El día del carajazo
Desde que tengo memoria en la cocina de mi abuela suena ese anuncio de Radio Panamericana que nos llama a escuchar el llamado del mar con la promesa de que “volveremos a los puertos del progreso”. En paralelo, en clases de música en el colegio, aprendí a cantar “Tocopilla, Mejillones junto al mar” y a despreciar a Chile con toda el alma. La educación boliviana tiene un algo de chauvinismo que nos unifica a partir de enseñarnos a quién odiar. En mi caso, ese discurso caló tan hondo que el primer poema que escribí en mi vida fue uno de esos de corte decimonónico dedicado a la añorada recuperación del mar.
Al llegar a la adolescencia, comenzó a hacérseme incomprensible ese mismo sentimiento. Comencé a preguntarme qué realmente se celebra el veintitrés de marzo, dado que me parecía paradójico que festejemos el haber perdido una guerra. Recuerdo que un día le dije a mi mamá que planeaba escribir una novela distópica donde Bolivia recuperaba el mar, pero eso hacía que el país se vuelva mucho más corrupto y entonces esa recuperación se volvía algo inútil. “¿O sea que quieres que te exilien del país?”, me contestó ella, con absoluta consciencia de que gran parte del patriotismo boliviano se cifra justamente en esa añoranza tan vacía.
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La identidad nacional no se construye solo con historias de héroes o significados de símbolos patrios, sino primordialmente con afectos. El mar nos duele a todos los bolivianos no porque sintamos que hemos perdido algo, sino porque nos han enseñado ese dolor desde pequeños: en cada clase de la escuela, en los anuncios en la cocina de la abuela. El mar, más allá de ser un territorio concreto, se ha convertido en un sentimiento unificador de la identidad nacional.
Ya cuando me tocó hacer el servicio premilitar, viví gritando “¡Viva Bolivia, hacia el mar!” cada vez que tocaba retirarse a comer o a tomar un pequeño descanso. La enseñanza del afecto por el mar (ese sentimiento que es una mezcla de la añoranza y el odio al usurpador) se ha construido por una suerte de repetición disciplinaria. Y lo complejo del asunto es que existimos muchos que somos conscientes de que es un sentimiento inútil (porque sabemos que jamás vamos a recuperar el mar), cuya única función es la de unificarnos como nación.
Incluso existen personas que habitan ese nacionalismo con sarcasmo. Una amiga que tuve en la iglesia, en mis tiempos de católico, cumple años el veintitrés de marzo y se divertía diciendo que su cumpleaños era el día del carajazo. En la broma se encerraba la consciencia histórica de que esta fecha, en lugar de ser un recordatorio de los malos gobiernos que ha tenido el país, se usaba más para repetir la frase: “¡Que se rinda su abuela, carajo!”.
A estas alturas de la historia, me parece imposible que ninguna autoridad haya pensado en abolir el día del mar o abrir el debate al respecto. Sucede que hacerlo, implicaría romper uno de los pocos pilares del nacionalismo boliviano que funcionan con eficacia. Por eso mi mamá estaba segura de que yo acabaría exiliado si escribía esa novela de la que nunca escribí ni una línea (o al menos hasta ahora, así que, capaz nomás termino en el exilio).
Este año, el Ministerio de Educación ha ordenado reducir en las escuelas el tiempo dedicado a los actos cívicos del día del mar, lo cual me parece un acierto. Estamos en la época propicia para mover las cimientes de la identidad nacional. Es importante dejar de pensar a las fechas cívicas y los símbolos patrios como cosas inamovibles y eternas, y comenzar a verlas como cosas en construcción, en discusión, en permanente debate. No digo que haya que olvidar la historia o absolver a Chile, sino que creo importante dejar de definir Bolivia desde un sentimiento de carencia y odio al enemigo. Sí, tener a alguien a quién odiar es una estrategia retórica y política que funciona en cualquier país y sistema de gobierno, pero quiero creer que tenemos la audacia para pensar una identidad nacional que no necesite un enemigo para hacernos sentir unidos.
(*) Juan Pablo Vargas Rollano es escritor y educador
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