Alexander Villagra, el boxeador que escapó de las maras
Cada día, cuando sale de trabajar Alexander Villagra recorre los escasos metros que separan la peluquería en la que se gana la vida de La Escuela, el gimnasio de Jero García en el barrio del Lucero. Allí dio sus primeros golpes con los guantes puestos. Y allí acude puntual para entrenarse. Álex ha sido campeón de Madrid en las categorías de 54 y de 57 kilos. Su próximo objetivo es conseguir el cinturón de campeón de Boxing Talents, el torneo que está llevando el boxeo por toda España para elegir a los mejores boxeadores del país. El primer combate lo ganó en la velada celebrada en Villanueva de la Torre (Guadalajara) hace algo menos de dos semanas. El cinturón ya está un poco más cerca.
Villagra, que ahora tiene 26 años, llegó a España hace siete desde Comayagüela, en Honduras «para buscar una mejor vida». «En mi país hay mucha criminalidad, mucha delincuencia. Allí, si tu familia no está detrás de ti o si no te inculcan valores, fácilmente caes en la delincuencia. Hay mucha tasa de criminalidad», cuenta Álex con voz pausada. «Ahí te matan a muy temprana edad. Hay niños, niños, que los están matando porque andan en malos pasos. Yo me vine para eso, para superarme. Había mucha inseguridad. Mi familia no estaba de acuerdo totalmente en que yo estuviera en un país así, con la delincuencia como está. Entonces mi familia tomó la decisión de que, antes de poner en riesgo mi vida, emigrase a otro país», dice.
«Allí no estás seguro en tu propio barrio. Cualquiera te ofrece droga»
«No estás seguro en tu propio barrio y esas son cosas que te impulsan a querer salir adelante. Allí cualquiera te ofrece droga, cualquiera te incita a cosas. Hay muchas maras, muchas pandillas en mi país, demasiadas. Yo le di gracias a Dios cuando salí de allí. Y créeme que al inicio no fue fácil. Llegó un punto donde decía ‘‘me regreso y sigo viviendo la misma vida que tenía’’. Pero no era lo que yo quería, porque yo quería salir de ese mundo», relata.
Villagra llegó solo a Madrid con 19 años. Su familia se quedó allí, en Comayagüela, sus padres y sus cinco hermanos. «Gracias a Dios todos son mayores ya. Algunos con su vida ya hecha y otros que están en proceso, pero mayores que yo todos. Yo soy el menor y fui el que salí de mi hogar a pronta edad», explica Álex. Cuando llegó, la única persona de referencia que tenía era una prima política de su padre, que vivía en Barcelona. «Ella fue la clave para conseguirme una habitación. Y desde allí yo empecé a buscarme la vida».
En Honduras ya había comenzado a manejar las tijeras. «Un día a mi hermana le da por abrir una barbería y me dice ‘‘yo no tengo tiempo de ir, quiero que tú vayas y cuides a los chavales’’. Pero yo era un niño de 12 años, 13 años, cuidando una barbería. Pero el estar ahí todos los días me motivó a aprender. Y aprendí. Y hasta el sol de hoy llevo más de 10 años cortando el pelo. Me encanta», reconoce. «Yo empecé a cortar el pelo allá con 14, 15 años. Y yo no sabía si al que le cortaba era un delincuente o un profesional. No podía ni hablar con la persona a la que estaba cortando. Por llevarte bien con alguien ya te confunden o te malinterpretan. Y siempre, siempre, eso conlleva problemas», dice Álex.
El boxeo lo descubrió en Madrid, casi enfrente de la peluquería donde trabaja. «Yo estaba cortando el pelo a un chaval y me dice ‘‘es que vengo a entrenar boxeo’’. Y le digo ‘‘a mí me encantaría meterme a boxear’’. Y me dice ‘‘cuando quieras, pásate’’. Y me pasé», recuerda.
Al día siguiente cruzó la puerta de la Escuela. Ahí conoció a Jero. «Soy el peluquero del barrio», le dijo. Y Jero conoció al Peluki, el apodo que le puso en ese mismo momento y por el que ya le conoce todo el gimnasio.
«En Honduras no boxeaba. Practicaba artes marciales y poco más. Nunca me enfoqué para hacer este deporte», dice. Pero el boxeo siempre estaba en su cabeza. Canelo Álvarez y Teofimo López, el boxeador nacido en Estados Unidos pero de origen hondureño, eran sus referencias.
«Empecé como todos, con miedo de dar el paso. Pero ya, gracias a Dios, son casi cinco años sin dejarlo, sin parar», asegura. Y dos años después empezó a competir.
En la barbería le ayudan a compaginar el deporte y el trabajo. «Dios pone a las personas indicadas en tu camino. Yo entré a la barbería y he estado trabajando con la misma persona desde entonces. Y me apoya en todo. Me dice ‘‘si tienes que ir a entrenar, ve a entrenar. Ya después regresas a la barbería, si te pilla al lado. Se lo cuadra a los chavales para que el local esté funcionando. Y así me he acomodado mis horarios. Aparte de eso, me sacrifico levantándome temprano también para ir a entrenar antes de trabajar. Y así lo compagino. También los horarios que pone la Escuela son muy buenos», explica.
«Algunos de mis amigos lo pueden contar. Otros están presos y otros ya no están»
Sus padres, desde la distancia, siguen su carrera. «Me apoyan al cien por cien. Cada vez que yo peleo siempre tratan de ver directos en Instagram o en TikTok o algo de cómo yo boxeo. Y son felices, claro, al ver que gano, al ver que le estoy metiendo duro, eso les enorgullece a ellos muchísimo», explica Álex.
A Honduras regresó hace dos años. «La experiencia fue inolvidable, porque fue reencontrar de nuevo a mi familia, a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, los que todavía están», dice. «A otros se los ha llevado el mundo de la delincuencia, de la criminalidad. He tenido muchos amigos y compañeros del cole, compañeritos del cole, algunos que lo cuentan, otros que están presos y otros que ya no están».