En México —ese país donde conviven pirámides ancestrales, sectas modernas, realidades paralelas y una tradición espiritual que nunca termina de irse— ciertos nombres siguen siendo objeto de estudio y fascinación. Uno de ellos es el de Bárbara Guerrero, mejor conocida como Pachita.Tal vez has escuchado de ella: la mujer que aseguraba operar cuerpos humanos guiada por el espíritu del tlatoani Cuauhtémoc. Para algunos fue una curandera; para otros, una impostora. Lo cierto es que su nombre aparece una y otra vez cuando se habla de “cirugías psíquicas”, un fenómeno que ha sido cuestionado, desacreditado y, aun así, nunca del todo explicado.Su historia camina entre el folclor, el esoterismo, los testimonios de quienes la vieron trabajar y los intentos —fallidos— de la ciencia por ponerle una etiqueta clara. ¿Cómo logró atraer a científicos, intelectuales, políticos y curiosos de élite? ¿Qué hizo que sus supuestas cirugías siguieran generando debate décadas después de su muerte?A continuación te explicamos el contexto, los hechos y las fracturas que convirtieron a Pachita en un mito imposible de ignorar.Origen de una chamana: un México que buscaba espiritualidad en medio de la revoluciónPachita nació en 1900, en Parral, Chihuahua, una región marcada por la pobreza y la inestabilidad política. Abandonada desde niña, creció con Charles, un hombre de ascendencia africana que le enseñó astrología, herbolaria y observación del cielo nocturno. Para muchos antropólogos, esa figura formativa la colocó dentro del linaje afro-mexicano de curanderos que combinaban técnicas africanas con prácticas indígenas.Más tarde, según los archivos del neurofisiólogo Jacobo Grinberg, Pachita se unió a la tropa de Francisco Villa como ayudante, cocinera y aprendiz de curandera. No hay documentos que lo confirmen de manera oficial, pero los relatos de quienes la conocieron sostienen que su vínculo con Villa la marcó: vio heridas, amputaciones y muertes que la obligaron a interactuar con el cuerpo humano desde muy joven.Después de la Revolución, Pachita sobrevivió cantando en camiones, trabajando en cabarets y haciendo curaciones menores con plantas. Durante esos años, según Grinberg, desarrolló una sensibilidad “extracorpórea”: sueños premonitorios, trances espontáneos y la sensación persistente de comunicarse con presencias invisibles.Las condiciones estaban dadas: un país convulso, una mujer sin tierra y una sociedad que buscaba respuestas en el misticismo. México estaba listo para escucharla.La llegada a la Ciudad de México: Casa de las Brujas, epicentro del misterioA finales de los años 40, Pachita se mudó a la capital. Para los 60, ya atendía consultas en pequeños cuartos, pero fue en los años 70 cuando su nombre explotó. Su consulta se realizó en una de las construcciones más inquietantes de la colonia Roma: la Casa de las Brujas.Este edificio art nouveau, ubicado en Plaza Río de Janeiro 56, Roma Norte, en la alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México, ya arrastraba décadas de mitología urbana marcadas por suicidios, rituales, presencias y leyendas.El lugar importaba: la Roma de los 70 era un nodo donde convivían intelectuales, artistas, ocultistas, miembros del gobierno y buscadores espirituales. Ahí nacieron sectas, encuentros esotéricos y experimentos chamánicos.Pachita se insertó perfectamente en esa atmósfera.Quienes la visitaban eran campesinos, familias enteras, estudiantes universitarios… pero también empresarios, diplomáticos y políticos. No hay registros oficiales, pero entre sus visitantes se rumora la presencia de figuras del gobierno de Echeverría y López Portillo. Ella nunca lo negó ni lo confirmó.Cirugías imposibles: el cuchillo, las velas y el famoso “Hermanito”Este es el punto donde su historia se vuelve densa. Pachita realizó lo que llamó “cirugías psíquicas”, un fenómeno que también se reportó en Filipinas y Brasil, pero que en México adoptó un tinte propio.Así se realizaban, según testigos:Una habitación casi a oscuras, iluminada por dos velas porque, decía, las luces fuertes “quemaban los órganos recién materializados”.Un cuchillo oxidado, heredado (según ella) de tiempos prehispánicos. No esterilizado, no reemplazado.El trance. Se sentaba, cerraba los ojos y escuchaba un zumbido agudo —un fenómeno