Kissinger apoya la democratización de España
A las 12:24 del 24 de enero de 1976 tomó tierra en el aeropuerto de Barajas el Boeing 707 de la presidencia de Estados Unidos. Transportaba a su secretario de Estado, Henry Kissinger. El norteamericano había nacido alemán y judío. Su familia huyó al país de las oportunidades y él las tuvo. Se doctoró en Harvard y lo fichó Richard Nixon. A partir de entonces, ese defensor del realismo político se convirtió en el arquitecto de la visión exterior estadounidense. Atesoraba grandes éxitos, como la apertura a China y la diplomacia en la guerra de Vietnam, lo que le consiguió el Premio Nobel de la Paz en 1973. Ese año, el presidente republicano Gerald Ford le encargó las relaciones exteriores de su país.
Al pie de la escalerilla del avión esperaba José María de Areilza, su colega español. El ministro de [[LINK:TAG|||tag|||63361ba41e757a32c790c7f3|||Juan Carlos I ]]era un hombre culto y afable, que había sido embajador en EE UU entre 1954 y 1960. Tras las sonrisas y los saludos protocolarios, Kissinger dijo a lo que venía. Quería verificar si la nueva España tras la muerte de Franco estaba en condiciones de ir con paso firme a la democracia y así acercarse a la OTAN y a la Comunidad Europea.
Kissinger vino a examinar la situación española para comprobar si transmitía la confianza suficiente como para mantener las bases militares de Rota, Torrejón, Morón y Zaragoza. Washington quería apuntalar el enclave geoestratégico español en plena Guerra Fría, con un Mediterráneo y Oriente Medio muy inestables. El miedo era la «portugalización» de España; esto es, que aquí ocurriera lo mismo que en el vecino ibérico, donde la influencia comunista había enturbiado la transición a la democracia.
La primera parada del norteamericano fue el Palacio de la Zarzuela. La visita debía mostrar cordialidad, por lo que Kissinger almorzó con los Reyes de España. Luego, en un apartado, habló con Juan Carlos. El español tenía la entrevista muy preparada con Areilza y Manuel Fraga, que había sido embajador en Londres y que exhibía por aquellos días un plan de democratización del país. El encuentro fue satisfactorio para Kissinger. El Rey tenía las ideas claras, aunque, según informó luego el estadounidense, le generó dudas sobre si tendría los «nervios de acero» para manejar la situación. Aun así, consideró que era la «mejor esperanza para la evolución democrática con estabilidad». Por la tarde llegó la firma del Tratado de Amistad y Cooperación. EE UU aseguró la presencia militar en suelo español. A cambio acordó dar 1.200 millones de dólares para la modernización del Ejército español, que era un modo de sacarlo del franquismo, y dar el aprobado a la transición española a la democracia.
Demostrar fortaleza
Al norteamericano le quedaba examinar a los dos hombres que entonces parecía que iban a dirigir el cambio: Areilza y Fraga. Este último explicó su plan, que contenía la construcción del sistema en torno a cuatro partidos: uno que recogiera a los franquistas, otro liberal-conservador dirigido por ellos dos, un tercero demócrata cristiano, muy cercano a la socialdemocracia como era Joaquín Ruiz Giménez, y toda la izquierda reunida en un solo partido: el PSOE. El PCE quedaría fuera. Esto último tranquilizó a Kissinger, que no quería injerencias de la URSS ni un elemento desestabilizador. Por el momento no era necesario incluir al partido de Santiago Carrillo, que hablaba de ruptura revolucionaria y república, dijo Kissinger, pero quizá podría ser cuando pasaran unos años. «Si yo fuese el rey –confesó–, no lo haría. Demostrarían su fortaleza al no hacerlo».
El ritmo de los cambios hacia la libertad debía marcarlo el Gobierno, apuntó el norteamericano, sin perder la fortaleza del Estado. Mantener la autoridad era imprescindible para evitar que España acabara como Portugal, con violencia descontrolada. La reunión concluyó con una frase difícil de creer: «Quiero que sepan que no estarán bajo la presión de los Estados Unidos». Areilza declaró complacido a la prensa que era un «excelente regalo a la monarquía».
La visita de Kissinger en enero de 1976 fue un ejercicio de realismo político, aunque no plenamente acertado. El estadounidense renovó la presencia militar de su país en España, al tiempo que con el tratado elevaba la confianza internacional en Juan Carlos I en su transición a la democracia. No obstante, Kissinger no acertó en su placet al gobierno de Arias Navarro, en su apoyo al plan de Fraga y Areilza, y en su idea de una democracia que no fuera totalmente plural. Su idea era que España tuviera una transición sin rupturas traumáticas ni caídas en el inmovilismo. Y eso sí ocurrió.