Fernando Jáuregui: "Los españoles llevamos siglos intentando destruirnos unos a otros y no lo hemos logrado (aún)"
En «Quemados» (Almuzara), el veterano periodista Fernando Jáuregui, testigo de décadas de pulsos políticos y sociales, pone nombre a un malestar que no es episódico ni ruidoso, sino persistente y soterrado. Lejos de las plazas tomadas y los eslóganes de hace quince años con el movimiento «Indignado», el autor detecta la gestación de una nueva corriente social que no se organiza en siglas ni liderazgos, sino que crece de forma orgánica en todas las capas de la ciudadanía. Un clima de hartazgo transversal y creciente, que no siempre se expresa en protesta, pero redefine la relación entre los ciudadanos y sus representantes. Con mirada analítica intacta de cronista fajado, Jáuregui explora las claves de esta sociedad quemada, abrasada, achicharrada... y advierte de sus posibles derivas. No en vano repite el periodista: «Quemados del mundo, uníos».
Han pasado quince años del 15M: ¿hemos pasado de estar indignados a quemados?
Más bien parece que ocurrirá al revés: pasaremos de quemados, que lo estamos, por muy alienada que esté la sociedad, a indignados. Como hace quince años. Pero me temo que con un signo diferente: no será la izquierda la que tome la Puerta del Sol, sino más bien podría ser, a las encuestas me remito, la extrema derecha.
En el libro usted asegura que «estamos todos quemados»: ¿de qué exactamente está cansada la gente?
Sobre todo, de que nuestros representantes no nos hagan caso. Gobiernan para ellos, no para los ciudadanos. Eso lo percibes cuando te afecta alguna calamidad, como a mí los incendios de este verano. Ni el Gobierno central ni los autonómicos ni los locales estuvieron a la altura: se dedicaron a pelotearse las culpas, no a dar soluciones.
¿Qué diferencia hay entre estar enfadado y estar «quemado»?
El enfado es liviano. El «quemado» se basa en razones más profundas y persistentes. El indignado supone un escalón más, porque está dispuesto a la rebelión, a una protesta activa. Aunque bien cierto es que el movimiento «indignado» tuvo, en España, consecuencias muy escasas y peculiares, más allá del ascenso de Podemos. Y es que nuestra política, en todos los partidos, es bastante inconsistente.
¿Quién tiene más culpa de ese hartazgo? ¿Los políticos, los medios o nosotros mismos?
Los políticos tienen mucha culpa, sin duda. Ya digo que ni escuchan ni, en el fondo, representan al ciudadano. Pero empresarios corrompidos, medios sectarios (por decirlo suavemente), instituciones que no cumplen su función y, claro, una sociedad que piensa más en el aperitivo que en la regeneración también tienen su culpa.
"Estamos quemados de que los políticos no nos hagan caso. Gobiernan para ellos"
En su libro habla de distintos tipos de «quemados»: ¿en cuál cree que está hoy la mayoría de los españoles?
No lo sé. No está aún en la posición de revolucionar sus mentes y sus métodos, desde luego. Para mal, pero sobre todo para bien –y no es una «boutade»–, Madrid tiene, solo en la calle Ponzano, más bares que en toda Noruega. Eso influye, aunque parezca absurdo. No lo es. Imprime carácter.
¿Por qué cree que la gente protesta menos y se resigna más?
El miedo, como la pereza (esto lo decía Pompidou), es un elemento motor de la humanidad. La idiosincrasia de un país existe, vaya si existe. Y, por ejemplo, Bismarck dijo que los españoles somos el pueblo más fuerte del mundo: llevamos siglos intentando destruirnos unos a otros y no lo hemos logrado (aún). Pues lo mismo ocurre con otras peculiaridades, lo de los bares sin ir más lejos: un gran presidente español me dijo que parecíamos «un pueblo de bueyes», que de pronto se convierten en toros de lidia por cualquier fruslería, y entonces es la guerra civil.
¿La política actual cansa más de lo que moviliza?
Es obvio que el español, más que cansado de sus representantes (llámelo clase política), los asume con total indiferencia. ¿Que son corruptos? Allá ellos. ¿Ineficaces? Qué le vamos a hacer. ¿Mentirosos? Está en la naturaleza del ser humano. Y así podríamos poner varios ejemplos más. Estamos resignados y ya todo nos parece normal, aunque esté lejos de serlo.
¿Se quema igual un ciudadano con recursos que uno que llega justito a fin de mes?
Naturalmente que no. España es un país socialmente injusto, donde el que tiene medios puede lograrlo casi todo, y el que no… Quien tiene padrinos se bautiza, dice el refrán, en un país en el que el enchufismo, el desprecio por eso que llamamos «gente corriente» y la voracidad de quien accede a posiciones de privilegio públicas son moneda demasiado corriente. Insisto: hay que regenerar modos, costumbres e ideas. Ya.
Usted sostiene que muchas veces el ciudadano siente que no sirve de nada quejarse: ¿hemos dejado de creer en que algo pueda cambiar?
Yo, al menos, no. No escribo para hacerme rico ni famoso, sino con ese afán de cambiar algo (muy poco en mi caso, no soy un iluso) el mundo para nuestros hijos y nietos, esa «generación Z» o «generación Leonor I», que se va a encontrar gestionando en diez años un mundo que no tiene nada, pero nada, que ver con este que ahora estamos disfrutando y padeciendo. Es posible esa revolución mental, porque el cambio, desde la economía, el transporte, la vivienda hasta las constituciones nacionales, va a imponer esa revolución. Pasando, claro, por el fin del «trumpismo», que es algo más que los desmanes de Trump.
¿Este cansancio social tiene solución o se quedará?
Para nada aliento las tesis pesimistas de Harari y otros filósofos que venden libros a base de asegurar cosas como que la inteligencia artificial acabará con el mundo. De eso, nada. Pero tenemos que aprender a controlar ese cambio imparable, que es tecnológico, pero también afecta a las ideas, al propio concepto de felicidad. Aún estamos a tiempo de comunicárselo a nuestros hijos y nietos, antes de que el envilecimiento de los poderes públicos mundiales nos lleve a la edad moral de piedra.
Qué será de nosotros en 2050...
Hace menos de un año, el periodista se hacía una pregunta que desarrollaba en «El cambio en 100 palabras» (Plaza&Janés): «¿Cómo serán nuestras vidas en 2050?». Ese era el arranque, además del subtítulo, de un texto en el que Jáuregui aseguraba que los jóvenes de hoy están bien formados, pero que, sin embargo, «no se enteran de la misa la media». «Nunca he visto tanta distancia entre generaciones como ahora –explicaba–. Y eso que las relaciones entre padres e hijos son más cercanas que en mis tiempos. Admito que, al pensar que las generaciones últimas muestran escaso compromiso, puedo pecar de cierto paternalismo. Como otros pueden pecar de edadismo. O puedo, claro, estar equivocado, a pesar de que he dado clases en muchas universidades comprobando la escasa involucración de los jóvenes en los problemas de hoy, incluyendo el Cambio en tantas facetas... Sí existe una desconexión entre conocimiento tecnológico y, al menos, humanismo. El “homo sapiens” de ahora tiene que ser una mezcla de sabiduría tecnológica y humanismo. Difícil conseguirlo, creo, pero así es». Así lo afirmaba a LA RAZÓN un hombre que durante la documentación del libro probó la carne impresa y visitó fábricas de satélites para llegar a una conclusión: «Se nos está yendo de las manos», invitaba quien, con su libro, promovía la reflexión de los ciudadanos «libres» y «no esclavos de las pantallas y de quienes manejan los algoritmos y los datos».