De acogedores a agresivos: el (h)odio de la turismofobia
El «Tourists go home». Esta frase se ha convertido en una constante cada año desde hace casi una década. Se organizan manifestaciones, batucadas y todo tipo de expresiones populares en contra del llamado «turismo de masas». Es decir, la presencia constante y de gran volumen de turistas en las grandes ciudades o en los enclaves más populares. Lugares como Madrid, la costa de Valencia o las Islas Canarias y Baleares se han llegado a llenar incluso de carteles que insultan a los turistas y les recomiendan volver a sus casas. En redes sociales, el fenómeno es parecido, viralizándose publicaciones que tildan a los turistas de molestos o les otorgan todo tipo de calificativos –algunos más divertidos que otros– como mesetarios, fodechinchos o charnegos. Cabe destacar el original apelativo canario de «godo», en referencia a este pueblo germánico que se asentó en la península.
Estas protestas tienen un efecto mayor de lo que mucha gente cree, y eso lo hemos podido ver hace menos de una semana, cuando Fodor, una de las mayores empresas de viajes del Reino Unido, incluía a dos islas del archipiélago canario, Lanzarote y Tenerife, en su lista de lugares a los que «no ir». Los motivos, aunque positivos en algunos casos, como proteger la vegetación y el ecosistema de la isla, se mezclan con otras causas preocupantes, como el hecho de que se remarca la hostilidad de los habitantes y las habituales protestas contra los turistas. No cabe olvidar que hace un año se protagonizaron en Canarias unas protestas masivas bajo el lema «Canarias tiene un límite», en las que decenas de miles de personas se manifestaban contra la llegada de turistas en términos enormemente agresivos.
Ahora bien, para entender un poco esto, conviene remontarse en el tiempo. El fenómeno turístico no es para nada nuevo, ni en nuestro país ni en el mundo entero. Tiene su origen a mediados del siglo XIX, al menos tal y como lo entendemos ahora. En 1841, Thomas Cook organizó el primer tour para ciudadanos ingleses adinerados. El destino, nada sorprendente, era asistir a una ceremonia religiosa y su posterior celebración. Desde entonces, los viajes comenzaron a popularizarse, siendo habituales destinos como balnearios o casas en la montaña.
El turismo masivo tiene sus raíces en los años 60, cuando mejores condiciones laborales y medios de transporte rápidos hicieron posible viajar con facilidad. Desde entonces, las ciudades y destinos turísticos han sentido la presión de visitantes masivos, lo que en algunos casos ha derivado en protestas y conflictos sociales por la gentrificación, el aumento del precio de la vivienda o la simple alteración de la vida cotidiana que genera este flujo de personas.
Doble dimensión
No obstante, como recalca el estudio «De la turismofobia a la convivencia turística: el caso de Barcelona. Análisis comparativo con Ámsterdam y Berlín», este tipo de movimientos generan una gran conflictividad social, pues la oposición al turismo no es una política pública con sentido para la protección de lo propio, sino simplemente el desprecio hacia el turismo y, sobre todo, hacia el turista, lo que provoca que los visitantes prefieran no acudir ante las problemáticas que puedan encontrarse. Esto mismo lo recalca el artículo académico «Contribución al estudio de la turismofobia. Una realidad en contra de algunos destinos turísticos», ya que el turismo, en los destinos más populares, genera una doble dimensión de beneficio económico y problemas sociales que acaban estallando en odio contra personas que simplemente buscan disfrutar de sus vacaciones.
Las protestas han derivado en la creación de plataformas y partidos políticos, como Barcelona en Comú o Podemos, que han convertido esta problemática en una plataforma para cargar de forma sistemática contra el turista, reduciendo la consideración internacional de nuestro país, causando que ocurran cosas como lo de la lista de Fodor, afectando tanto a la economía como a la riqueza cultural que el turismo aporta. No cabe olvidar, para volver al caso canario en concreto, que el turismo representa casi el 37 % del PIB, según datos del Gobierno de Canarias, ya que las islas han sido visitadas por 17,7 millones de turistas en 2025, siendo este elemento algo prácticamente insustituible en el mantenimiento de la economía regional, al menos en los próximos años. Además, visitar Canarias permite conocer su música, sus tradiciones y sus paisajes únicos, experiencias que no solo enriquecen a los visitantes, sino que también fomentan orgullo y preservación cultural entre los canarios.
En definitiva, el cuestionamiento del modelo turístico no puede entenderse como un simple rechazo irracional al visitante, como algunos pregonan, convirtiendo esto en hostilidad hacia el turista, ya que no solo resulta injusto, sino también contraproducente para territorios como Canarias. Además, no debe olvidarse que el turismo no es únicamente un motor económico, sino también un vehículo de intercambio cultural, que permite a millones de personas conocer otras formas de vida, tradiciones e historias, enriqueciendo tanto a quienes visitan como a quienes reciben. El verdadero asunto no es ser simplista y expulsar al turista, sino aprender a convivir con él para proteger la identidad local, impulsar la economía y mantener vivos los intercambios culturales que hacen del turismo una experiencia enriquecedora para todos.