No se haga daño intentando encajar
La percepción del paso del tiempo varía con la edad. En la infancia predigital, todo lo que se necesitaba para hacer amigos era la proximidad territorial y las ganas de jugar. No existía una planificación basada en agendas, pero sí un sentido genuino de descubrimiento, tanto de las cosas como de los sentimientos. La adultez, me temo, comienza cuando el arte del asombro se transforma en una expresión formal de cumplimiento y deja de ser un ejercicio sincero de conocimiento.
Los amigos de entonces también transitan caminos imprevistos y, de repente, ya somos un poco mayores. Vivimos en países distintos; algunos están casados, otros solteros, la mayoría divorciados y, en resumen, eso es asunto de cada quien y no le concierne a nadie más. Sin embargo, la sociedad ama las etiquetas tanto como ama las cajas. Por eso, coloca rótulos en cada situación, persona o cosa: se siente incómoda frente a aquello que no puede reducir a una simple homologación.
Michael Stipe, vocalista del grupo R.E.M., dijo alguna vez que los rótulos son para los alimentos, y razón no le falta. No se puede reducir a un ser humano a un estereotipo, aunque algunos miembros de la especie se esfuercen notablemente por convertirse en uno.
En este punto del artículo podría decirle algo cursi –quizá lo haga–, pero lo que realmente quiero es ofrecerle perspectiva. No existen los “progres” ni los “conservadores” como categorías esenciales; esas pegatinas funcionan más bien como herramientas de descalificación y constructos facilistas.
Todos somos hijos de un tiempo y de una cultura. Hubo épocas en las que era legal ser dueño de otra persona; la esclavitud llegó incluso a contar con justificación bíblica para sus defensores. Las leyes raciales de Núremberg de 1935, en Alemania, legitimaron la discriminación contra judíos y otros grupos minoritarios.
Muchos de los actuales líderes que hoy se autodenominan tradicionalistas pagarían millones por aparecer en una fotografía junto a Barack Obama y presumir de ello. Los ejemplos de las incongruencias históricas llenarían bibliotecas enteras. Por eso, los cambios culturales deben leerse en escalas de siglos y la historia debe revisarse con frecuencia.
Una persona es mucho más que la suma de sus partes. No es un color, un rasgo de personalidad, una estatura, una carencia o un exceso. Al final, las expectativas sociales son alienantes y externas al ser; no le son intrínsecas.
Si no lo necesita, no se inyecte medicamentos para diabéticos solo para sentirse deseada o deseado. No busque la aceptación de todos los habitantes del país: eso es absurdo. Ni siquiera pretenda agradarse todos los días. No se haga daño.
Desde Demócrito, comenzó a hablarse de un concepto filosófico particular: los qualia, es decir, las experiencias únicas, intransferibles e inefables de la percepción y de las emociones. En la escuela de filosofía solía usarse un ejemplo clásico: la rojez de una manzana. Dos personas no la perciben de la misma manera, aunque se trate de la misma fruta.
Cuando se experimenta una pérdida (la muerte de un ser querido, una ruptura amorosa, entre otras), lo que una persona siente no es algo que otra pueda aprehender plenamente. Ese dolor es incomunicable, por más empatía que exista. Eso es un quale (en singular). Cuando una canción, un libro, una película u otra obra de arte logra aproximarse con mayor profundidad a esa experiencia singular, aumenta su posibilidad de resonar y de ser significativa, porque interpela la autenticidad de lo vivido.
Independientemente del nivel de escolaridad, existe un conocimiento instintivo: se reconoce cuándo un argumento o una persona no se presentan de manera genuina. Podemos fingir que aceptamos un discurso, pero nuestro sistema inmunitario social lo rechaza.
Gracias por haber acompañado esta lectura hasta aquí. Y ahora sí, lo cursi: aléjese de quien no lo quiere; en la medida de lo posible, no devuelva los golpes; pero, sobre todo, no se haga daño.
jaimerobletog@gmail.com
Jaime Robleto es doctor en Derecho y máster en Derecho Penal.