No todas las personas con epilepsias responden al imaginario de caída al suelo y pérdida total de control del cuerpo. Según la Sociedad Española de Neurología, solo un 20-30% de las crisis epilépticas se manifiestan como convulsiones evidentes, lo que significa que la mayoría de los episodios pueden pasar desapercibidos o confundirse con otros problemas neurológicos o de comportamiento. Sin embargo, la imagen social de la epilepsia sigue asociada mayoritariamente a crisis convulsivas evidentes. Con motivo del Día Internacional de la Epilepsia, que se celebra hoy lunes 9 de abril, el Hospital Universitario Los Madroños pone el foco en la epilepsia «silenciosa» o no convulsiva, una realidad poco conocida y que hace referencia a que no todas las personas con epilepsia saben que la padecen. Además, en muchos casos el diagnóstico llega tarde o de forma equívoca debido a síntomas sutiles que se confunden con otros trastornos. Con el fin de abordar esta situación, el doctor Iván Iniesta López, neurólogo con especial interés en epilepsia del Hospital Universitario Los Madroños e investigador principal del proyecto EpiNet en Madrid, explica los principales síntomas a tener en cuenta para un correcto abordaje. Tal y como explica el doctor Iniesta, a la hora de identificar una crisis no convulsiva, hay que tener en cuenta que «la epilepsia es un trastorno neurológico heterogéneo caracterizado por una tendencia o predisposición a provocar crisis epilépticas y se clasifica de acuerdo con el tipo de crisis. A grandes rasgos, cuando las crisis epilépticas proceden de una localización concreta del cerebro se habla de epilepsia focal, mientras que cuando su origen es difuso hablamos de epilepsia generalizada ». El experto aclara que « la convulsión no es sino un síntoma , pudiendo resultar de una crisis de inicio focal o presentarse desde un principio como una crisis convulsiva generalizada. Los síntomas dependen de la zona afectada del cerebro. Por ejemplo, cuando una descarga neuronal excesiva se origina en el lóbulo temporal, el síntoma es una súbita sensación de extrañeza, un estado transitorio de ensoñación o familiaridad tipo déjà vu que típicamente se repite de manera estereotipada (siempre del mismo modo) acompañándose a veces de una alteración de la conciencia. Si la región implicada es la corteza frontal, el síntoma será motor. Y si nace de la corteza occipital el síntoma inicial probablemente sea visual, pudiendo evolucionar o no a una pérdida de conciencia seguida o no de convulsiones», detalla el doctor Iniesta. Un diagnóstico tardío, puntualiza este médico neurólogo, «no solo implica convivir más tiempo con crisis no controladas, sino que puede tener consecuencias relevantes en la vida cotidiana como un mayor riesgo de accidentes, deterioro del rendimiento laboral o académico, afectación emocional y baja autoestima, así como dificultades en la vida social. Por otro lado, un diagnóstico precoz permite iniciar tratamientos eficaces que, en la mayoría de los casos, consiguen un buen control de las crisis y una mejora notable de la calidad de vida. Del mismo modo, un diagnóstico precipitado y equivocado de epilepsia acarrea importantes consecuencias negativas». «Más que a epilepsia -recalca este doctor– deberíamos referirnos a epilepsias (en plural) , dada la heterogeneidad en cuanto a sus síntomas y causas se refiere, pudiendo abarcar desde una predisposición genética hasta una grave lesión cerebral adquirida». «El diagnóstico de una crisis epiléptica, prosigue este experto, «es fundamentalmente clínico y, por lo tanto, basado en la historia y en los datos aportados por el paciente complementados por una historia colateral extraída de los testigos. La exploración neurológica y la realización de pruebas complementarias como analíticas de sangre, a veces tests genéticos, un electroencefalograma y una resonancia magnética nuclear ayudan o complementan en el diagnóstico. Para diagnosticar epilepsia tiene que haber habido, al menos dos crisis epilépticas espontáneas, es decir, no provocadas por factores externos como una sustancia tóxica o una alteración metabólica. O hallarnos ante una sola crisis espontánea y establecer un riesgo elevado de nuevas crisis mediante las citadas pruebas complementarias. Por otra parte, resulta fundamental descartar otras patologías que pueden confundirse con la epilepsia como son las crisis disociativas de origen psicógeno y el síncope». Un diagnóstico certero y un tratamiento precoz «influyen, por lo tanto, favorablemente en el pronóstico, por lo que, ante la sospecha clínica, resulta prioritaria una valoración temprana por parte de un especialista en epilepsia», insiste. Aunque la epilepsia se asocia con frecuencia a la infancia, una parte significativa de los diagnósticos se produce en la edad adulta e incluso en edades avanzadas. Según el doctor Iniesta, «entre la infancia y la adolescencia se observa un pico de epilepsias de curso benigno , que no requieren tratamiento farmacológico y tienden luego a desaparecer sin dejar rastro. Sin embargo, a edades muy precoces pueden también surgir algunas epilepsias, tanto de causa genético como adquirida en el parto, que pueden resultar muy complicadas de tratar y requieren una especial atención y cuidados». Factores como antecedentes de ictus, traumatismos craneales, infecciones cerebrales o enfermedades neurodegenerativas pueden aumentar el riesgo de desarrollar epilepsia en la edad adulta, lo que refuerza la importancia de una evaluación neurológica adecuada ante síntomas recurrentes. De acuerdo con este neurólogo, «el daño cerebral sobrevenido a consecuencia de un traumatismo cráneo – encefálico supone una causa importante de epilepsia en la juventud ». En etapas posteriores, añade el doctor Iniesta «el riesgo más elevado de padecer un ictus, un tumor o desarrollar una demencia explican la mayor incidencia de epilepsia en esta franja etaria, por guardar directa relación o ser la consecuencia directa de dichas afecciones neurológicas». «Conviene dejar claro –concluye el doctor Iniesta– «que la epilepsia no son solo las crisis epilépticas, sino también los efectos secundarios provocados por los medicamentos destinados a tratarla, la ansiedad y depresión frecuentemente asociadas, entre otras cargas significativas como las limitaciones impuestas (el no poder conducir cuando una epilepsia está activa) sin olvidarnos de que existe un riesgo aumentado de muerte súbita asociado, sobre todo cuando las crisis son convulsivas, nocturnas, no están bien controladas o la medicación se toma de manera errática o se producen cambios bruscos o frecuentes en el tratamiento». Y añade: «Históricamente, la epilepsia ha arrastrado consigo un estigma social del cual no hemos podido aún desprendernos. Entre las prioridades planteadas por la comunidad científica para la próxima década en epilepsia, el principal objetivo de la neurología consiste en velar por la salud de los pacientes, promoviendo las medidas preventivas adecuadas y divulgando su conocimiento con el fin de concienciar a la ciudadanía, siendo el estigma social uno de los aspectos que más seriamente comprometen la calidad de vida del enfermo con epilepsia». Identificar correctamente la enfermedad, concluye este médico, es el primer paso para normalizarla. «La epilepsia no define a la persona y, con seguimiento médico, la mayoría de los pacientes puede llevar una vida plenamente activa. La falta de información sigue alimentando el estigma y el miedo en torno a la epilepsia, tanto en quienes la padecen como en su entorno», finaliza Iniesta.