La poderosa
María Jesús Montero ha iniciado la campaña para la presidencia de la Junta de Andalucía con una afirmación, bastante reveladora, y que parece va a ser uno de los ejes de la campaña. Ha dicho, sobre sí misma, que «probablemente, ha sido la mujer con más poder de la democracia». Sin duda, quiere transmitir a los andaluces la suerte que tienen de que se haya sacrificado por ellos, se lo recuerda porque un favor de semejante tamaño exige una contraprestación en forma de voto. El problema es que los andaluces no han pedido que se presente y, en todo caso, el favor se lo harían a ella si la colocasen al frente del gobierno autonómico, cosa que le debe parecer poco, pero se conformaría.
Pero lo que es realmente preocupante es lo que la frase deja entrever, todo un concepto de la política. Los hechos son que Montero no ha cumplido con la obligación de presentar, en nombre del gobierno, un proyecto de Presupuestos Generales en ninguno de los tres años de la presente legislatura y que han sido rechazadas sistemáticamente otras iniciativas parlamentarias, como varios decretos ómnibus o la senda de déficit. El Ejecutivo no tiene una mayoría suficiente para poder gobernar y cualquier medida debe tener previamente el visto bueno de Puigdemont, de Junqueras, del PNV, de Bildu, de Podemos y de sus socios de Sumar.
La situación ha sido tal que, desde la Moncloa, se dieron instrucciones para intentar sacar el máximo número de medidas mediante la formula del decreto, una herramienta subsidiaria en una democracia sana, evitando las votaciones en el Congreso.
Montero no ha gobernado, de otra manera sería inconcebible que un gobierno socialista promoviese una financiación autonómica que rompiese el principio de igualdad y que privilegiase a los más ricos. En realidad, Montero se refería a que ha recibido más nombramientos que ninguna otra mujer, llevaría razón, pero eso no es poder, porque tenerlo equivale a poder tomar decisiones de gobierno y eso es algo que no ha podido hacer.
Sus palabras definen el concepto que tiene el sanchismo del poder mejor de lo que lo que lo haría cualquier observador e, incluso, cualquier adversario. Lo conciben en términos de cargos y sillones, no de capacidad para llevar a cabo un proyecto político de transformación del país.