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La Luna no es poesía: es poder

Hay algo inquietante y decepcionante en el hecho de que la humanidad –una civilización que ha lanzado sondas a los confines del Sistema Solar, que contempla colonizar Marte y que conecta en tiempo real a ocho mil millones de personas– lleve más de medio siglo sin enviar una sola nave tripulada a la Luna. Cincuenta y cuatro años. No es un dato menor: es el síntoma de una parálisis estratégica sin precedentes, una abdicación colectiva de responsabilidad civilizatoria que habrá de costar muy cara si Occidente no reacciona a tiempo. Lo que vemos casi todas las noches en el cielo, esa esfera blanca que los poetas han cantado desde Safo hasta Neruda, no es un objeto de contemplación romántica. Es territorio. Son recursos. Es una posición estratégica. De hecho, será, sin duda, la más importante conquista estratégica del próximo siglo.

Es, en el más riguroso sentido de la teoría de von Clausewitz, del término, poder, poder real, poder sin matices. Y en el siglo XXI, quien controle ese territorio, esos recursos y esa posición tendrá en su mano las palancas de dominio global que Alfred Thayer Mahan atribuyó, en su día, al control de los mares. La Luna de hoy es el mar de Mahan: quien la domine, dominará el mundo del mañana.

Para situar la perspectiva geográfica en sus justas dimensiones: la Luna está a 400.000 kilómetros de la Tierra, 800.000 de ida y vuelta. Para una civilización como la nuestra, esta distancia es, en términos relativos, insignificante. España jamás habría llegado a las españolísimas Islas Canarias si hubiese aplicado a la exploración oceánica la misma timidez que la humanidad lleva cinco décadas aplicando a la exploración lunar. Llegar a la Luna y quedarse en ella es como si Colón se hubiese quedado en el Cabo Espartel contemplando el Atlántico y hubiese regresado a Palos convencido de haber cumplido su misión. Y aún.

Comencemos por lo más inmediato: los recursos. Las riquezas minerales de la Luna son de una importancia estratégica única –lo repito: única, sin precedentes en la historia moderna– pero no son la única razón por la que el satélite es de importancia trascendental, incluso vital para la humanidad. El helio-3, un isótopo no radiactivo presente en el regolito lunar en cantidades que la Tierra no puede ni soñar –un millón de toneladas frente a los quince kilogramos que existen en toda nuestra atmósfera–, es el combustible ideal para la fusión nuclear. Se estima que 25 toneladas de helio-3 cubrirían la demanda energética total de los Estados Unidos durante un año entero. Pues bien: China lo sabe, lo ha dicho públicamente y lleva veinte años construyendo el programa tecnológico para explotarlo. Occidente lo sabe también, o debería, pero no ha conseguido articular una respuesta estratégica a la altura de la amenaza.

Pero la geoeconomía lunar no se agota en el helio-3. Las tierras raras –elementos como el neodimio o el disprosio, esenciales para los motores de vehículos eléctricos, las turbinas eólicas y los sistemas de guiado de misiles– los metales del grupo del platino, el agua en forma de hielo en los cráteres polares: el polo sur lunar es, literalmente, la reserva estratégica más valiosa que la humanidad haya identificado jamás. Y quien llegue primero, quien establezca allí una presencia permanente, quien ponga la bandera no en sentido simbólico sino de facto, de control físico y logístico real, tiene todos los números para definir las reglas del juego geopolítico, geoestratégico y geo económico, para el resto del siglo.

Ésta es, exactamente, la lógica que anima el programa espacial chino. La misión Chang’e 5, que en 2020 trajo muestras del suelo lunar, no fue un logro científico: fue una declaración estratégica. La misión Chang’e 6, que en 2024 aterrizó en la cara oculta y trajo más muestras, fue una confirmación de que Pekín no improvisa, no se detiene y no tiene la menor intención de aceptar un orden lunar que esté diseñado en Washington. La Estación de Investigación Lunar Internacional que China proyecta establecer –en colaboración con Rusia, aunque el papel de Moscú es cada vez más secundario en este proyecto– antes de 2040 no es un laboratorio científico: es una reclamación territorial con todos sus atributos, salvo por su denominación.

Es aquí, justamente, donde está enquistado el nudo gordiano del problema: el Tratado del Espacio Exterior de 1967, redactado en un mundo de solo dos potencias espaciales y tecnología de la era de los «tubos de vacío» (pre-transistores), prohíbe la soberanía formal sobre cuerpos celestes, pero no establece mecanismo alguno de verificación ni contempla la explotación comercial de recursos, la instalación de bases de uso dual civil-militar, ni el control de facto de zonas de valor estratégico. Es, en síntesis, un instrumento de la inmediata segunda posguerra mundial del siglo XX, ante una realidad, ya no del siglo XXI, claramente del siglo XX. China, esta gran Nación, que muy a nuestro pesar se declara nuestro enemigo, cuando deberíamos ser como muchos competidores, lo ha sabido explotar con la maestría de quien domina el arte de usar las normas del adversario para promover, defender y garantizar sus intereses.

