Sánchez desafía a la ola «antisanchista» del PSOE
El PSOE tiene hoy un problema extra. Su líder, Pedro Sánchez, que preside del Gobierno de España, suscribió ayer un pacto con Oriol Junqueras, a quien recibió en el Palacio de la Moncloa por primera vez para dotar a España de un nuevo modelo de financiación autonómica que implicaría unos 4.700 millones de euros adicionales para la Generalitat. El dirigente de ERC, condenado por el procés que culminó en la intentona separatista de 2017, regresó al carril de la política, algo de lo que en Moncloa siempre se han vanagloriado. Pero el coste para el partido es enorme, según admiten varias fuentes socialistas.
El Partido Socialista asiste con «estupefacción» al «asesinato» de cualquier opción electoral en Aragón, en Castilla y León y en Andalucía, tres comunidades que celebran elecciones este semestre y en las que cualquier cosa que huela a concesión a Cataluña provoca urticaria. Precisamente, será la vicepresidenta primera, ministra de Hacienda y candidata andaluza, María Jesús Montero, quien intente convencer a los españoles de que no hay privilegio alguno en el modelo que Sánchez esbozó con Junqueras; es decir, de que la igualdad sigue siendo la brújula del PSOE porque todas las comunidades podrán beneficiarse del principio de ordinaridad que peleó Cataluña.
Pero todas las fuentes consultadas en el partido admiten que lo tendrá imposible. «El papelón que tienen Montero, Pilar... y el resto es muy difícil», concede una destacada socialista. Otra apunta que el pacto «llega en el peor momento», justo cuando el partido se somete al examen de las urnas en tres autonomías importantes. Lo cierto es que hace meses que se está fraguando en el partido una creciente ola «antisanchista» que el líder está dispuesto a desafiar. Por lo pronto, sus colaboradores más estrechos se burlan de la capacidad de quienes quieren abrir un debate en el PSOE sobre el futuro y sobre el rumbo que debe tomar la organización.
El próximo lunes, el exministro Jordi Sevilla hará público un manifiesto para zarandear a sus compañeros y hacerles ver que el partido no va por buen camino. En verdad, Sánchez está dando cada vez más motivos, lamentan varios socialistas, para que la crítica interna termine siendo pública y estruendosa más allá de la voz discordante –y belicosa– del presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page. El barón toledano también cargó ayer con dureza contra el acuerdo de financiación. Page lamentó que se haya diseñado antes con el independentismo que con el conjunto de las autonomías.
En cualquier caso, en el PSOE saben que es muy difícil que haya 176 diputados (la mayoría absoluta) que voten a favor de este nuevo modelo que quiere reemplazar al actual tras más de una década de retraso. Pero no solo eso, los socialistas también saben que es muy difícil que el Consejo de Política Fiscal y Financiera, donde las comunidades tienen voz, termine validando la propuesta. «Hasta Junqueras tenía cara de saber que es difícil de aprobar», explica un socialista crítico con la dirección. La sensación que atraviesa al partido es que el acuerdo de ayer no deja de ser, en el fondo, una patada hacia delante más, porque el PSOE carece de una mayoría suficiente, así como poder territorial suficiente como abordar la reforma de la financiación.
Es decir, entienden que la cita de ayer forma parte de una escenificación necesaria para Sánchez y también para el propio Junqueras, que fue «rehabilitado» por el líder socialista como interlocutor político legítimo. El presidente ya puede armar un relato político para desactivar la sensación de «fin de ciclo» que se ha apoderado de sus compañeros de partido. La foto en Moncloa le permite trasladar a los españoles que el Ejecutivo cuenta aún con respaldo político pese a los escándalos de corrupción y acoso sexual que han cercado al PSOE y al propio Sánchez.
No obstante, como contó este diario, el cabreo en las federaciones de la España interior no hace más que crecer. Ninguna de ellas quiere pasar por lo que pasó el PSOE de Extremadura el pasado 21 de diciembre. Ningún candidato quiere verse en la obligación de dimitir al día siguiente si excava el suelo del partido aún más profundo, como hizo el extremeño Miguel Ángel Gallardo, que se dejó diez escaños.
A todo esto hay que sumar el creciente malestar de las feministas del partido. Más de medio centenar de ellas remitieron el miércoles un duro manifiesto en el que advirtieron a Sánchez de que desde el 40 congreso del partido, el movimiento feminista ha pasado de liderar a ser mero espectador, casi un incómodo compañero de viaje. El documento es, en definitivo, un serio tirón de orejas al secretario general y a la dirección en su conjunto, a la que recuerdan que, si el PSOE pierde la confianza de las mujeres, perderá el «voto diferencial» que le permitió armar grandes mayorías en el pasado.
Por eso, las firmantes exigen a Sánchez que convoque la conferencia de igualdad en Ferraz para robustecer la estrategia feminista del partido, con la credibilidad por los suelos tras la eclosión del «caso Salazar» y la gestión del resto de casos de presunto acoso sexual. Cabe reseñar que las mujeres son la mitad del censo electoral español. La ola «antisanchista» va cogiendo altura poco a poco. Pero Sánchez hace oídos sordos. El líder, que admite que hay cargos y cuadros intermedios molestos con su gestión y con la situación en la que se encuentra el partido a nivel nacional, se parapeta en la militancia.
Sánchez repite cada vez que tiene ocasión que los afiliados están con él. Por eso, anima a cualquiera que quiera retarle y moverle a la silla, a trabajarse el respaldo de los socialistas. La lógica del presidente es que las inquietudes de los cargos medios no son las de la militancia de base. Pero hay más. Sánchez cuenta con que los afiliados son la muestra radical del socialismo en la sociedad. Pero estos, advierten importantes dirigentes socialistas, no son una muestra representativa, en absoluto, de cómo son los votantes socialistas sin carné.
El lamento de buena parte del PSOE es ver cómo desde que Sánchez lleva las riendas, los españoles perciben el partido mucho más a la izquierda de lo que se autoubican los españoles. «Durante muchos años, el PSOE estuvo situado allí donde se ubica la mayoría de los españoles. Pero ya no es así. Y eso es lo preocupante», explica un secretario de organización autonómico. La duda de todos es cuánto durará la travesía por el desierto cuando la etapa de poder termine.