La guerra de Irán, la mayor amenaza energética en décadas
El presidente Trump ha planteado a los nuevos dirigentes de Irán una transaccional muy clara tras bombardear las instalaciones militares en la principal terminal petrolera de Irán: «Si me permites transitar con garantías por el estrecho de Ormuz, no doy la orden de acabar con las instalaciones industriales de la Isla de Jarg, que actualmente vende a China el 90% de su producción de crudo».
Si esta transaccional no funciona, es factible ejecutar la alternativa militar de ocupar estas instalaciones con los miembros de los cuerpos especiales que están siendo trasladados a la zona con el objetivo inicial de paralizar la exportación de crudo y estrangular la fuente del 65% de los ingresos del régimen teocrático.
Irán siempre ha manifestado abiertamente su capacidad para atacar a los barcos que transitan por el estrecho de Ormuz como una válvula de presión, ya que es además un cuello de botella del comercio mundial. Ya se hizo en 1988, 2012 y 2019. Además, a finales de enero de 2025 se realizaron unas maniobras militares, Eqtedar, donde se mostró al nuevo presidente de los EE UU la capacidad de actuación de la guardia revolucionaria iraní ante una posible invasión. No se mostraron públicamente ni drones ni bombas lapa, pero se dejó muy clara la posibilidad de hacerlo como así ha ocurrido.
Un despliegue preventivo
Todo apunta a que un despliegue militar «preventivo» previo por parte de Estados Unidos estaba ya concluido tanto en su faceta naval como en la de la fuerza aérea antes del ataque. La aparente precipitación de la operación militar de apoyo por parte de los EE UU a la fuerza áerea del Estado de Israel ha quedado públicamente justificada por la contundente eliminación del líder supremo de Irán, Ali Jamenei, aprovechando una ventana de oportunidad documentada por los eficaces servicios del Mossad y de la CIA.
Pero ¿cuánto podrán aguantar las economías occidentales en esta situación antes de entrar en una crisis económica severa? Estamos ante la mayor amenaza global a la seguridad energética vivida por Occidente en décadas. Irán ha atacado el centro de producción de Ras Tanu en Arabia Saudí y una planta gasística en Bahrein. Israel respondió bombardeando las instalaciones de Asaluyeh y los yacimientos de South Pars, los mayores del mundo. Qatar Energy ha confirmado el ataque recibido a sus instalaciones conjuntas con Shell de GNL en Ras Laffan, las terceras productoras del mundo.
La previsión es que serán necesarios 12 meses para recuperar la producción en Qatar, que ha visto volatilizar en unas horas el 9% de su PIB. Los precios actuales del gas convierten la producción de la industria italiana y alemana en insostenible. El resultado de esta situación produce mucha tensión en los mercados, un aumento de la incertidumbre y de la volatilidad, una subida de los precios del crudo, de los bienes, servicios y de la temible inflación por un claro shock energético de oferta. La gravedad de la crisis depende de dos factores clave, la duración del bloqueo del tráfico marítimo en la zona y el impacto sobre el mercado de las infraestructuras de producción y refinado de crudo que vayan siendo destruidas por la guerra. Los bancos centrales están viendo la subida de la rentabilidad de los bonos soberanos, y pueden tener la tentación de subir los tipos de interés para controlar la inflación prevista, con el riesgo de afectar al crecimiento. Y ese movimiento de ajuste al alza de tipos mal ejecutado o realizado antes de tiempo puede dar la puntilla a las principales economías generando la temida recesión o incluso estanflación, la subida de precios sin crecimiento de la economía.
Si la guerra dura en torno a los tres meses, la decisión tomada por la Agencia Internacional de la Energía, la sexta en su historia, de liberar las reservas estratégicas de petróleo de 400 millones de barriles para compensar la interrupción del suministro, habrá resultado suficiente para que el barril del petróleo no escale de los 100 dólares actuales, que es el umbral psicológico no alcanzado desde agosto de 2022.
Otro punto importante es el efecto que esta guerra pueda tener en las relaciones entre EE UU y la UE. Acabo de volver del Cuartel General de la OTAN en Bruselas, donde he participado en una serie de intensas discusiones en el seno del LIV Curso de Defensa Nacional que organiza el CESEDEN.
La OTAN no tiene ningún sentido sin los EE UU. Es una potente organización defensiva profesionalmente administrada encargada de mantener la paz mediante una disuasión basada en las capacidades convencionales de los ejércitos aliados de EE UU, Canadá y Europa, que son capaces de trabajar conjuntamente en misiones complejas. Como ya hemos visto recientemente en Groenlandia, Chipre y Turquía, el compromiso y lealtad entre los aliados es total para aquellas misiones que se soliciten por los mecanismos reglamentarios existentes, al margen de las declaraciones públicas y el ruido mediático contundente producido por algunos dirigentes políticos.
Por otra parte, la guerra puede tener un impacto significativo y muy negativo en las aspiraciones del Partido Republicano en las midterm de noviembre, ya que perdería la mayoría del Congreso. La guerra de Irán ha pasado a dominar el debate electoral, por encima de los temas económicos a los que afecta directamente. Implica la subida de precios del combustible, de los fertilizantes y la cesta de la compra del votante medio republicano dividido tanto el procedente de la coalición MAGA como de los estados agrícolas y los estados swing del Midwest que cambian el voto (Michigan y Wisconsin). Un 34% de sus votantes son contrarios a la guerra por el aumento de los precios y por la frustración de volverse a ver involucrados en una guerra extranjera. Y eso ahora que no han empezado a llegar posibles bajas masivas de guerra.
Si recordamos la principal razón de la intervención militar coordinada entre la fuerza área de Israel y los EE UU, Furia Épica, tras el fracaso de las negociaciones, era la neutralización total del régimen teocrático de Irán, factor de inestabilidad que apoya al terrorismo, como una nueva potencia nuclear con miles de misiles balísticos, obsesionada con acabar con la existencia del Estado democrático de Israel, un conflicto que comenzó en octubre de 2023. Israel es el principal aliado estadounidense en una zona clave para el comercio mundial del crudo y sus derivados.
Tras varias semanas de conflicto, la armada y la fuerza áerea de Irán ha desaparecido, el líder supremo ha sido eliminado, las instalaciones nucleares han sido destruidas y el gran stock inicial de misiles balísticos y drones ha disminuido de una manera evidente. En términos de resultados, el gran objetivo estaría cumplido, con un Irán muy debilitado y cercano al colapso económico, militar y social aunque con importantes efectos secundarios.