«Il turco in Italia»: Fotonovela a la turca
Y así fue, aunque echáramos de menos de vez en cuando una mayor claridad de planos y una más apreciable calidad de timbres, bien que el estilo del maestro casar adecuadamente con el discurrir de esta típica comedia de enredo, movediza, rica en «travestimenti» y en equívocos varios. Una buena pieza para un director escénico con cosas que decir; como sin duda lo es el francés Laurent Pelly, de quien hay que recordar su estupenda «La fille du Régiment» de Donizetti. En esta coproducción con las Óperas de Lyon y de Tokio, que traslada –una solución fácil para cualquier regista y para cualquier ópera, como estamos cansados de ver– la acción a los años sesenta o setenta del siglo XX, lo organiza todo en torno al mundo de las fotonovelas románticas.
El telón, con la efigie de dos enamorados, que es una portada de revista italiana de la época, preside la acción en determinados momentos. Hay continuos movimientos, idas y venidas, proyecciones de diálogos, fotos, marcos que suben y bajan para recuadrar y resaltar personajes y acciones. Todo a la velocidad de la luz con el fin de otorgar dinamismo a la escena. Lo que se consigue… hasta cierto punto. No importa la ubicación temporal ni el cambio de lugares, pues no se transgrede realmente nada de lo que sucede en el original. Aunque pueden chocar ciertas acciones por su falta de encaje.
El movimiento, muy ajustado, la dirección de actores y la acentuación corporal jugaron a favor de la anécdota y su discurrir, con escasos puntos muertos y una actuación muy estudiada de cada personaje. Aunque, la verdad, tanto movimiento acabe por fatigar. Pese a lo que podríamos considerar una buena prestación vocal, muy unida a la orquestal. Brilló por encima de todos la soprano lírico-ligera Sara Blanch, una Fiorilla bien vista y actuada; y cantada. A la voz le falta un poco de sustancia en centro y graves, pero en la octava superior espejea, vibra y se mueve con gran soltura y libertad, estupendamente emitida. Ningún problema en la coloratura ni en la zona aguda y sobreaguda. Muy justamente aplaudida.
Bien, con satinado timbre de mezzo lírica, Paola Gardina como Zaida. Alex Esposito, bajo-barítono de penumbroso timbre y vibrato algo excesivo, pero buen caricato y resuelto fraseador, hizo un Selim más que cumplidor, con algún que otro indeseado cambio de color en la zona alta. Muy bien actuado y dicho, con timbre un tanto desleído el bajo Misha Kiria, que dio, en la parte de Don Geronio, un curso de bien decir y mostró una notable capacidad para el silabeo a toda mecha en su aria del acto segundo. Timbrado, algo tremolante y oscuro, el barítono Florian Sempey en el papel de Poeta, y flojito como Don Narciso el tenor Edgardo Rocha, blanquecino y limitado, aunque delineó con gusto su aria.
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