Juan Gómez Bárcena: «Son los errores los que nos convierten en lo que somos»
Un padre, una hija, una pérdida. Juan Gómez Bárcena regresa con «[[LINK:EXTERNO|||https://www.casadellibro.com/libro-abril-o-nunca/9788432249518/17848147?srsltid=AfmBOoo4KBwG5q-sDOmtJJPlcvvpnqCyvBalcWnIW8qlBMA2Z1VZXWek|||«Abril o nunca»]] (Seix Barral), una inteligente exploración del duelo que reúne algunas de las obsesiones del escritor, como el tiempo —cómo transcurre en el mundo, cómo lo percibimos y lo que significa cuando estamos bajo los efectos de un trauma—, y reflexiona a la vez sobre el duelo, la necesidad de segundas oportunidades y cómo las emociones provocan en nosotros puntos de debilidad que pueden conducirnos a dar crédito a postulados, creencias o teorías que escapan a la lógica.
Viajar en el tiempo es pedir una segunda oportunidad.
La idea, en este caso, era plantear un viaje en el tiempo guiado por asuntos emocionales. La sensación es que en la vida deberíamos tener una segunda oportunidad, vivirla dos veces, porque, si no, es un borrador que no pasamos a limpio. El protagonista la necesita. Es cierto que todos cometemos los mismos errores y también que, como individuos, solemos repetir patrones, pero volver a vivirla nos daría ciertas ventajas y evitaría algunas cosas al tener información. Pero volver al pasado tampoco nos haría más felices: cometeríamos igualmente errores. Somos las personas que somos por nuestros errores y por nuestros aciertos. Los errores también nos convierten en lo que somos.
«Estamos viviendo una degradación que recuerda a la de los años treinta»
Son importantes.
Los aciertos se dan como algo natural. Aprendemos más de los errores. Cuando las cosas funcionan, somos menos conscientes del aprendizaje. Eso es lo que ocurre cuando acertamos. Los errores, en cambio, se graban en nosotros, sobre todo cuando son errores que nos obsesionan y nos obligan a cambiar. Los errores son nuestro mejor maestro.
Ahora estamos cometiendo algunos en el mundo.
Es la consecuencia lógica. Todo sistema tiende a la erosión. Aristóteles habla de tres sistemas de gobierno: la monarquía, que puede derivar en tiranía; la aristocracia, que puede terminar en la oligarquía, y la democracia, que puede conducirnos a la demagogia. Estamos viviendo esa degradación que recuerda, en este caso, a la de los años treinta. Muchos líderes encuentran referentes en los fascismos del siglo XX. No sé si es que no se aprende de los errores o si los sistemas tienden a vivir crisis periódicas, como todos los organismos.
La pérdida de una hija. Es el punto de partida de su libro.
Estaba buscando una pérdida traumática que comprometiera el futuro del personaje. Los hijos son la pérdida más dolorosa. Son una parte de nosotros, pero no es una persona a la que puedas abandonar. El niño, además, es una promesa de futuro, de una pareja. Uno nunca imagina que desaparecerá. Un hijo, en circunstancias normales, sobrevive. Es una promesa de futuro que se trunca y nuestro propio sentido de la realidad se ve afectado; por eso escogí este duelo, donde mejor encajaban los hechos de la novela.
«La memoria no es un relato fiel: estamos reconstruyendo el pasado»
Una reflexión interior.
Es sobre lo que uno siente cuando el tiempo se detiene alrededor. Me interesan la conciencia alterada y cómo deforma la manera de ver el mundo. En el duelo dejamos de ser capaces de ver cómo fluye el tiempo, y el tiempo se detiene. Vemos casi como una traición seguir hacia adelante. Desenclavarnos de ese pasado es una traición, pero no solo en mi personaje, sino que le ocurre a casi todo el mundo que atraviesa un duelo: vive cómo se detiene el tiempo.
¿Se aprende a olvidar?
El olvido es necesario. Gracias a que olvidamos podemos vivir el presente. Alguien que no olvidara reflexionaría mal. Estaría demasiado inundado de datos. Necesitamos olvidar para seguir hacia adelante. La memoria no es un relato fiel: siempre estamos reconstruyendo el pasado. Cuando vivimos un hecho traumático no podemos olvidar, porque, si tratamos de olvidar el dolor, es como si cerráramos esa herida. Hay personas que consideran eso una traición y no se consideran dignas de seguir hacia adelante. Creo que a las personas enclavadas en el pasado les molesta que continúe el mundo. Al personaje se le ofrece la oportunidad de volver a vivir, se le ofrece continuar, pero no quiere asumir ese paso.
«La desesperación es la principal consejera para tomar decisiones arriesgadas»
El apego. Otro tema.
En unos primeros estadios no es perjudicial. Uno tiene que familiarizarse con la pérdida, porque un intento rápido de olvido nos condenaría a reprimir la herida y eso no es bueno. Puede infectarse. Pero tiene que haber un momento en que una persona debe asumir la pérdida. El duelo patológico no resuelve nada. Mi personaje no habla, no pasa por el lenguaje y no tiene soporte emocional por eso.
La memoria no es buena…
Idealiza el pasado perdido y lo llenamos con lo bueno, pero si somos personas culposas y lo reconstruimos con la culpa, es perjudicial. Tenemos que ser conscientes de lo que tiene la memoria de narrativo, de decisivo, y saber que la memoria no es fiel, que los recuerdos cambian. Son falsos.
La desesperación lleva a acogernos a postulados, ideas o argumentos irracionales.
Tenemos aquí a una persona sensata, inteligente, que se entrega a una fe excéntrica. Había que justificar por qué el personaje caía en esa racionalidad, y la desesperación es precisamente la principal consejera para tomar decisiones arriesgadas y no tener capacidad crítica. El duelo es un tipo de locura, decía Freud. Muchas veces tomamos elecciones guiados no por la razón, sino por la emoción. Una de las emociones rectoras de nuestro tiempo es que el mundo debe adaptarse a mis expectativas más que yo a la realidad del mundo. Estamos en un momento de descrédito de los gobiernos en el mundo occidental, y esto puede ser peligroso porque lleva al fracaso de la iniciativa comunitaria o del Estado de Bienestar.