Crítica de "La Grazia": Le llamaban Cemento Armado ★★★ 1/2
En la trilogía oficiosa sobre la política italiana que conforma con “Il Divo” y “Silvio (y los otros)”, “La Grazia” constituye, sin duda, el capítulo más amable, también el más homogéneo y melancólico. Lejos de la abstracción siniestra de su estimulante acercamiento a Giulio Andreotti y más lejos aún de la sátira hortera que bailó al son de Silvio Berlusconi, en “La Grazia” Paolo Sorrentino aborda la figura de Mariano de Santis, un presidente de la República inventado -acaso inspirado en el Sergio Matarello en pleno ejercicio del cargo-, con la serenidad de quien cree en la belleza de la duda.
De hecho, el personaje de De Santis, al que conocemos en los últimos seis meses de su mandato, vive en una parálisis permanente justamente porque se permite dudar, y eso le convierte, a ojos de los que esperan que actúe (en especial, su hija Dorotea), en un cobarde. Dos dilemas morales vertebrarán la evolución dramática de un personaje que se considera a sí mismo como un tipo gris y aburrido y que, simplemente, está demasiado pendiente de buscar la verdad de las cosas, algo poco habitual en un hombre de Estado. Tanto la firma de la ley de eutanasia como el indulto de dos culpables de haber asesinado a sus parejas servirán, junto a la constante evocación de la esposa muerta, como hilos conductores del retrato de un personaje reacio a revelar hacia dónde se inclinará la balanza de sus cavilaciones.
“La Grazia” se deja atravesar por el tono deliberadamente crepuscular de las secuencias finales de “La gran belleza”, como si la lucidez de De Santis fuera un efecto secundario de la del periodista Jep Gambardella, unidas ambas por el rostro de un actor, Toni Servillo, capaz de hacer de todo gesto un alarde de silenciosa inteligencia. Quizás si no fuera por él, los estilizados diálogos de Sorrentino, que a veces tienden a lo sentencioso, serían indefendibles. Pero, al contrario que en la afectadísima “Parthenope”, “La Grazia” parece recuperar el pulso poético y conmovedor de los mejores momentos de su cine, ofreciéndonos, bajo lo que parece un relato episódico y caprichoso, su película más ‘ordenada’ hasta la fecha.
Aquí Sorrentino está menos pendiente del impacto de las imágenes -a pesar de la elegancia de los encuadres, que enfatizan la importancia de los espacios, institucionales o urbanos, frente a los primeros planos de De Santis, imperturbable en sus juicios (le llaman Cemento Armado), absorto mientras cata su cigarrillo de rigor- que de lo que dicen sobre la ética, el derecho y la muerte.
En ocasiones Sorrentino no puede evitar las metáforas obvias (el caballo enfermo) y le gusta recordarnos que navegamos en su universo (ese singular uso de la música electrónica, llamativo contrapunto a la seriedad burocrática de De Santis), pero lo cierto es que “La Grazia” sale bastante airosa de sus meditaciones existenciales, sobre todo cuando se trata de pensar sobre el duelo y la muerte. Por supuesto que no es una película política: al fin y al cabo se trata de demostrar que toda verdad es relativa, y que el cine es el arte de la ambigüedad y la paradoja.
Lo mejor:
Servillo se merecía el premio al mejor actor en Venecia, y su buen trabajo arrastra a Sorrentino a una película menos dispersa y caprichosa.
Lo peor:
Algunas metáforas obvias y algunas sentencias que aspiran demasiado a lo trascendente.