Bolivia: del partido dominante al pluralismo y una nueva gobernabiliad
Las elecciones subnacionales del 22 de marzo inauguran un ciclo político inédito: sin partido dominante, con decenas de siglas en disputa y sin garantías de que los nuevos gobiernos locales puedan funcionar con eficacia. Analistas advierten que la gobernabilidad estará amenazada en cuatro frentes simultáneos.
El domingo 22 de marzo, Bolivia elige 5.432 autoridades subnacionales en un escenario sin precedentes en la historia democrática reciente del país. No es solo la cantidad de candidatos —cerca de 20.000 postulantes en todo el territorio— lo que distingue este proceso electoral. Es, sobre todo, la ausencia de un centro de gravedad político que organice el campo de disputa. Durante casi dos décadas, el Movimiento Al Socialismo (MAS) funcionó como eje ordenador: ganaba o perdía, pero estructuraba la competencia. Esa arquitectura ya no existe. Lo que queda en su lugar es una fragmentación que, según los especialistas con quienes dialogó Animal Político, de La Razón, no es simplemente el síntoma de una transición, sino el principal desafío de gobernabilidad a enfrentar los próximos años.
Un campo político sin hegemonía
Para entender la magnitud de la dispersión actual es necesario mirar hacia atrás. Bolivia nunca logró consolidar un sistema de partidos estable. Los tres o cuatro partidos que ordenaron la democracia pactada de los años ochenta y noventa se derrumbaron con la crisis de 2003. El MAS los reemplazó como fuerza hegemónica, pero tampoco construyó una estructura partidaria en sentido institucional: fue más bien un movimiento de agrupaciones sociales, sostenido por lealtades sociales y territoriales que hoy están igualmente disueltas.
Marité Zegada, socióloga con maestría en ciencia política, señala que la fragmentación actual no es el resultado de una oposición que derrotó al MAS, sino de su propia implosión. «No es que haya emergido una oposición fuerte que le haya ganado al MAS, sino que ha sido la propia división interna y las disputas dentro del MAS las que han provocado esta situación”, sostiene. El resultado es inédito: en El Alto compiten 18 candidaturas a la alcaldía; en Cochabamba, 10 y 12 para gobernación y para la alcaldía de la capital; en Santa Cruz, el panorama no es muy distinto.
Carlos Saavedra, especialista en comunicación política, coincide en el diagnóstico y lo formula en términos aún más tajantes. «El ciclo hegemónico ha tenido una caída catastrófica, pero esa caída no ha encontrado su alternancia de poder en otros proyectos políticos. Hoy hay un vacío de hegemonía”. Ese vacío, agrega, tiene tres consecuencias visibles: la incertidumbre sobre el rumbo del país, la fragmentación como rasgo estructural del momento, y lo que describe como «una política líquida, con fronteras ideológicas inexistentes y una promiscuidad política profunda”.
Primer frente: dispersión ideológica
Uno de los efectos más llamativos de la fragmentación es el vaciamiento programático de las campañas. Zegada describe un panorama donde las propuestas de los candidatos son prácticamente indistinguibles entre sí. «Todos los discursos versan sobre las mismas problemáticas. Si uno anulara el audio o la imagen de quienes hablan, no podría distinguir quién está proponiendo qué. No hay una distinción clara entre qué tipo de proyecto político o económico sustenta cada candidatura”.
La académica va más lejos y señala que la improvisación alcanza también a los documentos programáticos formales. Citando un análisis reciente, menciona propuestas de apenas cinco páginas elaboradas a las apuradas. Incluso programas de gobierno que son copias textuales de otros municipios, «sin siquiera cambiar el nombre de la localidad”. La conclusión es severa. «Realmente no se puede hablar de que este escenario nos esté conduciendo a un reordenamiento o a un nuevo orden político-electoral. Es más bien un momento de dilución de lo que había, pero sin un horizonte hacia el futuro”.
Saavedra describe el fenómeno en términos ideológicos más amplios. El momento actual, sostiene, está caracterizado por «fronteras ideológicas inexistentes» y una tendencia a que los actores políticos naveguen sin anclaje doctrinario claro. Esto dificulta que los ciudadanos puedan orientar su voto por afinidad de proyecto y no solo por simpatía personal o rechazo al adversario.