que Grinberg relacionó con técnicas sufíes e hinduistas como el shabd. En ese estado, Pachita aseguraba que su cuerpo era ocupado por Cuauhtémoc, a quien llamaba Hermanito.La operación. Afirmaba abrir el cuerpo, sacar órganos dañados y reemplazarlos por otros “nuevos” que aparecían en la oscuridad. Los pacientes decían no sentir dolor.El cierre sin sutura. Pachita pasaba las manos y la herida se “cerraba”, dejando apenas una marca rojiza.El tratamiento. Cada paciente debía beber infusiones específicas. Al cuarto día, según ella, podían retomar la vida normal.Ninguna de estas afirmaciones fue validada científicamente, pero cientos de testigos sostienen haber visto algo que desafiaba su entendimiento.Jacobo Grinberg: el científico que arriesgó su carrera por estudiar lo inexplicableGrinbergllegó a la vida de Pachita en 1975, cuando era profesor en la UNAM. En ese tiempo estudiaba percepción, neuropsicología y estados alterados de conciencia. Pachita, para él, no era un tema de fe: era un fenómeno de estudio.Durante meses, asistió a sus sesiones, tomó notas de campo, grabó audios, midió pulsos, temperatura y reacciones neurológicas de los pacientes. Intentó reproducir susestados de trance en laboratorio.Su conclusión fue radical: Pachita no simulaba. Lo que veía no tenía explicación dentro de la neurofisiología clásica.Esto lo llevó a formular suTeoría Sintérgica, una propuesta para explicar que la conciencia humana puede modificar la estructura del espacio-tiempo y generar fenómenos “informacionales”, como materialización o sanación.Grinberg planteó que estos procesos no podían entenderse desde la biología clásica, por lo que recurrió a modelos conceptuales cercanos a la física cuántica —no como prueba empírica, sino como marco teórico— para explorar la relación entre mente, percepción y realidad.La comunidad científica lo rechazó.Pero Grinberg insistió: si Pachita podía operar, debía haber una estructura cuántica detrás.La desaparición de Grinberg: el capítulo que transforma la leyenda en conspiraciónEn diciembre de 1994, Jacobo Grinberg desapareció. No dejó nota, no hizo llamadas, no tomó dinero. Simplemente dejó de existir.La investigación oficial nunca encontró nada.Las teorías:Fue víctima de una red criminal vinculada a intereses económicos y políticos.Fue secuestrado por agencias de inteligencia —incluida la CIA— interesadas en el alcance de su trabajo y sus investigaciones.Decidió ocultarse para evitar conflictos con instituciones científicas y gubernamentales.Otra línea apunta a su entorno más cercano: su esposa, Teresa, habría conocido detalles clave sobre su desaparición y su posible decisión de alejarse voluntariamente.Y, finalmente, la más mística: que no murió, sino que trascendió, una idea alimentada por quienes creen que su trabajo lo llevó a cruzar límites aún incomprendidos.Lo único claro es que desapareció justo cuando buscaba demostrar científicamente fenómenos como los de Pachita.Desde entonces, a más de tres décadas de su desaparición, su caso continúa siendo citado en ámbitos académicos y culturales como un expediente inconcluso. La falta de una resolución institucional ha mantenido abierto el debate sobre su trabajo y su ausencia.Ese carácter inacabado volvió a colocarse en el centro de la discusión pública cuando la presidenta Claudia Sheinbaum señaló que podría revisarse si la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación cuenta con elementos para retomar el caso desde una perspectiva académica.La referencia no implicó una reapertura formal, sino el reconocimiento de que se trata de un caso sin cierre definitivo.Alejandro Jodorowsky entra en escena: la psicomagia como lectura simbólicaJodorowsky, escritor, cineasta y referente del surrealismo latinoamericano, también acudió con Pachita.Según su propio testimonio, ella le realizó una “operación hepática”, experiencia que, con los años, él mismo describió como un punto de quiebre en su manera de entender la sanación y el vínculo entre mente y cuerpo.A partir de ese encuentro —y de otras experiencias con tradiciones chamánicas— desarrollaría la psicomagia, un enfoque que combina psicodrama, rituales simbólicos y actos performativos orientados a desbloquear conflictos emocionales, en diálogo con nociones del inconsciente