No es en 2026 cuando Irán se convirtió en la república del silencio, la represión y la muerte de civiles desarmados que se manifestaban por un cambio de gobierno: en todo momento la República Islámica de Irán ni fue república ni fue islámica, sino una dictadura clerical en toda regla. Recuerdo la época de la Primavera Árabe, cuando participé en muchas reuniones con representantes de una transición democrática en el norte de África que fue acogida con gran entusiasmo en Europa. Años más tarde, de Argelia a Egipto, la involución hacia Estados islámicos o autoritarios era un hecho. Había buenas intenciones respecto al 'rule of law', pero un desconocimiento profundo de la estructura profunda de esos Estados. ¿Qué falló? Al igual que en la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán, falló el neo-orientalismo. El orientalismo configuró una visión de Oriente por parte de Europa que iría desde 1837, cuando la Reina Victoria fue coronada, hasta el final de la I Guerra Mundial. Los orientalistas tenían una ventaja frente a los asesores de los gobiernos actuales: el colonialismo les permitió vivir en los países sobre los que pretendían ejercer una tutela. En el siglo XXI, por desgracia, la decisión política dista mucho del conocimiento real sobre el terreno del periodo del Gran Juego. Decía el presidente Trump en su primer discurso tras lanzar la operación Furia Épica que era una ocasión única en la historia para que los iraníes pudiesen ser dueños de su destino y derrocar el régimen. La pregunta es a qué iraníes se refería y si efectivamente estaba distinguiendo a los persas de los árabes. La cultura árabe es semítica y los persas pertenecen a la cultura indoeuropea, uno de cuyos inmensos legados es la lengua 'avesta', coetánea del sánscrito, que constituyó el gran descubrimiento del lingüista William Jones, al constatar que Europa formaba parte de una inmensa civilización que abarcaba desde el río Indo hasta España. En estos días confusos me preocupa la falta de información real sobre el tejido social en Irán. Durante estos últimos treinta días, el combate ha sido exclusivamente aéreo, en línea con lo que afirmaba Baudrillard en la 'Procesión de los simulacros' respecto a las guerras virtuales de la posmodernidad, intensamente mediáticas y que, además de los recursos materiales, implican un gran manejo de recursos simbólicos. Si examinamos la trayectoria de Irán desde 1979, lo más significativo fue la creación de la Oficina de Exportación de la Revolución, y lo es porque la revolución ya había fracasado internamente: a mediados de 1979, caprichos de la historia o no, habían fallecido todos los ideólogos que habían esbozado el proyecto de un Estado islámico chií, y Mehdi Bazargan designado primer ministro en 1979 para atraer al sector reformista, dimitió junto con todo su gabinete tras el asalto por las fuerzas revolucionarias iraníes a la Embajada de Estados Unidos en Teherán. El primer presidente de Irán, Abolhassan Banisadr, se vio obligado a huir a París junto a Massoud Rajavi, líder de la Organización de los Mujahidines del Pueblo de en 1981. Muchos de sus seguidores fueron ejecutados. Las detenciones ilegales, la tortura sistemática, la persecución a las minorías y a los disidentes y las ejecuciones sumarias fueron y siguiendo siendo la tutela que el Gobierno de los ayatolás pretende ejercer sobre el pueblo iraní. Recuerdo, en una conversación hace años en Irán, que un antiguo oficial del Ejército me decía que la clave no era 'Velāyat-e Faqih' (la tutela del jurisconsulto supremo), refiriéndose a los ayatolás Jomeini y Jamenei, sino 'Velāyat-e Fuqar', el empobrecimiento sistemático de la población. Los que pudieron se marcharon, e Irán cuenta hoy con una de las comunidades más amplias que viven exiliadas en Estados Unidos, Canadá, Australia, Alemania, Suecia, Francia, Países Bajos y otros Estados europeos. Casi ocho millones. Sin embargo, como señalaba acertadamente el portavoz de una de las múltiples comunidades iraníes en el exilio, aunque hubiese un cambio de régimen nunca volverían a vivir en su país. Por tanto, el auténtico reto de esta guerra no es la lista de objetivos militares, sino el futuro de casi 94 millones de iraníes que viven en Irán bajo un régimen que aspira a sobrevivir a cualquier precio. Estos días he sentido vergüenza por las declaraciones de nuestro presidente Pedro Sánchez, que apuntan a una complicidad con un Gobierno terrorista que en los últimos 47 años ha utilizado la política del terror para fingir una hegemonía chií en Oriente Medio que nunca ha existido. Por una parte, porque no existe una ideología política chií, y fue Jomeini quien decidió rescatar los conflictos históricos de los primeros siglos del islam entre suníes y chiíes para proyectar una teología política de la resiliencia y del martirio, aprovechando la guerra entre Irán e Irak y reclutando incluso a niños, a petición del jovencísimo Mohsen Rezaie, el hombre de confianza de Jomeini en el cuerpo paramilitar de la Guardia Revolucionaria Islámica, que acabaría sustituyendo al Ejército regular, dada la desconfianza de los clérigos respecto a su tibieza ideológica. Es precisamente esa Guardia Revolucionaria la que ha tomado el control del país en este conflicto, reproduciendo las mismas tácticas que las que contribuyeron a su consolidación en el periodo 1980-1988. La inmensa tibieza del marasmo burocrático de la UE y de España en este conflicto escenifica el conocido poema de Brecht sobre la parábola de Buda de la casa en llamas: «No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo era ya pasto de las llamas (…). Uno me preguntó, mientras el fuego le chamuscaba las cejas, qué tiempo hacía fuera, si llovía, si no hacía viento, si existía otra casa, y otras cosas parecidas. Sin responder, volví a salir. Esta gente, pensé, tiene que arder antes de que acabe con sus preguntas». No es la economía, no son los votos, no es la ideología: son millones de iraníes inocentes que por primera vez en medio siglo pueden cambiar el curso de su historia, de una historia que ha contemplado siete civilizaciones distintas. Si han sobrevivido es por su inmensa capacidad de sincretismo cultural y social. A la vana retórica de políticos complacientes con las dictaduras más crueles evocaría los versos de la gran poetisa iraní Forugh Farrojzad (1935-1967), gran defensora de los oprimidos y de la mujer en estos versos: «No se trata de la frágil unión de dos nombres, ni de enlazarse en las viejas hojas de un libro, se trata de mi feliz cabello con las quemadas amapolas de tu beso». Se trata de eso, de personas que aspiran a vivir en libertad.