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Las Co-Madres de pañuelo blanco: medio siglo de mujeres buscando a sus desaparecidos

DOMINGA.– Bajo la sombra de un mango, en el atrio de la Catedral Metropolitana de San Salvador, un grupo de mujeres se reúne cada mañana. Es el año de 1975 y estos encuentros desafían cualquier lógica, cualquier razón, cualquier sentido de sobrevivencia: el país entero vive un conflicto que se traduce en miles de personas desplazadas, en cientos de desapariciones y decenas de masacres. Pero ellas, tenaces, están aquí bajo las hojas de ese mango siempre frondoso por el calor y humedad de la capital salvadoreña. Esta sombra es su oficina. Aquí se distribuyen las tareas para buscar a sus desaparecidos, ir a cárceles, a morgues, a cementerios clandestinos, a cuarteles militares, a las instalaciones de la Guardia Nacional; aquí reciben a otras mujeres que llegan de lejos, a pie, con hambre, heridas, a contar lo que han vivido:–Andaban los soldados detrás de nosotros, huimos por una quebrada yo y mis hermanos. Nos separamos de mis padres, decían que los soldados entraban a las casas y torturaban y desaparecían. Nosotros nos incorporamos a la guerrilla, nos explicaron que había que hacerlo para acabar con la injusticia. Yo tenía 14 años [...]. Salimos vivos gracias a dios. Yo tuve un bebé con alguien de la guerrilla y lo mataron, a mi hermano también, lo desaparecieron. Duré diez años en la guerrilla, dábamos clases a los niños que no sabían leer, era brigadista y atendía a heridos –dice Irene Amaya.–Mi papá fue asesinado, nos tocó salir huyendo hacia Honduras porque entró el ejército, mi mamá llevaba cinco hijos y yo era la más pequeña, tenía nueve meses. Murió bastante gente ahogada por las bombas, también muchas personas que estaban pasando para el otro lado, no aguantaron y se ahogaban. Hubo una masacre y mi padre quedó muerto en el campo. Estamos queriendo traer sus huesitos, no los han encontrado –dice Vilma Escamilla.Las reuniones bajo ese palo de mango comenzaron en agosto de 1975, pocas semanas después de que el gobierno de Carlos Humberto Romero reprimiera una protesta estudiantil y masacrara y desapareciera a un número desconocido de ellos en la 25 Avenida Norte, hoy llamada “Avenida Mártires y Estudiantes del 20 de Julio”, en homenaje a los manifestantes caídos.Como en otros países de Centroamérica –Nicaragua o Guatemala–, en El Salvador se gestaba un movimiento revolucionario –inspirado en el caso cubano– que buscaba tomar el poder. El gobierno respondió con una embestida militar que derivaría en masacres y desplazamientos forzados en los años siguientes –oficialmente reconocidos– entre 1980 y 1992.Las voces de las mujeres continúan:–Mi hermano fue desaparecido a sus 18 años, lo sacaron de la fábrica de ladrillos donde trabajaba, un sábado llegó el escuadrón y se llevaron a mi hermano y a un señor. No hemos encontrado su cuerpo. Mi mamá anduvo de cuartel en cuartel, en donde los iban a tirar en los caminos, vino aquí a San Salvador –dice Roxana Benítez.–Hubo una masacre, nos sacaron del cantón, yo corría embarazada entre los muertos y entre las balas. Estuvimos escondidos en las quebradas cuatro días, sin comer, ahí llegó otra emboscada y vi correr la sangre –dice Milagros del Carmen.Modesto, uno de esos estudiantes desaparecidos durante la represión, era hermano de Alicia, que al no tener noticias suyas, no dudó en ir a los cuarteles a buscarlo. A ella se sumó otra madre, otra hermana, otra hija; algunas tenían ciertos conocimientos de organización popular, otras eran amas de casa, otras eran vendedoras, pero todas cercanas a la iglesia de la Teología de la Liberación, encabezada en El Salvador por Monseñor Óscar Romero, quien les ofreció ese espacio en el atrio para reunirse.Hace 50 años de esos encuentros. Esas mujeres a quienes la violencia estatal hizo coincidir, ahora son reconocidas como Co-Madres (Comité de Madres y Familiares de Presos, Desaparecidos y Asesinados Políticos de El Salvador), la primera organización de mujeres que se unieron para buscar a sus desaparecidos en América Latina. Después de ellas vendrían otras, más conocidas, como las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, o las madres del Comité ¡Eureka!, en México, o las compañeras viudas, organizadas en Conavigua, en Guatemala. Pero el trabajo de esas mujeres, indígenas y rurales en su gran mayoría, permanece latente hoy.