El Viacrucis de esta Semana Santa está en el asfalto
¿Qué va a costar esta Semana Santa viajar en un coche de combustión? Porque este año, para millones de españoles, el auténtico via crucis no está en las procesiones, sino en las estaciones de servicio.
En solo unas semanas, el precio del diésel se ha disparado cerca de un 30% y la gasolina más de un 15%, convirtiendo un simple repostaje en un golpe directo al bolsillo. Depósitos que fácilmente superan los 90-100 euros ya no son una excepción: son la nueva normalidad.
Viajar se ha convertido, otra vez, en una cuestión geopolítica. Detrás de cada litro de combustible no hay solo energía: hay conflictos internacionales, tensiones en Oriente Medio y una dependencia exterior que sigue condicionando nuestra vida diaria.
Y eso es exactamente lo que sienten los conductores cuando miran la pantalla del surtidor de la gasolinera antes de emprender rumbo a las vacaciones. La volatilidad del petróleo no es nueva. Lo que sí es nuevo es la alternativa cada vez más evidente: el vehículo eléctrico.
Mientras recorrer 100 kilómetros en un coche de gasolina puede costar entre 9 y 11 euros (dependiendo del consumo y el precio actual), en un eléctrico, la cifra baja a unos 3-4 euros si recargas en casa. En un viaje largo de 600 km, la diferencia es brutal: más de 60 euros en gasolina frente a unos 30 euros en eléctrico. Cuanto más viajas, más se abre la brecha.
Sin embargo, la realidad española sigue siendo híbrida en todos los sentidos. El parque automovilístico sigue dominado por motores de combustión y, aunque el coche eléctrico avanza, lo hace a un ritmo que todavía no permite amortiguar estas crisis de precios.
El precio de adquisición del vehículo y la infraestructura de recarga siguen siendo barreras importantes en la percepción del usuario, incluso cuando el coste por kilómetro ya es claramente inferior. Ahí reside la gran paradoja de esta Semana Santa 2026: millones de conductores atrapados entre un modelo energético caro, inestable y sujeto a los vaivenes del barril de petróleo, y otro que ofrece estabilidad y ahorro, pero que aún no está plenamente consolidado.
Viajar en coche hoy ya no es solo elegir destino. Es elegir sistema energético de propulsión: seguir dependiendo de un precio que responde a guerras y bloqueos en estrechos internacionales o de decisiones de terceros países, o empezar a depender de una red eléctrica cada vez más renovable (solar y eólica), más local y, sobre todo, mucho más predecible en costes.
Esta Semana Santa no va a cambiar de golpe el modelo de movilidad de todo un país. Pero sí está dejando una señal clarísima: el debate ya no es si el vehículo eléctrico terminará llegando. El debate es cuánto estamos dispuestos a seguir pagando mientras llega.