¡Groenlandia es española!
El éxito de la operación de captura de Maduro por parte de Estados Unidos ha desatado al siempre histriónico Trump, que se camufla bajo el disfraz de imprevisibilidad para ganar ventaja ante sus adversarios. Ahora, henchido de gloria, ha vuelto con la cantinela de Groenlandia, una de sus obsesiones.
Apenas unas horas después de «extraer» al tirano y de dejar claro que quiere teledirigir la industria petrolera venezolana, una imagen de la isla danesa pintada con las barras y estrellas ha encendido las alarmas en Europa, que incluso prepara respuestas por si a Trump se le ocurre invadirla, cosa que podríamos hacer casi cualquiera, porque allí solo viven 57.000 personas, con una de las densidades de población más bajas del mundo, con aproximadamente 0,03 habitantes por kilómetro cuadrado. Vamos que, salvo en la capital Nuuk, no se ve a un vivo.
La gente anda preocupada porque, según la maldita proyección de Mercator, parece que EE UU se quiere apropiar de un bloque de hielo del tamaño de África, pero nada más lejos de la realidad porque el continente es 14 veces más grande que la isla.
Al margen de esto, la superficie gélida de unos 2,1 millones de kilómetros cuadrados convierte a Groenlandia en la isla más grande del mundo si se excluye Australia, aunque cerca del 80% de su territorio está helado y resulta inhabitable e improductivo. Por ahora.
Porque el deshielo situará a Groenlandia en el epicentro de todas las disputas. Su enorme potencial en recursos naturales y las codiciadas tierras raras chocan con las duras condiciones de esta Invernalia. El mayor tesoro sea quizá algo más necesario: el agua.
La isla dispone del 6,5% de las reservas de agua dulce del mundo. Sin embargo, a EE UU le sobra agua dulce, así que solo nos queda una causa: su posición estratégica, comercial y militar.
Pero antes que los gringos, somos los españoles los que podríamos reclamar la isla, pues había balleneros vascos asentados por allí previos a los daneses, así como en Terranova e Islandia.
Allí se las vieron con holandeses y con los locales, tanto que hasta 2015 en Islandia se permitía matar españoles.
Pues cuidado, que como Sánchez enarbole el derecho internacional, 57.000 inuits se van al paro. Fijos discontinuos, eso sí.