“No se reunían a tomar café, se reunían a conversar sobre quién había ido a tal lugar, a buscar o investigar o qué información había encontrado, o quién había ido al hospital o a la Guardia Nacional. No había órdenes que seguir, había necesidad de cumplir. Entonces las mismas necesidades hicieron que las madres por instinto ejercieran roles”, dice Lucy Rivas, hoy presidenta de Co-Madres.Lucy conoció a las Co-madres en los ochenta, cuando era una niña y llegó a San Salvador después de vivir cinco años desplazada con su madre y sus hermanitos, por montes y ríos del interior del país, huyendo de balas, machetes, con cansancio y sueño, con hambre, alimentándose de lo que la tierra le diera para comer y crecer, mangos o maíz crudo, o ese río inmenso y calmo en el que solita aprendió a nadar y también a sacar algún pez para freír; ese mismo río que permitió a algunos huir las balas pero que también recibió entre su cauce a cientos de cuerpos masacrados.En diciembre pasado el Comité celebró sus 50 años en un contexto no más sencillo que en el que se fundaron: un gobierno que no reconoce las desapariciones forzadas, que tiene parada la Ley de Justicia Transicional y que maquina desapariciones de personas más sofisticadas, a través de las detenciones arbitrarias y los encierros en las cárceles de máxima seguridad.Las Co-Madres son católicas y son conservadorasApenas amanece este diciembre de 2025 y las compañeras preparan su casa para el festejo. Después del palo de mango, este espacio ubicado en un barrio popular –llamado San Miguelito–, de dos pisos, tres habitaciones y un patio ha sido su oficina desde 1988 cuando la Federación de Mujeres del Partido Laborista de Noruega, en pleno hervidero del conflicto, se las donó. Un par de ellas barren la calle, otras intentan colocar una lona para prevenir el sol que en unas horas más calará directo. Los vecinos, integrantes de un anexo –exalcohólicos y exconsumidores de drogas– se acercan fornidos y bondadosos a ayudarlas. En esta cuadra, en este encuentro, se tensa una línea de historia de violencias que vienen desde una dictadura en 1930, que asesinó a más de 30 mil indígenas, hasta un actual gobierno democrático que a cambio de la promesa de seguridad mantiene un régimen de deterioro de derechos humanos y libertades.Lista la lona, las mujeres colocan sillas en la calle y con ayuda de personas solidarias, activistas, académicos, arman una especie de museo en el patio de la casa, cuelgan las fotografías de sus marchas emblemáticas, de las fundadoras, cuelgan los bordados hechos con motivo del festejo, montan una mesa con imágenes de Monseñor Romero y flores recién cortadas y hacen el último ajuste: pegar a la pared unas letras de unicel que unidas dicen: “Co-Madres 1975 - 2025. 50 años de lucha”.Su nacimiento fue un milagro o más bien digna resistencia de un grupo de mujeres diversas, católicas casi todas, algunas de zonas urbanas vinculadas a organizaciones populares, otras de lugares rurales, pobres y víctimas directas de la violencia: Alicia García, María Teresa Tula, Angelita Carranza, Antonia Mendoza, Ana Cristina Interiano, Alicia Zelayandía, Sofía Escamilla, Miriam Granados, Etelvina Cristales, Alicia Nerio, Tránsito Ramírez, Angelita de Madriz, María del Socorro Alvarado e Irma Yolanda. Casi todas ellas han muerto pero la segunda generación, las niñas que llegaron a esta casa como refugiadas, o en busca de sus familiares, como Lucy, están a la cabeza. Sabían lo que era importante para sostener la vida y la lucha política en un contexto de conflicto armado. Sin nombrarse feministas, crearon espacios para que las mujeres salvadoreñas conocieran sus derechos y los defendieran. En esta misma casa que hoy se adorna para el festejo, abrieron una guardería para cuidar a las infancias mientras las madres iban a trabajar o a buscar a sus desaparecidos; también convirtieron una recámara en un consultorio de ginecología para atender a las recién llegadas, varias de ellas víctimas de tortura sexual; y en otra habitación instalaron una enfermería para atender a los heridos: “Me recuerdo que era una niña y veía a muchas personas heridas que estaban curando, un brazo, un pie, bastantes heridos, algunos bastantes graves y morían ahí. Deseaba hacer algo para ayudarles a salvar su vida, me daba un gran dolor. Un dolor bien duro para una niña de siete años pero mi mamá me abrazaba en sus brazos y me decía que estaban ahora con dios”, dice Vilma Escamilla, quien llegó al Comité siendo una niña y con el tiempo llegó a ser presidenta de Co-Madres.