La fuga de Segovia, a mayor gloria de ETA
V eintinueve presos se escaparon de una cárcel segoviana el 5 de abril de 1976. Todos tenían condenas de larga duración. La gran mayoría era de ETA (V Asamblea), aunque también había miembros del FRAP, del PSUC y un anarquista del Movimiento Ibérico de Liberación. El mundo político y cultural de la izquierda y nacionalista vio en aquello una hazaña. De hecho, Imanol Uribe dirigió el filme «La fuga de Segovia» en 1981, que recibió el Premio de la Crítica en el Festival de San Sebastián de ese año. La película tuvo tal éxito en su estreno en los cines del País Vasco que superó la recaudación de «Superman» o de «La guerra de las galaxias».
Los presos usaron para la huida el sistema de alcantarillado de la ciudad. Eran galerías con una altura suficiente para que un hombre de estatura media pudiera caminar de pie. Accedieron a la red de aguas residuales a través de uno de los servicios de la primera galería del centro penitenciario. No era la primera vez que alguien trataba de fugarse por ese camino: ya había sido utilizado en dos intentos que resultaron fallidos. En el momento de la fuga, el centro albergaba a un total de 55 presos considerados políticos o condenados por actividades subversivas.
La huida tuvo lugar entre las dos y las seis de la tarde. Aprovecharon la hora de comer para salir por el váter hasta la alcantarilla. La alarma saltó en el recuento vespertino, cuando advirtieron que faltaban 29 presos. Para entonces, los fugados habían recorrido las cloacas segovianas hasta desembocar en un colector próximo a la embotelladora de leche Celese –que desapareció en 1993–, situado muy cerca de la carretera de Segovia a Madrid por el pueblo de San Rafael.
La reacción de las autoridades fue inicialmente de un hermetismo absoluto. Tanto el Gobierno Civil como la Guardia Civil y la policía de Segovia evitaron facilitar información oficial durante las primeras horas, remitiendo cualquier consulta al Ministerio de Justicia en Madrid. El objetivo era pillar a los fugados, no servir a la prensa. El alcalde de la ciudad, Luciano Sánchez Reus, manifestó haberse enterado de la noticia a través de los periódicos. Mientras tanto, en Segovia se desplegó la Fuerza Pública, con refuerzos de la Policía Armada de Valladolid y de la Escuela Especial de Aguilafuente, así como el uso de perros de rastreo. Se establecieron severos controles en todas las carreteras de salida y se llamó a todo el personal policial que estaba franco de servicio.
Era claro que los fugados contaban con apoyo exterior. Un pastor vio un camión de pequeño tonelaje con aspecto extraño, cerca del cual rondaban dos chicos y una chica. Al acercarse, los jóvenes montaron en el vehículo y se dieron a la fuga. Algo parecido ocurrió en las inmediaciones de la fábrica Celese, entre las cinco y seis de la tarde. También se vio, o eso dijo la prensa del momento, que un coche azul con matrícula de Madrid fue detenido por la policía tras una persecución de película.
Libertad con restricciones
Los grupos avanzaban hacia el norte en dirección a Navarra con la idea de pasar a Francia. El despliegue de las fuerzas del orden fue muy eficaz. Fueron localizados muy pronto. Fue así que 24 de los fugados fueron detenidos en las primeras 48 horas. La Guardia Civil hizo un amplio despliegue que rodeó la zona de Burguete, Roncesvalles, Valcarlos y los montes navarros. Uno de los fugados murió en su enfrentamiento con las fuerzas del orden. Se trataba de Oriol Solé Sugranyes, el anarquista, que había sido compañero de Puig Antich, ajusticiado en marzo del 74.
Solo cuatro de los fugados consiguieron llegar a Francia. Los detuvo la policía francesa, y les abrió expediente administrativo. No fueron devueltos a España, sino ingresados en un centro de retención para personas sin papeles. Al poco tiempo pasaron a ser considerados «refugiados» a pesar de pertenecer a ETA, lo que suponía libertad con restricciones, obligación de residir en una localidad determinada, y control judicial periódico. Esos cuatro eran Carles García Solé, Mikel Laskurain, Koldo Aizpurua y Jesús María Muñoa, que narraron en mayo de 1976 su experiencia a Jesús Ceberio para «El País»: habían estado en un chalet de Espinal (Navarra) hasta que decidieron cruzar la frontera a pie. Fueron tratados como «refugiados» y se integraron en las redes de apoyo al terrorismo de ETA. Regresaron a España en 1977 con el decreto de amnistía general.
Uno de los fugados, Ángel Amigo Quincoces, etarra, escribió la experiencia en un libro titulado «Operación Poncho. Las fugas de Segovia». El testimonio ganó el Premio Euskadi de Plata organizado por los libreros de Guipúzcoa en 1978. Amigo fue coguionista y productor ejecutivo de la película de Uribe.