Los hogares dedican el 44% de sus recursos al consumo, el 26% al pago de impuestos y cotizaciones sociales y solo el 7% al ahorro
La distribución de los recursos de los hogares españoles no deja lugar a dudas: la mayoría de estos recursos se van en gasto por consumo y en aportaciones fiscales, y más de un tercio de los de los hogares reciben prestaciones públicas del Estado. En concreto el 44% de estos recursos se dedica al consumo privado, un 23% al consumo público, un 26% al pago de impuestos y cotizaciones sociales, y únicamente pueden destinar de media un remanente del 7% para el ahorro. Además, de los recursos públicos que proceden de prestaciones públicas, casi el 40% son de carácter monetario y el resto son prestaciones en especie de servicios públicos de consumo individual o colectivo, mientras que los casi dos tercios restantes provienen de las rentas del trabajo y de los activos.
Estas son las principales conclusiones del informe 'Cuentas generacionales de los miembros de los hogares' elaborado por los economistas de Fedea Ángel de la Fuente, Julio López Laborda, Carmen Marín y Jorge Onrubia, realizado conde las Cuentas Nacionales de Transferencia de los miembros de los hogares residentes en España correspondientes al año 2022, que muestran que los residentes en España, desagregados por edades simples y sexo, "financian su consumo a lo largo del ciclo vital mediante rentas laborales (por cuenta propia o ajena), transferencias públicas y privadas y otras rentas procedentes de sus activos". Así, Fedea determina que los recursos totales del colectivo de miembros de los hogares residentes en España ascendieron ese año al 111% del PIB nacional, lo que supone un promedio de 32.391 euros por persona.
Los analistas del este think tank demuestran la existencia de tres grandes pilares redistributivos en España: el sector público, las transferencias privadas y la reasignación basada en activos, destacando que el sector público, "a través de prestaciones monetarias (especialmente, pensiones), transferencias en especie como sanidad y educación, y consumo colectivo, financiados con impuestos, desempeña un papel central en la financiación del déficit en las etapas no activas de los individuos".
También destacan que las transferencias privadas en el interior del hogar -fundamentalmente de adultos hacia jóvenes- resultan "esenciales para sostener el consumo en las primeras fases de la vida", poniendo de relieve la importancia de la familia como "mecanismo complementario de redistribución intergeneracional". En tercer lugar, la reasignación basada en activos -rentas del capital y desahorro-, que adquiere una relevancia creciente en edades avanzadas, reflejando el "papel del ahorro acumulado durante la etapa activa".
Por otro lado, el informe advierte de que existen fases sistemáticas de déficit y superávit asociadas al ciclo vital: durante la infancia y juventud, el consumo supera ampliamente a las rentas del trabajo, generándose un "déficit que debe financiarse mediante transferencias públicas y privadas"; entre los 30 y los 60 años, las rentas laborales exceden el consumo, dando lugar a un superávit "que sostiene tanto el propio ahorro como la financiación del consumo de otros grupos de edad"; en edades avanzadas, la reducción de las rentas laborales "vuelve a generar un déficit, que se compensa mediante pensiones, otras transferencias públicas y la utilización de activos acumulados".
A partir de los 65 años, el perfil por edades vuelve a cambiar: las pensiones se convierten en la principal fuente de renta, las rentas del trabajo pasan a ser accesorias y los impuestos también se reducen significativamente. Estos individuos tienen" una renta disponible superior a su consumo privado, por lo que realizan transferencias a otros miembros del hogar, aunque de un importe reducido, hasta los 80 años, en que las transferencias intrahogar pasan a ser positivas para estas personas, también de escasa cuantía". El saldo de las transferencias netas, públicas y privadas, es muy positivo y creciente. Las rentas de activos empiezan a disminuir a los 75 años y el ahorro, a los 70.
Asimismo, el informe muestra que existe una brecha muy apreciable entre las rentas medias de los hombres y de las mujeres durante la mayor parte de su edad adulta que refleja patrones diferentes de actividad, muy influenciados por la maternidad. Como cabría esperar, esta brecha se traslada también a las prestaciones públicas de carácter monetario, fundamentalmente a través de las pensiones, así como al ahorro y a los impuestos.