Hacia un nuevo orden en Oriente Medio marcado por la hegemonía de Israel
Con independencia de si la República Islámica pueda evitar su desmoronamiento en las próximas semanas o no, un hecho parece poco discutible: el ocaso del ‘creciente chií’ concebido y liderado por Teherán, un eje que un día presumió de controlar cuatro capitales regionales clave -Teherán, Damasco, Bagdad y Beirut- y ejercer desde ellas una poderosa influencia en todo Oriente Medio. El castigo sufrido a manos de las fuerzas estadounidenses e israelíes en las tres últimas semanas, que se suman al procurado durante la guerra de los 12 días de junio de 2025, con un régimen de los ayatolás prácticamente descabezado, sus capacidades militares menguadas y sus instalaciones energéticas severamente dañadas, auguran un futuro de inevitable declive para la República Islámica.
Todo comenzaba, paradójicamente, con la infiltración terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023 en el sur de Israel, que ponía de manifiesto importantes fallas de seguridad en un país cada vez más confiado que comenzaba a dar por amortizada la cuestión palestina. Con la matanza, la organización islamista palestina no sólo volvía a situar el problema en el centro de la atención mundial, sino que esperaba una respuesta tan virulenta cuyas consecuencias fueran capaces de alejar a Israel del mundo árabe cuando parecía un hecho el reconocimiento saudí del Estado judío tres años después de la firma de los Acuerdos de Abraham.
La ofensiva israelí se convirtió pronto una guerra total contra Hamás, prácticamente derrotado -dos años y medio después de un castigo que dejó 72.000 muertos y centenares de miles de desplazados y conmovió al mundo-, aunque aún presente en las calles de Gaza. Tras menguar a los islamistas suníes de Hamás, el Israel de Netanyahu pasó a centrar sus esfuerzos en hacer lo propio con Hizbulá, la que fuera más mimada y poderosa de las fuerzas proxy teledirigidas desde Teherán a lo largo y ancho de Oriente Medio.
Más de dos meses de castigo en sus feudos libaneses, sobre todo en el sur del país, durante el otoño de 2024 dejaban a una milicia chií menguada, aunque no agonizante, como ha quedado de manifiesto en las últimas tres semanas. Simultáneamente, y confirmando una ofensiva contra todo el ‘eje de la resistencia’, las fuerzas aliadas golpeaban con dureza a los rebeldes chiíes del Yemen, los conocidos como hutíes, hoy incapaces de entrar en escena en apoyo militar de Teherán. Entretanto, a finales de 2024 caía inesperadamente la dictadura de Bachar al Asad, uno de los puntales del eje patrocinado por la República Islámica, gracias a una fulgurante ofensiva militar yihadista apoyada por Turquía y la aquiescencia israelí y estadounidense, y a la inhibición de una Rusia que vuelve estos días a evitar implicarse en la defensa de un aliado, en este caso Irán. Además, el desmoronamiento de la autocracia baazista debilitaba, a su vez, la situación de varias milicias proiraníes, incluida Hizbulá, radicadas en suelo sirio.
Cuando se han cumplido más de 15 meses desde la caída de Asad y aplastados los intentos de rebelión protagonizados por los últimos grupos armados leales del régimen anterior, los nuevos dueños islamistas del país han consolidado su poder y, en consecuencia, Teherán ha perdido definitivamente un aliado clave en la región. A pesar de su resistencia, la presión israelí -que volvió esta semana a intervenir en el sur de Siria contra las fuerzas de Damasco en supuesto auxilio de los drusos- y estadounidense podría acabar arrastrando al presidente Al Sharaa a la guerra contra Irán en auxilio de la campaña de Tel Aviv contra Hizbulá.
Así las cosas, el corolario de la campaña iniciada tras el 7 de octubre -cuyo antecedente fueron los 12 días de guerra en junio pasado- no podía ser otro que la campaña israelo-estadounidense que hoy avanza por su cuarta semana tras las infructuosas negociaciones nucleares de febrero -la suerte de la República Islámica estaba echada mucho antes- y la sangrienta operación represiva del régimen para aplastar las protestas callejeras el mes anterior. La ideología revolucionaria del régimen nacido en 1979 augura que nunca habrá capitulación formal, pero la República Islámica vive sus horas más bajas después de tres semanas de severo castigo, dos años de reveses sufridos por su cinturón de aliados regionales y largos meses de deterioro económico por mor de las sanciones. Por consiguiente, el hundimiento del ‘eje de la resistencia’ dibuja un escenario regional dominado militarmente por Israel en el que países como Turquía y Arabia Saudí saldrán beneficiadas a medio plazo.
Por otra parte, tampoco se antoja demasiado acertada para los intereses del régimen la estrategia de atacar -las agresiones se dirigen cada vez más contra infraestructura energética- a sus vecinos del golfo Pérsico, que han evidenciado una manifiesta fragilidad en las tres últimas semanas. Las excusas de Teherán, que asegura que sus agresiones se deben en exclusiva a la presencia de soldados de EEUU en su suelo, no han convencido a la Liga Árabe ni al Consejo de Cooperación del Golfo, donde el malestar contra Teherán aumenta con el paso de los días. Arabia Saudí, tradicional rival regional de Irán, se manifestaba esta semana con especial dureza y amenazaba con represalias directas de proseguir las agresiones.
Dos años y medio después de la matanza terrorista del 7 de octubre, ninguno de los países firmantes de los Acuerdos de Abraham -Emiratos, Bahréin y Marruecos- ha reconsiderado el paso dado en 2020. Aunque desde que comenzara la guerra de Gaza los gobiernos de los países árabes que mantienen acuerdos de paz o reconocen al Estado de Israel han evitado -con excepciones- dejarse ver en público con oficiales israelíes, lo cierto es que la cooperación militar y en materia de inteligencia entre Tel Aviv y capitales como Rabat, Amán y Abu Dabi ha seguido reforzándose. Mientras las negociaciones entre las autoridades israelíes y sirias prosiguen entre bambalinas y el plan de paz propuesto por Francia para un alto el fuego en Líbano parte del reconocimiento del Estado de Israel por parte de Beirut, la gran pregunta es si la amenaza iraní puede empujar a Riad -y a otras capitales del Golfo- al encuentro de Tel Aviv en busca de ayuda en materia de seguridad e inteligencia.
Finalmente, la historia demuestra que en Oriente Medio los vacíos son rápidamente ocupados por otros, y el ocaso de organizaciones como Hamás o Hizbulá, que además de milicias fueron también poderosas redes de asistencia social y partidos políticos, dará inevitablemente paso a nuevas siglas con ideas y praxis similares, con o sin las mismas siglas. La dureza de la ofensiva israelí en Gaza y Líbano y el caldo de cultivo de la destrucción y la pobreza auguran un repunte del radicalismo y la violencia más pronto que tarde. Con la demostración de poderío militar de los dos últimos años y medio, indudablemente Israel ha comprado tiempo, pero una paz duradera y definitiva exigirá mucho más.