De más a menos
La despedida del 6to. Clásico Mundial de Béisbol para Cuba fue, por primera ocasión, demasiado temprano. Concuerdo con una visión muy realista que escuché por estos días: «Resultó uno de los clásicos donde mejor comenzamos y, a su vez, en el que peor ubicado quedamos».
Luego de dos éxitos que le abrieron grandes posibilidades a la selección para volver a estar en una segunda ronda del torneo, las esperanzas se fueron disolviendo en cuestión de par de jornadas. Puerto Rico y Canadá se encargaron de enfriar los bates antillanos y cortar de raíz todo tipo de aspiraciones.
Por supuesto que la polémica se enciende con cada derrota, sobre todo en la última década, en la que ganar o tener una actuación destacada en la arena internacional parece ser más un episodio de ciencia ficción que de realidad absoluta.
Tan difícil se nos ha hecho ese cometido exitoso que, excepto en el Clásico anterior, donde anclamos en un meritorio cuarto escaño, en los demás eventos hemos perdido la brújula para estar entre los grandes. Basta que revisemos el palmarés: no clasificamos, siquiera, a la última cita olímpica con participación del béisbol, en el área panamericana perdimos la hegemonía y, a nivel centrocaribeño, también le debemos al medallero histórico.
Hablar de causas siempre nos sumerge en un mismo ciclo, ya abordado de forma reiterada en estas páginas, pero que, no por reiterados y perentorios, dejan de ser grietas abiertas que se hacen más visibles cuando los resultados terminan un discreto desempeño.
Es cierto que la actuación en el 6to. Clásico Mundial no fue la más baja de los últimos años. Incluso, se pude resaltar del conjunto, mirando con luz larga, la labor monticular de nuestros lanzadores. Con un staff similar, Cuba pudiera optar por un buen resultado, por ejemplo, a nivel de un Premier 12.
Aunque hay opiniones encontradas sobre el tema, la dirección del conjunto manejó bien, de manera general, los brazos disponibles en el bullpen. No tembló el pulso para extraer o subir a la lomita a un nuevo serpentinero. Sin embargo, no sucedió lo mismo con la alineación antillana. ¿Faltó determinación en ese sentido dentro de un evento corto como el Clásico? Creo que sí.
Los cambios no debían realizarse en el juego «de vida o muerte», dicen algunos. Otros piensan que el partido contra Canadá no era el de las oportunidades. Y ciertamente las discrepancias solo avivan una contradicción latente: nuestra pelota aún adolece en varios acápites, preceptos y formas de interpretar en este siglo el béisbol.
¿Culpables ahora? No busquemos la quinta pata. Se vio un equipo aguerrido en un inicio. Ni Germán Mesa ni este grupo de comprometidos muchachos que aman su tierra sobre todas las presiones posibles, son culpables del resultado. El asunto engloba otra profundidad que encierra las bases, nuestros talentos y enfoques de ver el béisbol.
Al Clásico volveremos, por fortuna, dentro de cuatro años. Pero antes quedan deudas por saldar, lecturas que darle a nuestra pelota doméstica que son perentorias e inmediatas, si queremos retomar los pasos de triunfales que perdimos.