Los extranjeros pagarán en los museos ingleses
El gobierno británico se está planteando acabar con la gratuidad universal para los museos británicos y cobrar a los visitantes extranjeros. Un informe redactado por el «Art Council England» ha aportado esta solución para garantizar la sostenibilidad de las instituciones museísticas de las islas, renunciando así al acceso libre que se implantó en 2001. La medida afectaría al 43 % de los visitantes totales de estos centros –unas 17.000.000 de personas– y supondría el final de un modelo de acceso a la cultura que, durante los últimos 25 años, no solo ha supuesto una de las señas de identidad de los museos del Reino Unido, sino, además, una fórmula envidiada por todos los amantes del arte del resto del mundo.
Es evidente que la cultura no vive sus mejores momentos. Museos estadounidenses se han visto obligados a vender parte de su colección para permanecer abiertos; otros han recurrido al despido de parte de su personal; en España, los centros de arte contemporáneo han visto reducidos sus presupuestos hasta el punto de sobrevivir con una programación de mínimos. La situación de la cultura es, en el momento presente, casi más crítica que la desencadenada tras la crisis de 2008. De ahí que no resulte extraño que instituciones como el British Museum o la National Gallery contemplen el abono de una entrada como modo de sostener sus costosas instalaciones. El problema es la discriminación que se establece establece entre los «visitantes nacionales» y los «visitantes extranjeros». Si la medida afectara a todos los usuarios de los museos por igual, los ejes en torno a los que giraría el actual debate serían otros y más comprensibles. Pero el contenido de la iniciativa que se está valorando implica nada más y nada menos que una «segmentación del acceso a la cultura» que tensiona al extremo la articulación de los museos como espacios de encuentro social.
En efecto, cuando la programación de los museos se hilvana a base de discursos que critican la deriva antimigratoria de los territorios y el fortalecimiento identitario de las fronteras como líneas de defensa que merman derechos fundamentales, resulta difícilmente entendible que el gobierno británico inyecte a sus museos un sesgo nacionalista en su política de acceso. Como se defiende desde algunos sectores del Reino Unido -contrarios a la medida–, sería más recomendable aplicar una tasa turística abonable en los hoteles a generar un filtro en la entrada a los museos.
La problemática ética se agrava cuando –como afirman numerosos directores de instituciones británicas– tales museos albergan obras procedentes de todo el mundo, y que han recalado en ellos por el expolio colonialista. ¿Se les va a negar a los ciudadanos de esos países que paguen por ver piezas que deberían estar en los museos de sus lugares de procedencia? El acceso segregado a los museos no deja de ser otro indicador del populismo que recorre la política internacional y que amenaza con envenenar el espacio de integración de la cultura. Las urgencias económicas que vive la cultura no han de conducir a una perversión de sus fundamentos cívicos. De ser así, nos quedaremos sin el último espacio de resistencia que tenemos frente a la barbarie.