La ética como alma mater
Hay certezas incuestionables en el trayecto de las revoluciones. Y existen, incluso, razones históricas que asisten a una generación en ese proceso complejísimo de maduración, transformación y acompañamiento en la dicha de una sociedad que se piensa desde la justicia.
Una de las contradicciones mayores de la Revolución estaría, sin duda, en el divorcio de sus principios y propósitos con la vida de la juventud. Sería como dinamitar todo tipo de rasgaduras en un corto período de tiempo, desde lo social hasta lo político.
Dejaríamos de existir como proyecto cuando la brújula se desoriente de la raíz, cuando el acucioso oído salga de las universidades y el carácter de una generación se disuelva como diáspora en medio del camino.
Pero, de manera inversa, también debiéramos entender que, 67 años después —si estamos aquí—, es porque la nuestra ha sido una historia permeada de esa esencia juvenil que lleva en el ADN las batallas más duras y desafiantes.
Cuando hubo que poner el cuerpo a las balas para salvar esta Isla del despotismo neocolonial, ahí estuvo, a pecho descubierto, la acción de miles, la voluntad de una generación que se reconoció revolucionaria por convicciones y principios.
El trayecto, no exento de riesgos y altos desafíos, se transformó luego de 1959. La juventud pasó de ser un frente de combate al sistema, a una aliada permanente en la lucha por la autodeterminación y el derecho a existir ante la arrogancia de un «gigante de siete leguas».
Aquel cambio necesario que radicalizó la conciencia en el corazón de las universidades, devino un compromiso inquieto e irreverente que se mantiene hasta hoy. Desde entonces, la Revolución martiana que condujo Fidel se define con los jóvenes, desde las aulas y en las acciones que libran.
Dicen quienes conocieron al Comandante en Jefe, que, en los instantes más difíciles de Cuba, el Líder partía hacia la universidad —a cualquier hora— para conversar. En los tiempos nuevos esa práctica no se ha desdibujado del actuar político de la Revolución.
Debemos recordar, por ejemplo, cuando nuestro país se debatió hace apenas cinco años atrás en la asfixia de una pandemia que multiplicó el bloqueo, y los pinos nuevos de este siglo asumieron el llamado a salvar, con la entereza de proteger lo más preciado de una Patria: la vida.
Digo más… Aun entre las divergencias que puedan existir, como en cualquier familia, hemos visto florecer las mayores muestras de unidad de los últimos tiempos. El propio escenario de la COVID-19, o el actual, han mostrado el camino y la praxis humana que une a la Revolución con sus jóvenes.
Pobre de Cuba si no fuera así, si no existiera la voluntad de sostener y escuchar, convocar e incluir, a las nuevas generaciones que suben la escalinata cada día, a esos estudiantes que piensan, en su mayoría, en cómo ser útiles.
En el filo de las tergiversaciones, por estas jornadas se mueven hojarascas distorsionadas, matrices que buscan intencionadamente las rupturas. Si algo ha demostrado la Revolución es su capacidad para auscultar el latir de las aulas universitarias, dialogar y tomar nota de igual a igual con sus estudiantes. Lo hemos visto una y otra vez.
Nadie, siquiera, se atrevería hoy a cuestionarlo. Pero en tiempos donde el oportunismo campea, que sea nuestra ética histórica la que derrumbe la perversidad como castillo de naipes.