Pero la dimensión más profunda de la importancia lunar no es económica: es geoestratégica. No es posible –escribo esto con toda la intención y sin hipérbole– entender la geoestrategia del próximo siglo sin la Luna en el horizonte. Los misiles balísticos intercontinentales (ICBMs) de nueva generación, especialmente los vectores hipersónicos de planeo que Rusia ha desplegado con el Avangard y que China desarrolla activamente, utilizan trayectorias que eluden los sistemas de defensa antimisil diseñados para las trayectorias clásicas. La defensa de la Tierra frente a estas amenazas –y frente a las de próxima generación que aún no conocemos públicamente– requiere plataformas de detección y neutralización situadas más allá de la exosfera, más allá de la estratosfera. La Luna, con su posición astropolítica privilegiada y su gravedad reducida, es la plataforma de defensa antimisil y de vigilancia global más eficiente que los límites de la física permiten. A esto se añade la cuestión de los satélites: toda la infraestructura militar y económica occidental –GPS, Galileo, comunicaciones cifradas, inteligencia de señales, alerta temprana misilística y nuclear– descansa sobre constelaciones orbitales absolutamente vulnerables. Quien destruya esos satélites destruye la capacidad de combate, de navegación, de pago, de comunicación de Occidente. La capacidad de defender esos activos, de reconstituirlos o reconstruirlos en caso de ataque o, incluso, de bloquear al adversario/enemigo acceso al uso del espacio orbital desde una posición lunar, es hoy uno de los vacíos más preocupantes de la arquitectura de defensa occidental.

El sector privado occidental –liderado por la extraordinaria capacidad tecnológica de SpaceX, cuyo Starship podría reducir el coste de acceso lunar en un factor de diez respecto a cualquier sistema existente o por el consorcio encabezado por Boeing y Lockheed Martin, que ha construido el Orión de la misión Artemisa II, hasta con colaboración de Airbus– es una ventaja comparativa enorme de la que China carece en términos científicos, de ingeniería o de aplicación industrial. Pero el sector privado optimiza para el beneficio, no para la visión estratégica de largo plazo. La combinación óptima es la que ha funcionado siempre en los grandes proyectos civilizatorios: el Estado fija los objetivos, garantiza la financiación de largo plazo y define el marco normativo; el sector privado ejecuta con una agilidad e innovación que ninguna burocracia estatal puede igualar. Éste es incluso el modelo de la presencia española en América. Los Acuerdos Artemis –firmados ya por más de cuarenta países, entre ellos España– son el equivalente espacial de la OTAN: un intento de construir una arquitectura multilateral de intereses y valores comunes bajo liderazgo americano que establezca las reglas del juego en el espacio cislunar (la región del espacio que existe entre la Tierra y la Luna y que incluye la propia órbita lunar) antes de que otros lo hagan.

Los Acuerdos Artemisa son un instrumento diplomático valioso, pero son, todavía, soft law (derecho blando/flexible/adaptativo) y carece de mecanismos de verificación o cumplimiento. Los Acuerdos necesitan evolucionar hacia algo más vinculante, más robusto y dotado de recursos. Y necesitan que Europa –que contribuye con inteligencia, tecnología y financiación pero que carece de una visión estratégica espacial colectiva coherente– se incorpore plenamente, no como socio secundario, sino como actor de primer nivel.

La Historia es pródiga en lecciones sobre el coste de la abdicación o la parálisis (por no usar el palabro inacción) estratégica. Portugal y España, pero sobre todo España (Portugal siempre tuvo la tendencia de quedarse en la orilla) dominaron el mundo durante más de un siglo porque tuvieron la visión y la audacia de lanzarse al océano desconocido cuando otros miraban desde la orilla. Gran Bretaña construyó su siglo imperial sobre el dominio de los mares. Estados Unidos proyectó su supremacía sobre el dominio del aire, de los océanos, del espacio orbital y del ciberespacio. El siguiente escalón es la Luna y el espacio «cislunar». Y quien llegue primero –quien consiga quedarse y establecerse, quien construya, quien explote y quien defienda– tendrá en su poder la palanca del verdadero dominio global del siglo XXII.

Occidente está todavía a tiempo. Pero la ventana se cierra a una velocidad vertiginosa. El programa Artemis avanza, con contradicciones y retrasos, pero avanza. China también avanza, sin contradicciones ni retrasos, pero tecnológicamente lejos. Por el momento. La distancia entre ambas trayectorias no se recorta sola: requiere voluntad política, financiación sostenida y, sobre todo, la conciencia colectiva de que lo que está en juego no es un programa espacial. Es el orden del mundo.

Veámoslo todas las noches cuando miramos al cielo. No con poesía. Con determinación estratégica, pensando, incluso afirmando, «ése es el principio de nuestro futuro».

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