trabajadas por el psicoanálisis y la psicología profunda, aunque fuera de cualquier marco clínico o científico formal.La conexión con Pachita es evidente:Ambos partían de la idea de que el cuerpo puede responder a actos simbólicos.La diferencia es que Jodorowsky nombró, sistematizó y teorizó estas prácticas, llevándolas al terreno del arte, el teatro terapéutico y la reflexión pública.Pachita, en cambio, operaba desde la intuición, la tradición oral y un contexto ritual que nunca buscó validación académica.El México místico de los 70: cuando lo oculto era parte de la vida cotidianaPero para entender a Pachita, hay que entender el México que la abrazó:Pos-68: desconfianza en instituciones, auge espiritualista.Nueva Era temprana: tarot, meditación, yoga, esoterismo.Movimientos neoindigenistas: búsqueda de raíces prehispánicas.Ocultismo urbano: fenómenos como La Moira, “los Hermanos Mayores”, contactados, médiums.Pachita no era un caso aislado: era parte de una ola donde México intentaba unir lo ancestral con la modernidad.Pero ese mismo contexto que permitió su auge también sembró las dudas. A medida que su fama crecía, la mirada científica comenzó a posarse sobre su trabajo con una pregunta: ¿qué había realmente detrás de sus cirugías?¿Qué dice la ciencia? El choque entre fe y evidenciaPara la medicina contemporánea, la cirugía psíquica es considerada pseudociencia. La comunidad internacional sostiene que los casos en Brasil, Filipinas y México pueden explicarse por:Técnicas de ilusionismo.Estados de sugestión colectiva.Efectos psicosomáticos.Placebo y disociación.Manipulación de vísceras de animales en oscuridad, en algunos casos.Ningún estudio médico formal ha demostrado regeneración de órganos ni extracción real sin anestesia o sutura.Sin embargo, algo desconcertaba a los médicos que la observaron: no había hemorragias. Ese detalle sigue siendo un punto ciego para los escépticos.La muerte de Pachita y lo que quedó despuésPachita murió en la Ciudad de México el 29 de abril de 1979. Tenía 79 años. Sus últimos años los vivió atendida por alumnos y seguidores que mantuvieron su consulta activa hasta poco antes de su muerte.¿Dejó herederos? Sí y no.Hay curanderos que dicen haber recibido su “linaje”, pero ninguno ha replicado su fama. Sus cuadernos, infusiones y anotaciones fueron dispersados entre familiares y discípulos.Las cintas y notas de Grinberg fueron archivadas… y algunas desaparecieron.Con el paso del tiempo, la figura de Pachita no solo se mitificó: también comenzó a fragmentarse. Desde su propia familia surgieron voces que cuestionaron la forma en que su historia fue narrada y reinterpretada.Una de ellas es la de su nieta, Liliana Ugalde, quien ha señalado que parte del conocimiento asociado a la medicina ancestral se encuentra hoy en riesgo, tanto por la sobreexposición como por la improvisación de prácticas sin formación ni contexto.En sus intervenciones públicas, ha insistido en que no todo lo atribuido a Pachita corresponde fielmente a lo que ella hacía, y que muchas lecturas posteriores simplificaron o exageraron su trabajo.Estas posturas no niegan el fenómeno, pero introducen un elemento clave: la historia de Pachita quedó atravesada por versiones múltiples, incompletas y, en algunos casos, contradictorias.Entonces… ¿Qué queda hoy de Pachita?Aunque la ciencia rechaza sus métodos, hoy existen grupos que realizan prácticas inspiradas en ella:Meditaciones basadas en el zumbidoRituales de “cirugía energética”,Herbolaria con simbología prehispánica,Colectivas de mujeres que la nombran como referente espiritual.Para muchas personas, Pachita sigue viva como un símbolo de resistencia al pensamiento único. Para otras, es un caso de manipulación emocional. Para investigadores como Grinberg, representó la posibilidad de una ciencia expandida.Para México, es uno de los personajes que explican por qué este país sigue siendo territorio fértil para lo inexplicable.Y, aunque nada de lo que se le atribuye pudo verificarse plenamente —las cirugías psíquicas no se reprodujeron, su voz no quedó registrada y su técnica nunca fue sistematizada—, su nombre sigue presente, reapareciendo una y otra vez en el mapa simbólico del país, como una vela encendida sobre un cuchillo antiguo: ilumina lo que la razón se niega a tocar.