Macrina la joven, la Sócrates de Anatolia
Cuando Gregorio de Nisa llegó al monasterio del río Iris, en la región de Ponto (Anatolia), supo que llegaría tarde. Su hermana Macrina agonizaba sobre una tabla de madera cubierta con un manto oscuro, negándose a cualquier comodidad que no hubiera aceptado en vida. Aun así, según el propio Gregorio, su hermana moribunda encontró fuerzas para sostener con él una larga conversación filosófica sobre la inmortalidad del alma, un diálogo tan luminoso que su hermano lo transcribiría años después con el título «Sobre el alma y la resurrección» («De Anima et Resurrectione»). Para ello, Gregorio recurrió al modelo que mejor conocía, el «Fedón» de Platón, el diálogo en que Sócrates, horas antes de beber la cicuta, convence a sus amigos de que el alma no muere. La elección no era casual. En el lecho de muerte de Macrina, Gregorio había encontrado a su propio Sócrates y convirtió a su hermana en su maestra, del mismo modo que Diotima fue la maestra de Sócrates.
Macrina nació alrededor del año 327 en Neocesarea, en la región de Capadocia, en el seno de una familia que parecía destinada a producir santos. Su abuela paterna, también llamada Macrina, había sido discípula de Gregorio el Taumaturgo y había sobrevivido a la persecución de Diocleciano ocultándose en los bosques del Ponto. Su madre, Emelia, era hija de un mártir. Su padre, Basilio el Viejo, era un retórico culto que murió joven, dejando a Emelia al frente de diez hijos. Macrina era la mayor. Desde pequeña, fue educada por su madre, que invirtió mucho tiempo en enseñarle los Salmos y las Escrituras. El resultado fue una mujer dotada de una inteligencia excepcional, capaz de dialogar en igualdad con los teólogos más formados de su tiempo, y conocedora de la filosofía helenística. A los doce años fue prometida en matrimonio, pero su prometido murió antes de la boda. Macrina rechazó entonces cualquier nuevo pretendiente con un argumento singular. Puesto que la resurrección de los muertos era una verdad de fe, su prometido simplemente dormía, y ella no podía desposarse con otro mientras su esposo viviera en la esperanza de la vida eterna.
Fue este mismo rigor intelectual y espiritual el que Macrina aplicó al resto de su existencia. Cuando su padre murió, asumió junto a su madre la crianza de los hermanos menores. El más joven, Pedro, no conoció a su padre y fue criado casi enteramente por ella; Gregorio la llamaría su «padre, maestra y guía». Sobre Basilio, destinado a convertirse en uno de los grandes Padres de la Iglesia, ejerció también una influencia decisiva. Cuando Basilio regresó de Atenas lleno de vanidad por su formación retórica, fue Macrina quien lo convenció de abandonar la carrera administrativa y abrazar la vida ascética. El gran Basilio de Cesarea, reformador del monaquismo oriental, debió en buena medida su vocación a una conversación con su hermana mayor.
Comunidad monástica
Con el tiempo, Macrina transformó la hacienda familiar a orillas del río Iris (en Anatolia, no en Egipto) en una comunidad monástica mixta, donde hombres y mujeres, libres y esclavos, vivían bajo las mismas reglas de oración y trabajo manual. Emelia abandonó su condición de matrona para integrarse en la comunidad como una más, renunciando a privilegios y servidumbre. Ambas mujeres se entregaron a la oración, al ayuno y al cuidado de los enfermos. Aquella pequeña fundación en Ponto anticipaba el ideal benedictino que florecería en Occidente dos siglos más tarde.
Fue allí donde Gregorio la encontró moribunda en el verano del año 379. En «Vida de Macrina», el breve texto hagiográfico que escribió poco después, Gregorio recuerda haberla visto postrada en el suelo, con el rostro tranquilo y una lámpara encendida a su lado. Cuenta también que, al morir, descubrieron sobre su cuerpo una pequeña cruz de hierro y un anillo que Macrina había llevado siempre bajo la ropa, sin que nadie lo supiera. Eran, para Gregorio, signos de una santidad discreta, ajena al elogio público y a la pomposidad. Lo que más impresionó a Gregorio no fue la muerte de su hermana, sino su manera de morir. Con serenidad, con argumentos, con la misma firmeza con que Sócrates había discutido momentos antes de tomar cicuta.
De ahí que, al escribir el diálogo filosófico que recoge aquella última conversación, Gregorio pusiera en boca de Macrina los razonamientos platónicos sobre la inmortalidad del alma, convirtiéndola en maestra allí donde el filósofo griego había sido maestro. La mujer que nunca escribió una línea se convirtió, gracias a su hermano, en una de las voces más singulares de la filosofía cristiana antigua. Cuando Gregorio llegó al monasterio del río Iris, supo que llegaría tarde. Pero comprendió, mientras cerraba los ojos de su hermana, que la vida le había sido entregada para que la contara.