De volar a Miami para ir al «grocery» a la cola del racionamiento en 25 años
En los últimos años, en Venezuela se han arrasado 600 campos de fútbol al día de selva, según el Observatorio Venezolano Clima 21. A ese ritmo voraz se ha deteriorado todo el país, empezando por la industria petrolera, que acumula decenas de derrames mensuales desde hace años.
En 1999, cuando Hugo Chávez asumió el cargo, la inflación en Venezuela era del 20%, la segunda más alta de Suramérica. Para 2000, cayó al 13,4% gracias a la política de limitación de la oferta petrolera, que supuso la subida de los precios de los hidrocarburos.
Esta alza permitió a Chávez limitar su déficit presupuestario a menos de 3% del PIB. También facilitó al Banco Central de Venezuela mantener su política de limitado deslizamiento cambiario. El bolívar se depreció un 15% respecto del dólar en el año, lo que hizo posible, junto con la caída de la demanda, sostener el proceso de desaceleración inflacionaria.
Los mayores ingresos petroleros y la deprimida demanda de importaciones produjeron, además, un abultado superávit comercial, así como un saldo favorable en la cuenta corriente del balance de pagos de más de 5% del PIB.
Por entonces, todavía costaba más el litro de agua embotellada que el de combustible, pero los cambistas ya hacían su agosto, porque nadie quería bolívares, que se deterioraban como papel de fumar, en la búsqueda del refugio del dólar y el euro.
Ajeno a todo, Chávez se fundió los años dorados del barril a 100 dólares en sus alianzas bolivarianas y estatalizó todo lo que quiso, destruyendo la poca confianza empresarial en sus luchas con los empresarios, contra Fedecámaras y los «escuálidos», la clase media acomodada.
Pero entre 2014 y 2015, ya con Maduro, el precio del barril de la Opep, en el que está el Merey venezolano, pasó de 96 dólares a solo 49,5.
Por entonces, las rentas del petróleo representaban el 11,4% del PIB, la mitad que en 2005 (30,9% del PIB), según el Banco Mundial. El mayor activo de Venezuela, a pesar de su menor incidencia, valía la mitad.
En 2016, el crudo Opep tocó suelo en 40,76 dólares y comenzó la época de la «hiperinflación» que trajo más de un lustro de penurias.
En 2017, la inflación anual alcanzó el 862%, según el Banco Central, y en 2018 cerró con una tasa de 130.060%, provocando un éxodo masivo.
La clase media venezolana pasó de ir a hacer la compra a Miami a las colas del racionamiento.
Desde entonces, con los precios del barril en los 64 dólares de 2019 y los 41,47 dólares de 2020, la economía venezolana no ha hecho más que deteriorarse. De hecho, en 2020 la inflación anual fue 2.968,8% y, según el mismo BCV, 2021 cerró con el 686,4%.
A la caída de precios se unieron las sanciones y la espantada de inversiones a consecuencia de la deriva del régimen. Venezuela, que llegó a producir 3,2 millones de barriles diarios en 1997, sufrió un retroceso récord que la llevó hasta cotas de 1934 (con un suelo de 392.000 bpd en julio de 2019).
La industria petrolera, el monocultivo, se desmoronó y el país se fue al carajo.
El FMI proyectó un 548% de aumento de precios para 2025 y un 629% para 2026. Eso implica que los precios suban todos los días, incluso varias veces.
Con el país peleando por salir de los listados en los que figura con Sudán y Zimbabue –también en violencia–, el alza petrolera fue como encontrar un solo paracaídas en un avión cargado con 28 millones de pasajeros.
La realidad es que el chavismo batió con creces el récord del castrismo: destruyó un país sumiéndolo en apagones y cartillas y colas en la mitad de tiempo y con el recurso del petróleo a su favor.