qué imagen, por cierto, tan impasible al paso del tiempo. Una carga visual y emocional que atraviesa hoy tanto como hace cientos de años, y que no sólo materializó Goya: también lo hizo Picasso, con «Guernica», o lo sigue cultivando Banksy en sus impredecibles intervenciones urbanas. El arte no sólo tiene poder, sino que es poder en sí mismo: uno que embellece y enriquece, pero también que apela e incomoda. Y así ha sido siempre. También en la España de 1800: lo refleja María José Rubio en «La marquesa y Bonaparte» (Planeta), una obra que, más que novela histórica, define la historiadora, «es una de ideas y de grandes dilemas morales que va a llevar al lector a reflexionar». La trama se ubica en una época donde la Revolución Francesa lo puso todo patas arriba, incluso el Antiguo Régimen imperante en nuestro país. Llega a Madrid, a la corte de Carlos IV, Luciano Bonaparte, hermano de Napoleón, para controlar la política española y preparar lo que, años después, llevaría a Goya a pintar «Los fusilamientos». Pero la misión se tuerce por varios motivos: Luciano conoce (y se enamora) a la brillante Mariana de Waldstein, una interesante aristócrata que le introduce en el mundo del arte y del coleccionismo. Explica Rubio que Luciano Bonaparte «compró más de 150 cuadros de España y se los llevó a Francia. Fue un pionero en su familia, porque descubre cómo el coleccionismo también es un instrumento de imagen para el poder. Francia, y también Inglaterra, le deben mucho al arte español».
A lo largo de la obra descubre las colecciones, ya no del Palacio Real, sino unas aún más interesantes dada su clandestinidad: las de Manuel Godoy. Refleja la historiadora «la obsesión por coleccionar arte para ser alguien y ascender socialmente. Algo que también se da hoy. Ha sido fascinante investigar cómo, por ejemplo, se descolgaron de Palacio esos cuadros de desnudos de grandes maestros que hoy vemos en el Prado, pero que estuvieron a punto de desaparecer». Carlos III los mandó quemar, pero Rafael Mengs y el Marqués de Santa Cruz –también personaje de la novela– lo evitaron, consiguiendo que se ocultaran y acabasen, algunos, en la casa de Godoy.
Aires ilustrados
Es «La marquesa y Bonaparte» una historia, por tanto, de fuertes personajes. Es atractivo el caso de Luciano, ya no por ser un Bonaparte, sino por ser «el hermano díscolo, el que se atreve a criticar a Napoleón, el que no quiere ser un súbdito obediente y ciego de las ambiciones de su hermano, quien lo defenestra porque lo considera incómodo, crítico». Y las ovejas negras –o, más bien, lúcidas, brillantes– son las que más atrayentes resultan para una historiadora que se introduce en la ficción. Un personaje también interesante, por su parte, el de Mariana de Waldstein, marquesa de Santa Cruz y «representante de un tipo de mujer muy particular que se dio en la España de la Ilustración, especialmente a finales del siglo XVIII», señala Rubio. Una mujer de élite que se empapó de los aires ilustrados que soplaban desde Francia y que «formó una cápsula del tiempo con una libertad personal que hoy nos sorprende, y que incluso el propio siglo XIX apagó».
Mariana de Woldstein fue pintora, una de las primeras académicas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, «y una de las primeras mujeres que amamantaron a sus hijos. Rompió muchas reglas y etiquetas del momento». Un empoderamiento, no obstante, que no fue lineal: ¿qué pasó en el XIX? ¿Ha sido la de la mujer una lucha siempre intermitente? Responde Rubio afirmando que «el concepto de progreso es muy resbaladizo, porque no siempre es lineal. Las sociedades y los parámetros culturales cambian».
Por tanto, y al igual que ante las pinturas de Goya, con la nueva novela de Rubio se reflexiona, pues defiende que «tiene resonancias con lo que está pasando hoy. Analiza cómo se construye el poder, cómo está decidido por personas con sus fragilidades, con sus cuestiones personales. Se ejerce de una manera mucho más silenciosa de lo que se nos muestra. Lo podemos ver hoy en cualquier país. Cuando se convierte en una cosa egocéntrica del cuánto, abandonando el para qué, ahí se ha perdido el valor de un poder que debería pasar al servicio del bien común». Siempre nos quedará, al menos, el enriquecedor silencio del arte.