“Para los feminismos contemporáneos las Co-Madres son problemáticas, son católicas, son conservadoras, las dinámicas de género están muy establecidas. Pero ellas trabajaron en algo que puede ser nombrado como el concepto de motherhood, maternidad, para hablar de estos feminismos”, dice Heider Tun Tun, académico de la Regis University, en Denver, quien desde hace más de una década acompaña el proceso de estas mujeres y estudia las redes de intercambio que se construyeron entre ellas, durante el conflicto en El Salvador.Además, tenían una cocina abierta donde a diario se preparaban alimentos para los recién llegados, familias desplazadas, familias que buscaban a sus desaparecidos o presos políticos. En esta comunidad, también, muchas mujeres aprendieron a leer y escribir. “Yo tenía 17 años cuando una compañera me dijo que ayudara en tomar [...] la denuncia de las familias que llegaban. Me tomaron en cuenta y dijeron que también me tocaba ir a visitar a los presos políticos, me empezaron a poner misiones y eso me hizo sentirme tratada con dignidad”, dice Lucy.“Ellas crearon una sororidad basada en la confianza mutua entre las madres, fundamentada en las experiencias traumáticas compartidas entre todas, ya que muchas de ellas fueron torturadas, amenazadas o abusadas física y psicológicamente”, escribieron Heider Tun Tun, Ruby Steigerwald e Inez Steigerwald en el libro Co-Madres. Testimonio de la lucha por los derechos humanos en El Salvador 1975-1994(Ojo de Cuervo, 2023).El vestido negro y el pañuelo blanco en la cabezaLo que comenzó bajo la sombra de un palo de mango fue articulándose poco a poco. En el invierno de 1977, dos años después de esos primeros encuentros, Monseñor Romero las invitó a cenar. Alrededor de los platos calientes, se dirigió a las mujeres y les dijo: “A ustedes les toca hacer camino donde no hay camino. A ustedes les toca abrir brecha entre montes y zarzales”. Monseñor lo sabía. A ese grupo que desde la ausencia de sus desaparecidos se pusieron a defender los derechos humanos, les advirtió de los obstáculos, de las piedras que encontrarían. “Pero lo van a lograr vencer porque el trabajo que han iniciado es un trabajo muy digno. Es la defensa de la vida”. Luego, en 1978, ya asumidas como grupo, comenzaron a usar un vestido negro y un pañuelo blanco en la cabeza. El vestido negro que usaban en las marchas y protestas, pero que se cambiaban de inmediato al terminar, simbolizaba el luto y era también una forma de protegerse para no ser identificadas por su ropa personal; el pañuelo significaba que buscaban a sus amores con paz y amor. No faltó en la sociedad y el estado salvadoreño quien las tachara de locas, en el mejor de los casos, y de peligrosas, en el peor. La casa colectiva de estas mujeres fue bombardeada en tres ocasiones, su archivo destruido en una parte y algunas de sus integrantes, como Alicia y Patty, fueron detenidas de manera ilegal y encarceladas, sufriendo violencia sexual y años después morirían ambas por cáncer cervicouterino, un cáncer común entre las mujeres violadas durante sus caputras.Las Co-Madres no van a negociar con ningún gobiernoA lo largo de esta mañana de diciembre un centenar de mujeres de distintos cantones de El Salvador llega a la casa para sumarse al festejo.–Tenía 17 años cuando tuvimos que huir del cantón de San Felipe, huimos y llegamos aquí, nos dieron refugio y dormíamos en el suelo. Fue muy triste dejar todo, no dejamos nada. Uno va cabalgando con las penas y aquí nos consolamos con todos –dice Faustina Sánchez. –El avión andaba bombardeando, después pasaron los vecinos diciendo que nos fuéramos y corrimos. Sólo recuerdo correr en el monte, luego cruzar el río Lempa, luego llegar a Honduras. Aquí nos encontramos con otros como nosotros que sufrimos la violencia del ejército, aquí aprendimos a estar siempre en la lucha –dice Otilia López.–Mi esposo fue asesinado el 5 de abril de 1980, lo enterramos en nuestra casa, luego nos fuimos para salvar nuestra vida, yo con mis siete hijos. Así nos unimos a Co-Madres, buscando la vida que nos habían quitado –dice María Elsa Barias.Lucy y Rosita Portillo, de la junta directiva, quienes cuidan y gestionan la casa, organizan una fila para repartir comida entre las asistentes; un día antes fueron al cantón de Santa Martha para repartir juguetes entre los niños, romper piñatas, compartir comida. Hoy, después de los acuerdos de paz de 1992, pero aún con un país sumido en violencia y pobreza, la organización subsiste con la cooperación de sus mismas integrantes, ya sea de uno o dos dólares al mes.También llegan al