«Proyecto Salvación»: el futuro, en manos de Ryan Gosling (y una roca)
Hay dos tipos de películas sobre el fin del mundo: las que confían para salvarlo en un tipo duro e impasible con mandíbula de granito y las que apuestan por alguien que, en realidad, preferiría estar en su casa corrigiendo exámenes. «Proyecto Salvación» pertenece, afortunadamente, al segundo grupo. La nueva adaptación de la novela de Andy Weir –el mismo autor que ya demostró con «Marte (The Martian)» que la ciencia también puede tener gracia– parte de una premisa inquietante: el Sol se está apagando y la humanidad entra en modo cuenta atrás. No hay botón de reinicio. Tampoco hay un plan B del que echar mano. En ese escenario aparece Ryland Grace, interpretado por [[LINK:TAG|||tag|||6336159187d98e3342b26ccf|||Ryan Gosling]]: profesor de secundaria, científico vocacional y héroe muy a su pesar. Es, en esencia, el tipo al que uno le preguntaría por un experimento de laboratorio, no por el destino de la especie humana. «Es un viaje épico», explica Gosling. «Pero lo interesante es que Grace no es valiente en el sentido tradicional. No se cree un héroe. Y aun así sigue adelante». El propio Gosling recibió el manuscrito a comienzos de 2020, en ese momento en el que el mundo real empezaba a parecerse peligrosamente a una película distópica. Cines cerrados, rodajes paralizados y la sensación general de que alguien había revolucionado el guion sin avisar.
«Había algo muy apropiado en leer esta historia en ese contexto», recuerda el actor. «Habla de enfrentarse a algo imposible y de no rendirse». Una idea que, vista la época, no sonaba precisamente lejana o ajena. Lejos de lanzarse a la piscina en solitario –quizá porque la película va justo de lo contrario–, Gosling, también productor, decidió rodearse de un equipo a la altura del reto. No tardó en llamar a los directores Phil Lord y Christopher Miller para que se sumaran al proyecto. La pareja de cineastas, responsable de convertir ideas improbables en éxitos (de «La LEGO película» a «Lluvia de albóndigas»), encontró en «Proyecto Salvación» algo más que un espectáculo espacial. «Lo leímos en 24 horas», cuenta Miller. «Me fui a dormir a las cinco de la mañana. Necesitaba saber cómo acababa».
Entenderse pese a todo
Lo que les atrapó no fue solo la premisa, sino el giro que propone la historia. «Empieza como una película de catástrofes», explica Lord. «Pero en realidad acaba siendo algo mucho más ‘‘pequeño’’… y mucho más interesante: dos individuos (o seres) que tienen que aprender a entenderse». «Nosotros no la vemos como una película de ciencia ficción», añade Miller. «La vemos como una historia humana. Una historia sobre una relación, sobre una amistad». Y sí, esa amistad incluye a un ser (un pedruzco entrañable) que no comparte ni idioma, ni forma, ni –previsiblemente– ADN.
Ahí es donde la película encuentra su verdadera identidad. Lo que empieza como una misión imposible en soledad deriva en una colaboración improbable, construida a base de matemáticas, ensayo-error y mucha paciencia. Nada de discursos épicos: aquí se trata, básicamente, de entenderse sin diccionario.
La adaptación de la novela, a cargo de Drew Goddard –que ya llevó al cine con éxito otra obra de Weir: «Marte»–, opta por una solución inteligente: convertir el pensamiento en acción. Si en la novela todo ocurre en la cabeza del protagonista, en la película cada problema se resuelve a la vista del espectador. «Aprendimos que no hacía falta simplificar la ciencia», explica Goddard. «Al público le gusta ver cómo se resuelven las cosas, incluso cuando son complicadas». O, dicho de otro modo: nadie se queja si le explican algo difícil siempre que también le entretengan por el camino.
Uno más uno, más que dos
Lord y Miller recogen esa idea y la llevan a su terreno: ritmo ágil, humor bien colocado y una narrativa que no subestima al espectador. La ciencia está ahí, pero no como obstáculo, sino como lenguaje común entre personajes que, de entrada, no tienen absolutamente nada en común. Y es precisamente ahí donde «Proyecto Salvación» marca la diferencia respecto a otras propuestas del género. Aquí no hay un héroe solitario salvando el día en el último segundo. Hay colaboración. Hay errores. Hay aprendizaje. Y, sobre todo, hay una cierta insistencia en que entender al otro –aunque venga de otra galaxia– es más útil que intentar imponerse.
Para Gosling, ese es el verdadero corazón de la historia. «Es una película sobre lo que ocurre cuando las personas se unen con imaginación y buena voluntad», señala. «Sobre la idea de que, incluso en las situaciones más difíciles, pueden pasar cosas extraordinarias». Puede sonar optimista. Incluso ingenuo. Pero en un contexto en el que todo parece diseñado para lo contrario, la propuesta tiene algo casi subversivo: defender que escuchar sigue siendo una herramienta fundamental. Así, entre fórmulas, naves espaciales y algún que otro momento de tensión, «Proyecto Salvación» construye una épica distinta. Menos basada en la fuerza y más en la capacidad de cooperar. Menos en el individuo y más en el equipo.