Los sonidos que no suenan
No queda nadie en el pueblo de la frontera con la nieve. Al lado del pueblo, está todo verdecido. Al lado de la nieve, todo mustio y enfriado. Al lado del pueblo había de todo, pan fresco y hortalizas, voces animadas y coros esporádicos de pájaros polifónicos. Había paz en las noches y algún altercado entre pretendientes de la costurera, la única, la solicitada, la codiciada, la que sabía de su oficio a costa de haber sido curiosa desde siempre. Se fijaba siempre en los detalles, en las costuras, en los bordes, en los bordados, en los pliegues de las enaguas, en los botones mal cosidos, en el punto del tejido y en los puntos finales necesarios entre las gentes de su pueblo. Pero ahora no hay nadie, hay más bien un vacío que es imposible de experimentar porque no hay nadie para contarlo. Se lo puede imaginar, como un Chernobyl años después del accidente solapado. Las casas con las ventanas apenas abiertas, cubiertas por la hiedra, las camas con unos ositos de peluche con los ojos impares, con unas muñecas que causan más terror que ternura, con unos esqueletos de personas abrazadas, que causan más ternura que terror.
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No queda nadie, nadie humano. Hay animales merodeando. Los que fueron mascotas seguramente desaparecerán tristemente porque no han sabido aprender a valerse por sí mismos. O a lo mejor lo hagan, por la fuerza, por la necesidad, por la costumbre. Quizás se devoren entre ellos cuando no quede nada más para comer entre las cosas olvidadas, o empiecen a cazar a otras especies. Pero andan por ahí, merodeando, algunos esperando un silbido que no sonará nunca más. Una caricia que no ocurrirá nunca más. No saben de la existencia de esa palabra. Por eso será, que cuando esperan, los perros, esperan hasta morirse, porque no han conocido el concepto de nunca más. Eso es cosa de humanos. Nunca más me verás, nunca más me abrazarás, nunca más escucharás un sustantivo de cariño dirigido hacia el nacer de tu cuello, a dos centímetros de distancia. Nunca más, también debiera haberse dicho, intentarás acercar tu mano amenazante ante mi rostro, ante ninguna de mis mejillas. No soy de dar ni una ni la otra mejilla.
Hay revistas y periódicos y dispositivos abandonados sobre algunos muebles, habrán sido usados algún momento, leídos, posteados, perdidos, robados, quién sabe. Están ahí, sin reclamo, sin valor, con todo el tiempo del mundo. Esos dispositivos que corrían contra el tiempo, ahora lo tienen de sobra, para nadie. Aquellos momentos que estuvieron hechos de presente sin presente, ya no importan. El presente es una cosa dudosa, ahora está, ahora no está. En verdad nunca está. ¿Cuánto dura el presente? ¿Un beso? ¿Un masticable de plátano? ¿Una fusa en una flauta japonesa? No hay nadie en el pueblo que se lo pregunte, también las reflexiones se han ido con lo humano, y los razonamientos absurdos y las falacias y el control sobre el pensamiento de las gentes. Se han ido las personas buenas y los otros. No se sabe si se han ido o han sido abducidos, secuestrados, detenidos, asesinados o comidos. No hay humanos en el pueblo. Quizás, y con algo de ansiedad, al menos un poco, se sepa sobre la causa del vaciamiento del pueblo, al final de la película, que ya va durando muchos siglos.
(*) Óscar García es compositor y escritor.
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