El "tic tac" de los relojes: una obsesión real
El tiempo siempre ha sido una obsesión. O, mejor dicho, controlar el tiempo siempre ha sido una obsesión en la que, de momento, el hombre sale perdiendo por goleada. Siglos y siglos de lucha en la que, salvo en la ficción, no hemos logrado controlar ese mundo del espacio-tiempo. Pero a falta de ello, la fijación se ha centrado en acumular relojes que, al menos, nos digan en qué momento del día vivimos. No eres élite si no tienes un buen peluco, de los caros, bien caros, para lucir en una boda, un bautizo o una comunión. O en una alfombra roja. No eres "nadie" si no tienes un cajón con decenas de ellos para ponerte, en algún instante de la semana, en la muñeca. Cuanto más brillantes y más caros, mejor, por supuesto. Los relojes son poder, como nos recuerda 'La precisión del tiempo'.
Porque el "capricho" de los relojes no es nuevo. Siempre el poder ha tenido obsesión con las manecillas y su "tic tac": para muestra, la nueva exposición de la Galería de las Colecciones Reales, donde Patrimonio Nacional abre al público buena parte de los más de 700 relojes de los Reales Sitios que conserva. En concreto, esta vez se centra en el siglo XIX, un tiempo en el que se heredó la tradición de los monarcas previos (Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV). Entre todos tejieron un "importante y valioso", señalan desde Patrimonio, conjunto de relojes que adquirieron de los grandes maestros: Ferdinand Berthoud, John Ellicott, Pierre Jacquet-Droz, Lépine...
Muchos relojes para el rey
La fiebre era tal (y había tantos aparatos a los que dar cuerda) que, en 1788, Carlos III aprobó la creación de la Real Fábrica de Relojería que dirigiría el presbítero Vicente Sion y que tuvo en Abraham Matthey a su maestro principal, aunque apenas tuvo recorrido. No tardó en cerrar. Sin embargo, el reinado de Carlos IV encontró en su monarca al gran coleccionista de relojes. Una afición poco corriente para la fecha. Explica Patrimonio Nacional en su web que cuando dejó España, en 1808, "se ocupó personalmente" del traslado de las piezas: "Poseía millares de pequeño tamaño y centenares de sobremesa". "Él fue quien realmente decoró todos los palacios y sitios reales con el mayor número posible de relojes franceses", explicaba a LA RAZÓN la conservadora de Patrimonio Amelia Aranda Huete en un reportaje de 2024.
La de relojero era una profesión pagada en palacio con 22.500 reales de vellón. Eso era lo que ingresaba Thomas Hatton al año cuando llegó desde Londres para alojarse en el Palacio del Buen Retiro y ponerse al servicio de Felipe V. Y no fue el único: Manuel Sánchez Salazar, Fernando van Ceulen, Guillermo Poulton, Nicolás Martín de la Penna... fueron otros ilustres del gremio.
Pero la Guerra de la Independencia (1808-1814) y la invasión napoleónica provocaron un particular terremoto en la península Ibérica y con ello se produjo "la pérdida y el abandono de muchos de estos objetos registrados en los inventarios palaciegos", apunta la Galería de las Colecciones Reales. Fue por este motivo por el que Fernando VII, una vez restituido en el trono español, "comenzó a adquirir relojes para decorar de nuevo los palacios y las residencias reales"; a los que se unieron los que recibió de su padre, Carlos IV, y de otros familiares como su tío el infante Antonio Pascual de Borbón.
Representantes del monarca
"El monarca acudió a comerciantes españoles y extranjeros y a personal diplomático adscrito a las embajadas que actuaron como intermediarios entre el rey y el relojero". Uno de los proveedores que más objetos suministró al monarca fue Rafael Francisco Garreta, de origen español aunque afincado en París. No tardaría en trasladarse a Madrid para abrir una tienda-almacén en la Carrera de San Jerónimo en la que vendió mobiliario, lámparas, relojes, joyas... de 1817 a febrero de 1831, cuando falleció. Unos objetos que todavía se conservan en las Colecciones Reales, apuntan del "tesoro" de un hombre que "también ejerció como representante en la corte madrileña de varios comerciantes extranjeros que confiaron en él sus productos".
Otros nombres como Beltrán Lagaillarda o Mauroner y Falcó Hermanos igualmente importaron relojes desde París por encargo del monarca, como se ha conservado en los documentos del Archivo General de Palacio Real.
De este modo se confirma el aforismo de que "el reloj siempre se ha considerado un signo de poder"; y la piezas eran mimadas con cajas fabricadas en mármol, bronce dorado y pavonado, maderas ricas, porcelana y cristal era muy exclusiva. "Las personas con alto poder adquisitivo que anhelaban disfrutar de uno de estos objetos debían satisfacer por ellos una importante cantidad de dinero. Aparte del coste de la máquina si querían una caja particular, única, tenían que pagar al diseñador que ideaba el dibujo, al oficial que lo reproducía en arcilla para comprobar el resultado final, al artífice que ejecutaba la caja -broncista, ebanista, platero-, al esmaltador que pintaba la esfera, al dorador, etc -presenta la Galería-. El auge económico de la alta burguesía y el interés por adquirir estos objetos a un precio más asequible propició y favoreció la producción en serie. Un modelo ya no era exclusivo de un solo propietario, sino que se copiaba e imitaba utilizando incluso otros materiales. Y para difundir estos modelos se distribuyeron por los talleres y por los comercios láminas con dibujos de cajas de relojes que con el tiempo se convirtieron en álbumes y catálogos".
Estilos para todos los gustos
Así se presentaba un siglo XIX en el que se sucedieron una serie de estilos estéticos "con mayor o menor éxito", apunta la muestra. En los primeros años triunfó el movimiento neoclásico, inspirado en la antigüedad griega y romana. "Los descubrimientos arqueológicos alimentaron los asuntos representados en las cajas de los relojes, fabricados por lo general en bronce dorado y pavonado. Dioses, musas, filósofos, héroes, alegorías, etc. protagonizaron los asuntos representados". A esta moda le sucedió la romántica: "Las cajas retornaron al barroquismo y los motivos más solicitados fueron las liras, los pórticos, la representación de escenas de la vida cotidiana, el exotismo oriental y la reproducción de edificios góticos. Se incorporó en la fabricación de las cajas la porcelana policromada y el cristal tallado, transparente o coloreado y se recuperó la madera y el mármol".
El Segundo Imperio francés trajo consigo un movimiento "ecléctico" en el que convivieron "cajas austeras de perfiles rectos, fabricadas preferentemente en mármol blanco o negro, con otras que imitaban los estilos artísticos del siglo XVIII: Luis XIV y Luis XVI. En estas últimas se recuperó la rocalla, la vegetación frondosa y la curva exagerada y recargada. De nuevo, el bronce dorado se convirtió en el protagonista de la caja".
Y de esta forma, Isabel II continuó adquiriendo relojes de fabricación inglesa, francesa y española para una corte en la que "destacan importantes relojeros que prosiguieron con la labor de estudiar y fabricar instrumentos y mecanismos de precisión e incorporar nuevos avances en la medición del tiempo". Uno de esos nombres es el de Santiago James Moore French, relojero y cronometrista de origen irlandés: "Estableció fuertes vínculos comerciales con la corte española", y prueba de ellos es la docena de relojes que aún se conservan en las Colecciones Reales.