Europa está destruyendo bosques y anegando campos para recuperar los humedales que sellan el carbono del continente
Bélgica inicia trabajos que revierten años de drenaje agrícola con la idea de devolver el agua a antiguos humedales y reducir el dióxido de carbono liberado por las turberas secas del país
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El margen de maniobra frente a un problema ambiental depende del lugar donde se actúa y de cómo funciona ese espacio. No todos los suelos responden igual ni todos los paisajes admiten la misma receta, porque las condiciones físicas imponen límites claros. El cambio climático obliga a asumir que no existe una respuesta válida para todo el territorio y que aplicar una única medida puede fallar fuera de su contexto. Por eso gana peso una forma de actuar que parte del terreno concreto y no de una consigna general. Ese enfoque exige decisiones incómodas cuando el diagnóstico choca con ideas muy arraigadas.
Bélgica ha puesto en marcha proyectos que revierten décadas de drenaje agrícola para recuperar humedales y frenar emisiones de dióxido de carbono. La actuación se centra en volver a inundar campos que ocultaban turberas secas, responsables de una liberación continuada de gases de efecto invernadero. El objetivo no pasa por transformar el paisaje, sino por detener una pérdida climática activa asociada al uso del suelo.
Las obras en Black Creek devuelven el agua a un terreno agotado
Hace un siglo, cerca del 20% de Europa estaba cubierto por humedales. La expansión agrícola, la ganadería y el crecimiento urbano redujeron esa superficie hasta provocar la desaparición de alrededor del 80% de esas zonas. El drenaje convirtió antiguos espacios inundables en campos productivos, pero también eliminó sistemas naturales que retenían agua y carbono. Esa transformación alteró el equilibrio hídrico y abrió una fuente de emisiones que sigue operativa.
En el valle de Black Creek, una zona agrícola más del paisaje europeo hasta hace poco, las obras buscan cerrar zanjas y bloquear desagües para permitir que el agua vuelva al suelo. La maquinaria pesada actúa sobre canales excavados hace décadas y modifica pendientes para recuperar un nivel freático alto. Bajo esos campos existen turberas que solo funcionan como reservorio de carbono cuando permanecen saturadas de agua. La restauración requiere intervenir sobre infraestructuras agrícolas que definieron el uso del terreno durante generaciones.
Una de las decisiones más controvertidas del proceso es la eliminación de árboles. En estas áreas, la masa forestal no forma parte del ecosistema original de la turbera y sus raíces extraen humedad del suelo. Mantenerlos dificulta que el terreno vuelva a inundarse y prolonga la degradación del sustrato orgánico. La restauración implica retirar esa vegetación y asumir un mantenimiento prolongado para evitar que vuelva a crecer mientras sube el nivel del agua.
Las turberas demuestran su valor como grandes reservas de carbono
Las turberas ocupan alrededor del 3% de la superficie terrestre, pero almacenan más carbono que todos los bosques del mundo juntos. Cuando se secan, el oxígeno activa microorganismos que liberan CO₂ acumulado durante miles de años. En Black Creek, algunas capas de turba tienen hasta 14.000 años de antigüedad. Cada periodo de sequedad convierte ese depósito en una fuente de emisiones continuas.
La recuperación del humedal no es inmediata y exige años de control del nivel del agua y de la vegetación. Aun así, los primeros efectos ya son visibles, con el regreso de especies propias de zonas inundadas y la reaparición de aves ausentes durante décadas. También se han detectado castores que refuerzan el sistema con presas naturales. De esta manera, el proceso avanza como una corrección del uso del suelo que prioriza la función climática del terreno sobre su aprovechamiento agrícola.