Se abolló la corona
La aprobación de un Plan B electoral disminuido en el Senado deja mucho más que un ajuste técnico: abre una serie de lecturas políticas que exhiben debilidades, reconfiguran alianzas y anticipan un escenario más complejo rumbo a las elecciones intermedias.
La primera lectura es inevitable: perdió la presidenta Claudia Sheinbaum. Lo que originalmente se planteó como un ambicioso Plan A y B —con la eliminación de diputaciones plurinominales, la desaparición de 32 senadurías, la reducción del 25% del financiamiento a partidos y la incorporación de la revocación de mandato en la elección intermedia—, terminó convertido en una versión recortada, con alcances limitados y con un costo político elevado.
El resultado no solo implica una derrota legislativa parcial, sino una señal clara de fragilidad política. La presidenta no logró alinear ni siquiera a sus aliados naturales.
Ni el Partido Verde ni el Partido del Trabajo cedieron ante la presión del Ejecutivo. Esto revela que el poder presidencial, aunque fuerte en narrativa, encuentra límites en la operación política real.
Ahí emerge la segunda lectura: la falla de los operadores. Nombres clave como Rosa Icela Rodríguez de Segob, Ricardo Monreal e Ignacio Mier, pastores del oficialismo en el Congreso, quedaron a deber.
La falta de acuerdos no puede explicarse únicamente por la resistencia de los aliados; también responde a una deficiente construcción de consensos.
En política, imponer no sustituye a negociar, y en este caso, la negociación simplemente no existió o llegó demasiado tarde.
A ello se suma el papel de Pablo Gómez, cuya conducción del proyecto se percibió como rígida, cerrada y poco sensible a las dinámicas parlamentarias. El enfoque técnico sin lectura política terminó por aislar la propuesta.
Más aún, la debilidad de las áreas jurídicas de la Presidencia dejó flancos abiertos que facilitaron la fragmentación del proyecto original.
El resultado fue un “Plan B” que, lejos de fortalecer el sistema electoral, genera preocupaciones en torno al federalismo. Los ajustes aprobados trasladan presiones políticas a estados y municipios, con ahorros marginales que difícilmente justifican el costo institucional.
En lugar de una reforma estructural, lo que se obtuvo fue un rediseño parcial con impactos desiguales y cuestionables.
La tercera lectura apunta al reacomodo de fuerzas dentro de la propia coalición gobernante. El Partido del Trabajo y el Partido Verde emergen fortalecidos. No solo resistieron la presión presidencial, sino que capitalizaron su posición para avanzar en sus propias agendas políticas.
Su interés en gubernaturas como San Luis Potosí y Zacatecas, así como sus acercamientos estratégicos —incluso con Movimiento Ciudadano en estados clave como Nuevo León— muestran que ya no son aliados subordinados, sino actores con agenda propia.
Este empoderamiento redefine la dinámica interna de la llamada Cuarta Transformación. La coalición deja de ser un bloque compacto y comienza a mostrar fisuras que, de no atenderse, podrían profundizarse conforme se acerquen los procesos electorales.
Del otro lado del tablero, la oposición encuentra un respiro. Partidos como el PAN, el PRI y Movimiento Ciudadano reciben esta derrota del oficialismo como un auténtico tanque de oxígeno.
No se trata solo de haber frenado una reforma electoral impulsada desde el poder, sino de haberlo hecho en un momento estratégico: la antesala de las elecciones intermedias.
La narrativa opositora se fortalece. Pueden argumentar que el oficialismo no es invencible, que existen contrapesos reales y que la construcción de mayorías no está garantizada.
Esto podría traducirse en una mayor competitividad electoral y en una reactivación de estructuras partidistas que venían debilitadas.
Pero quizá la lectura más relevante está en lo que viene. La llamada “operación cicatriz” dentro de la 4T será inevitable. El oficialismo tendrá que cerrar filas con sus aliados, recomponer relaciones y redefinir mecanismos de negociación.
Sin embargo, las fisuras son profundas. No se trata solo de diferencias coyunturales, sino de intereses políticos divergentes que difícilmente desaparecerán.
En este contexto, el estilo de liderazgo de la presidenta será determinante. Existe el riesgo de un endurecimiento, de buscar responsables internos o externos, de privilegiar la confrontación sobre el diálogo. Si esa es la ruta, el costo político podría ser aún mayor.
La alternativa, más compleja pero más rentable, sería tender puentes. No solo con sus aliados, sino también con la oposición. Apostar por acuerdos de Estado, por reformas construidas desde el consenso y no desde la imposición.
Entender que la gobernabilidad en una democracia plural exige ceder, negociar y escuchar.
El episodio del Plan B disminuido deja una lección clara: el Poder Legislativo no es una extensión automática del Ejecutivo. Y en esa realidad, la política —la de verdad— vuelve a ocupar el centro del escenario.
Desde San Lázaro, lo que se observa no es solo una reforma recortada, sino un reacomodo del poder. Y ese reacomodo apenas comienza.