festejo algunos integrantes del Comité de Ex-presos y Presas Políticos de El Salvador, algunas representantes del Bloque de Búsqueda, una organización de familiares que buscan a sus amores desaparecidos durante los años de violencia de pandillas y policial, entre 2011 y 2022. Llega prensa y un sacerdote a bendecir a las mujeres. Es un festejo humilde, como lo han sido ellas en sus 50 años de lucha, y sin rimbombancias, en medio de un contexto que silencia la lucha social.La relación entre el gobierno de Nayib Bukele y las Co-Madres es respetuosa, por el valor histórico de su lucha, pero distante. “Co-Madres ha sido fiel a su filosofía de que nunca van a negociar con ningún gobierno los principios que tienen sobre los derechos humanos, están sobreviviendo, pero lo hicieron igual durante el conflicto armado y durante la guerra fueron bombardeadas”, dice Heider Tun Tun. A mediodía y después de la misa, las integrantes de la junta directiva y el equipo de trabajo, Lucy, Vilma, Rosita, Memita, Marquitos, Marinita, Arely (se llaman así, en diminutivos porque se conocen desde niñas) parten un pastel y soplan las velitas por su cumpleaños. Luego Lucy hace una mención a las madres fundadoras y a todas quienes a lo largo de estos años han sido parte de la organización. Las compañeras aplauden, vitorean. Alrededor hay mujeres mayores, algunas con niños. Pocos hombres. Entre las porras y los aplausos, la mirada de Lucy se extravía. Es difícil sostener la lucha en tiempos de constante y sistemática negación de derechos y libertades básicas de la población, sin reservas ni relevos en el horizonte. “Vemos algunas esperanzas de que se incorporen jóvenes de sectores medios, universitarios, pero no hay condiciones y se nos está pasando el tiempo”, dice Juan Carlos Sánchez, defensor de derechos humanos y aliado de las Co-Madres. Los jóvenes tienen sus propios problemas y reivindicaciones actuales, entre el desempleo, la pobreza, la violencia y la migración. Según el Informe sobre Desarrollo Humano El Salvador 2018 ¡Soy Joven! ¿Y ahora qué?, los jóvenes de este país –52 por ciento de ellos no tiene empleo ni ocupación– “se encuentran atrapados en dinámicas de violencia que limitan su bienestar y las destacan como víctimas y victimarios”. “La lucha ha cambiado mucho de aquella época. En ese conflicto había ruido con balas y bombas y ametralladoras, pero ahora estamos con un enemigo silencioso lo cual es más peligroso, porque uno no sabe de dónde va a venir el riesgo, o sea con quién va a platicar, qué va a hacer y qué no puede hacer. Entonces la situación, la dificultad, no deja de estar, vaya”, dice Lucy.El archivo y la memoria de Co-MadresEn estos momentos de conmemoración, el horizonte de las Co-Madres es la memoria. A lo largo de estos años han construido un archivo, un fondo documental único en El Salvador y Centroamérica. Un archivo que se hizo de manera intuitiva cuando las personas se acercaban a contar su experiencia y las madres, las mujeres, escuchaban tratando de ayudar y dar soporte emocional. “Co-Madres ha sido consistente con su historia y filosofía y eso le ha generado trabajar en esa adversidad. Además de que su legado no ha sido tan reconocido en otros lugares porque la mirada sobre ellas y sobre este país es muy injusta y violenta. Ellas son guardianas de su memoria histórica”, dice Heider Tun Tun.Ese archivo, compuesto por hojas sueltas, cuadernos, fotografías, videos, casetes de audio, está almacenado en cajas de cartón en la casa. Ahí permanecen las listas de medicinas que necesitaban los presos políticos, cartas de un hijo a una madre, fotografías que evidencian las masacres, hay recortes de periódico que narran el caminar de las integrantes.Carolina Arce, historiadora que, con ayuda de una organización europea trabajó para catalogar y resguardar, explica que todo ese registro fue hecho “a las volandas” durante el conflicto y después de los acuerdos de paz se sistematizó en fichas. “Esto es lo que hace necesario y único a este archivo, un archivo que está hecho desde las víctimas”. La historia que escribieron estas mujeres en pedazos de servilletas, en rollitos de papel arroz que sacaban a escondidas de las cárceles con la denuncia de los presos políticos, es el registro de la violación sistemática de los derechos de ellas y sus pueblos. Este archivo es una voz del conflicto que aguarda en estas cajas, el momento para hablar y decir algo, en estos años de violencia en democracia.GSC/ATJ



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