Tecnología sin pudor en la era Trump
El año que acaba de concluir, al menos en lo tecnológico, dejó menos espacio a sorpresas y constató tendencias que ya se insinuaban con fuerza. Inteligencia artificial (IA) y política volvieron a cruzarse de manera directa, hasta el punto de desplazar casi cualquier otro debate relevante en el ecosistema digital. Lo que a finales de 2024 parecía una acumulación de señales dispersas terminó por consolidarse en 2025 como un nuevo marco de poder, donde las grandes plataformas ajustaron productos, discursos y principios para «sobrevivir y prosperar» en un entorno marcado por la reelección de Donald Trump y la aceleración sin precedentes de la IA.
Desde el punto de vista tecnológico, el año estuvo dominado por la llegada de los primeros agentes de consumo, herramientas de investigación profunda, el modo IA de Google, las ambiciones de hardware de OpenAI, el despliegue de Sora y propuestas como el navegador Atlas. No fue todo de súbito. Pero estos avances ampliaron el alcance de los modelos de lenguaje y los acercaron a tareas antes reservadas al trabajo humano especializado. En paralelo, la competencia entre los grandes laboratorios de frontera se mantuvo intensa, con cambios frecuentes en los liderazgos de rendimiento y episodios polémicos, como los escándalos en torno a Meta y sus modelos Llama.
Ese dinamismo técnico convivió con un giro contradictorio en las políticas de la industria. Por un lado, varias empresas relajaron restricciones históricas al aceptar contratos con el ejército estadounidense y abandonar compromisos previos de no participar en el desarrollo de armas de guerra. También avanzaron hacia territorios antes considerados marginales, como el contenido adulto, con ejemplos que fueron desde la erotización de asistentes conversacionales hasta la creación de compañeros sexuales basados en IA. Por otro lado, el aumento de evidencias sobre el impacto negativo de los chatbots en la salud mental, especialmente entre adolescentes, forzó la introducción de límites de edad, advertencias y controles parentales.
Todo ello ocurrió bajo la sombra de una nueva administración Trump, cuyo impacto en el sector tecnológico se hizo sentir desde los primeros meses. Meta marcó el tono al modificar sus políticas de moderación y permitir más discursos de odio y deshumanizantes contra grupos minoritarios, desmantelar sus programas de diversidad, equidad e inclusión, y cerrar sistemas que antes frenaban la desinformación. Otras compañías siguieron ese camino con menor estridencia, pero con resultados similares. El mensaje es claro: adaptarse al nuevo clima político tiene menos costos económicos que resistirlo.
Desencantos
La entrada del magnate Elon Musk en la estructura del Gobierno estadounidense, a través del organismo de recorte conocido como DOGE, replicó en el gobierno la lógica de reducción agresiva de costos aplicada previamente en Twitter. Las consecuencias, descritas como devastadoras, reforzaron la percepción de que el enfoque tecnocrático y aceleracionista había ganado espacio en la toma de decisiones públicas. La cercanía entre la Casa Blanca y la derecha tecnológica se reflejó en propuestas que buscan acelerar el desarrollo de la IA, incluso a costa de debilitar intentos regulatorios a nivel estatal.
Aunque a mitad de año se produjo una ruptura pública entre Trump y Musk, el vínculo general entre Silicon Valley y el Presidente se mantuvo en términos positivos, especialmente para Meta. Esto ocurrió pese a la continuidad de procesos antimonopolio contra grandes actores del sector. Meta logró imponerse en los tribunales, mientras Google perdió su caso en tecnología publicitaria, una diferencia que no alteró de inmediato el equilibrio de poder, pero sí abrió la puerta a posibles remedios estructurales.
Para quienes observan el sector desde una perspectiva crítica, el año dejó una sensación de desencanto. La adopción pragmática —y cínica— de Trump por parte de las plataformas no se tradujo en pérdidas significativas de usuarios ni de ingresos.
Incluso, empresas golpeadas por controversias políticas, como Tesla tras los excesos de DOGE, cerraron el período con resultados bursátiles positivos. En ese contexto, el silencio de figuras que antes defendían abiertamente los derechos humanos, optaron por callar, presionadas por amenazas, precariedad laboral y riesgos migratorios. El debate sobre moderación de contenidos, durante años central, es ahora casi anacrónico frente a la ausencia de liderazgo con principios claros.
El año también tuvo espacio para episodios más ligeros, aunque igualmente reveladores. Encuentros inusuales con ejecutivos como Sam Altman, análisis especulativos sobre el futuro de plataformas como Substack y reflexiones sobre productividad ofrecieron respiros narrativos en un panorama cada vez más áspero. A la vez, comenzaron a surgir señales de un cambio más profundo en la protección de menores en línea. La decisión de Australia de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años, pese a sus efectos sobre la libertad de expresión, fue interpretada como un paso casi inevitable ante la incapacidad de las plataformas para proteger a los usuarios más jóvenes de depredadores, extorsiones sexuales y dinámicas tóxicas amplificadas por la IA.
Mirado en retrospectiva, varias de las predicciones formuladas a inicios de 2025 se cumplieron. La llamada guerra cultural en torno a la IA se materializó en órdenes ejecutivas contra lo que se denominó «IA woke» y en intentos de criminalizar críticas algorítmicas al Presidente. La presión por la seguridad infantil alcanzó a los chatbots, forzando nuevas salvaguardas. Google y Apple avanzaron en sistemas de verificación de edad a nivel de dispositivo. La competencia entre grandes compañías de IA se mantuvo viva, aunque empañada por prácticas cuestionables. Productos anunciados con grandes expectativas, como Apple Intelligence o la nueva versión de Alexa, no lograron el impacto prometido. Y Google terminó perdiendo su juicio antimonopolio en publicidad.
Otras previsiones tuvieron resultados mixtos. La prohibición de TikTok se aplicó solo de forma efímera, neutralizada por una decisión presidencial que ignoró al Congreso y a la Corte Suprema. La mejora de los modelos de lenguaje fue sostenida y significativa, aunque sin el salto exponencial que algunos anticipaban. Para sectores como la ingeniería de software, las ganancias de productividad fueron evidentes; para la mayoría de los trabajadores, el impacto resultó más gradual. La llamada era de los agentes decepcionó en el ámbito del consumo, aunque mostró resultados concretos en aplicaciones empresariales. Y la rivalidad entre Bluesky y Threads se diluyó en trayectorias paralelas, lejos del protagonismo que tuvo Twitter en su apogeo.
Lo que trae 2026
En este 2026 las proyecciones apuntan a una continuidad del escenario descrito. La burbuja de la IA no estallaría, aunque sí podría dejar víctimas visibles entre startups y empresas públicas incapaces de competir con los líderes. El impacto más profundo se concentraría en el desarrollo de software, con posibles recortes y redefiniciones laborales, mientras otros sectores experimentarían mejoras incrementales.
En términos de IA, los compañeros virtuales se perfilan como un nuevo foco de controversia cultural. Un ciberataque potenciado por modelos de lenguaje podría catalizar temores largamente advertidos. Y conflictos regulatorios entre Estados Unidos y la Unión Europea volverían a tensar el tablero global.
Así, el año tecnológico no cerró con una promesa de redención ni con un colapso inminente, sino con la consolidación de un escenario donde poder político, intereses corporativos y sistemas algorítmicos avanzan cada vez más entrelazados. Un escenario en el que la pregunta ya no es solo qué puede hacer la tecnología, sino quién decide cómo se usa y a qué costo social.