Segundo frente: urgencia de legislar
A nivel nacional, el gobierno del presidente Rodrigo Paz enfrenta una Asamblea Legislativa igualmente fragmentada. No cuenta con mayoría propia y donde deberá negociar caso a caso cada iniciativa legislativa relevante. El presidente anunció recientemente que, concluidas las elecciones subnacionales, su gobierno entrará de lleno a impulsar su agenda de transformaciones institucionales y reformas sectoriales.
Ambos analistas reciben ese anuncio con cautela. Zegada advierte que negociar leyes de alto impacto —como normativas sectoriales— exclusivamente en la arena parlamentaria, sin procesos paralelos de diálogo social, puede deparar sorpresas graves. El equipo gobernante enfrentará una dura prueba sobre sus capacidades para llevar adelante procesos de diálogo de esa envergadura. Más si esto probablemente requiera más que acuerdos congresales.
Saavedra, por su parte, sitúa el problema en un plano más estructural. A su juicio, la gobernabilidad legislativa requiere dos tipos de acuerdos que hoy son igualmente difíciles de alcanzar: los acuerdos programáticos —puntos en común sobre agenda de país— y los acuerdos pragmáticos de distribución de poder. «En ambas veo muchas complicaciones», sentencia. Un ejemplo concreto que menciona es la negociación sobre la coparticipación tributaria, que definirá el flujo de recursos entre el nivel central y los gobiernos subnacionales. «Ahí va a haber mucha complejidad, y ahí tiene que haber puntos en común para que se pueda construir una variable de gobernabilidad territorial fundamental”.
Tercer frente: gobierno multinivel
La relación entre el gobierno nacional y los gobiernos subnacionales que emerjan el domingo será, previsiblemente, conflictiva en muchos casos. Durante la era del MAS, la afinidad partidaria entre presidente, gobernadores y alcaldes facilitaba el flujo de recursos y la coordinación de proyectos. Aunque con tensiones permanentes allí donde la oposición controlaba gobiernos locales. Ese esquema, con todas sus contradicciones, ya es agua bajo el puente.
Zegada observa que “hubo muchas tensiones, por ejemplo, entre la Gobernación de Santa Cruz y el gobierno central. También con muchas alcaldías que no podían concertar ni con el gobernador afín al MAS ni con el gobierno nacional”. Ahora esa tensión ya no será la excepción: será la norma en gran parte del territorio.
El problema se agrava, señala la académica, porque el propio partido de gobierno llega a estas elecciones dividido en múltiples candidaturas. En Cochabamba, por ejemplo, compiten simultáneamente un candidato del PDC, otro de Alianza Patria y otro asociado a la corriente liderada por el vicepresidente, Edmand Lara. «Lo que antes el MAS hacía con facilidad —proyectar su fuerza nacional hacia lo subnacional— acá no ocurre», resume. «Hay más bien una propensión al personalismo, a la disgregación, a la individuación de los candidatos y líderes políticos que van a jugar probablemente por cuenta propia, negociando sus propios intereses”.
Cuarto frente: gobernabilidad en las autónomías
Incluso dentro de cada gobierno local, el panorama se anuncia complejo. Los concejos municipales y las asambleas departamentales reflejarán la misma dispersión que las elecciones por los cargos ejecutivos. Esto significa que la mayoría de los alcaldes y gobernadores electos deberán gobernar sin mayoría legislativa propia desde el primer día.
Saavedra es directo al respecto. «Veo gobiernos locales que o van a tener que tener mucha habilidad política, o van a ser muy frágiles”. En general, salvo muy pocos casos, las nuevas autoridades llegarán al poder con mandatos débiles y sin respaldo legislativo garantizado.
Zegada comparte esa preocupación y la enmarca en la lógica más amplia del momento político. «Me temo que van a ser escenarios muy complejos de ingobernabilidad, tanto a nivel multinivel como a nivel interno de las alcaldías y gobernaciones”, asevera. La salida que vislumbra no es institucional sino política: los nuevos gobiernos estarán «obligados a realizar acuerdos y concertaciones para poder generar escenarios mínimos de gobernabilidad». Este ejercicio permanente de negociación demandará habilidades que no todos los candidatos que el domingo lleguen al poder parecen poseer.
El escenario, en definitiva, es el de una democracia que ha recuperado pluralismo —quizás en exceso— pero que aún no ha encontrado los mecanismos para traducir esa pluralidad en gobierno efectivo. Como sintetiza Saavedra: «Estamos claramente ante un ciclo de transición. Lo viejo ya no está sirviendo, pero tampoco está surgiendo algo diferente”.
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