De las procesiones de Semana Santa se ha dicho de forma poética que semejan ríos que caminan, con arboledas de cofrades silenciosos en sus orillas. Es una imagen muy hermosa incluso en este invierno de ríos desbordados, pero a mí me parece más sugerente comparar las procesiones a un huerto urbano, que en endecasílabos podría describirse como un «huerto urbano sembrado de esperanza que abre su propio surco en el asfalto; crece de noche con la luna en alto; riega de sangre la raíz descalza. Huerto móvil de guías sepulcrales de las que pende el alma como un fruto, brillante entre las lágrimas del luto que inunda mi ciudad de soportales. Huerto místico, de azada cruciforme, que un día aró la salvación del mundo: cultivo más sagrado, más enorme. Huerto trágico y a la vez feliz; jardín de dolores y de amor fecundo, flor de lo profundo de Valladolid». Tengo entendido que trabajar este huerto, es decir, ser cofrade, conlleva beneficios espirituales en forma de indulgencias; que procesionar acorta la estancia en el purgatorio. Por desgracia para mí, mi cofradía carece de estas ventajas, porque sepan ustedes que yo pertenezco a la segunda cofradía más antigua de todas las que existen: la de los cofrades de acera. No me creen, pero cuando la primera cofradía salió por primera vez, inmediatamente se formó una agrupación espontánea de fieles en aceras y balcones, hermanados en la fe. No se puede negar la continuidad de la hermandad penitencial de los cofrades de acera ni su presencia en todas las ciudades y pueblos con procesiones de Semana Santa. Les puedo decir que esta cofradía se rige por su propia regla, si bien se trata de una regla no escrita, cuya primera norma es bien clara: una vez se encuentra el sitio desde el que asistir a una procesión no se cambia bajo ningún concepto. La búsqueda puede ser larga, pero el hallazgo es definitivo. Por ejemplo, yo siempre espero frente al Hospital Clínico de Valladolid la procesión de Penitencia y Caridad cada Jueves Santo, en un lugar concreto donde puedo ver al personal sanitario y a los pacientes mientras ofrecen un ramo de flores al paso de la Virgen de la Piedad, que hace estación allí con su cofradía. La puerta de un sanatorio supone el lugar perfecto para cantar la salve popular, «a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas», y el Hospital Clínico es el lugar perfecto incluso para morirse: cruzas la calle y, a la vuelta de la esquina, estás en la calle del Paraíso. (No he podido evitar hacer el chiste, pero es que a la luz de la fe todo tiene gracia, incluso la muerte). He encontrado mi lugar definitivo como cofrade de acera en esa procesión, pero en otras a las que habitualmente asisto todavía no lo he conseguido. Esa misma mañana deambulo, quizá penosamente, por la plaza de Santa Cruz vallisoletana, año tras año, maldiciendo mi baja estatura, buscando un bordillo libre desde el que divisar la salida del Santísimo Cristo de la Luz a hombros de la Hermandad Universitaria. Esta talla es una de las más exquisitas del imaginero Gregorio Fernández, gloria del barroco castellano, así que si hay suerte y en el momento que aparece el Cristo sale el sol, es el momento más bello no de toda la Semana Santa, sino de todo el año. Tal vez ese exceso de belleza me impide serenarme y encontrar mi sitio en esa procesión, porque el buen cofrade de acera no es un turista, sino que mira hacia dentro. Cuando rinda cuentas de mi vida, si nuestro Señor me pregunta ¿me buscaste?, le podré responder: sí, Jesús mío, lo hice: poniéndome de puntillas en los bordillos de la plaza de Santa Cruz. Otras de las normas no escritas de los cofrades de acera nos exhortan a socorrer pacientemente a los turistas despistados. Mirar con gesto de reproche a los transeúntes que cruzan por el medio de las procesiones. Sonreír a los abuelos que explican a sus nietos lo que pasa. Dejar pasar a esos niños a la primera fila. Pero la norma más importante, para mí, es ir del brazo de mi esposa, que tiene mucha mejor memoria que yo y me saca de dudas con esas cofradías con hábitos fáciles de confundir. Me van a perdonar, pero los cofrades son como las setas y siempre se corre el riesgo de tomar a unos por otros. Por pudor no les diré cuántas de las veintiún cofradías de mi ciudad son las que yo no consigo distinguir de memoria por su atuendo, pero cada año repito en voz baja sobre la acera la misma conversación con mi mujer, preguntándole siempre lo mismo y hasta en los mismos términos, en esa dinámica conyugal que tanto se parece a la oración: hablar sin saber realmente si el otro escucha; preguntar sin prestar atención a la respuesta. También se ha dicho, de forma poética, que con las procesiones las calles se vuelven templos, pero a mí me llama la atención que, por el contrario, a ras del suelo las calles se convierten en hogares: bajo la luz solemne de los hachones el asfalto se transforma en dormitorio, cocina y baño al paso tierno de los pies descalzos. Por otra parte, si las calles se vuelven templos la misma catedral de Valladolid se hizo calle aquellos años convulsos en los que hubo que cobijar en su interior todas las procesiones. A lo mejor se metió también todo el frío de Castilla, y ese relente nocturno persiste desde entonces entre sus arcos herrerianos, para recordarnos que en muchos lugares del mundo hoy también hay una iglesia perseguida que esconde sus procesiones. Es llamativo el carácter callejero de estas celebraciones. Tenemos hasta calles figuradas, como la calle de la Amargura o el Vía Crucis, que convierte en vía única las calles del centro de las ciudades, delimitando una ZBE que no es zona de bajas emisiones, sino zona de benditas emociones. Zonas donde el bullicio y el desorden cotidiano se suspenden y dejan que se abra un paréntesis de solemnidad, lentitud ritual, recogimiento y silencio. No he podido evitar hacer otro chiste, pero como dije antes, a la luz de la fe todo tiene gracia; todo tiene gracia con minúscula y todo es Gracia con mayúscula.